A Abascal, Sílvia Orriols, Meloni, Le Pen y hasta al mismo Donald Trump, les ha salido un amigo inglés, bueno, con Trump ya eran amigos, no en vano este inglés fue de los primeros en mostrarle públicamente apoyo. Se llama Nigel Farage y es nacionalista y populista, lo cual ya bastaría para hermanarle a todos los anteriores, pero además está contra las ayudas a los inmigrantes, contra los parques eólicos, contra la prohibición de fumar en lugares públicos cerrados, contra los rescates financieros tanto a bancos como a países en quiebra y contra todo lo que están hoy todos los nacionalistas populistas de derechas.
Farage, en resumen, pretende volver a hacer grande al Reino Unido, lo cual significaría usar gorras rojas con el acrónimo MUKGA (Make United Kingdom Great Again) si se decidiera a emular hasta en este detalle a su amigo americano. De momento, se conforma con llamar a su partido Reform UK, que tampoco estaría mal para un acrónimo en gorras si no fuese que RUK se pronuncia RUC, que en catalán significa burro.
Imagino que a un nacionalista inglés como Nigel Farage no le hará ninguna gracia que lo comparen con un irlandés, pero cada vez que aparece por televisión, con sus bromas, con sus muecas, con una aparente campechanía tras la que se intuye una hermosa cuenta corriente y con ese vago aire de Mr. Bean que muta en míster Scrooge a la hora de negociar, uno le confunde con Michael O’Leary, el dueño de Ryanair. Hasta la misma edad tiene, año más o menos, así que tal vez le copie alguna idea y proponga cobrar una tasa por el equipaje de mano a todo inmigrante que quiera entrar al Reino Unido.
Reform UK, el partido político creado y liderado por Farage, ha sido el gran vencedor de las recientes elecciones municipales que se han celebrado en el Reino Unido, empujando de paso al abismo al laborismo del premier Keir Starmer y convirtiéndolo a él mismo en firme candidato a ocupar el 10 de Downing Street después de las elecciones de 2029. Si de algo entiende Farage es de empujar al abismo, por algo fue él quien impulsó el referéndum del Brexit que empujó a su país al vacío, aunque en este caso contó con la colaboración inestimable del entonces primer ministro, David Cameron.
Para los ingleses de pura cepa como Farage, Dios —aunque fuese el Dios anglicano— puso ahí el Canal de la Mancha para separar a los bárbaros —europeos o africanos, tanto da— de la civilización, y lo que Dios ha separado no debe unirlo el hombre. Ya en el referéndum del Brexit, Farage tuvo en la Inglaterra rural (es decir, en El corazón de Inglaterra, como tituló Jonathan Coe su novela, lo mejor que se ha escrito sobre el Brexit, sesudos ensayos incluidos) su granero de votos, en contraposición a las grandes ciudades, más cosmopolitas, que preferían seguir en la Unión Europa. La situación se ha repetido en las recientes elecciones municipales y la victoria de Farage se ha gestado esencialmente en esas mismas zonas rurales, parroquias donde se valora como es debido a un político que se planta en el pub agarrando con una mano una pinta de cerveza y lanzando dardos con la otra, mientras un cigarrillo le cuelga de los labios.
En Cataluña sabemos de qué va la cosa: también durante los años del procés, aquel movimiento populista y clasista llamado independentismo tuvo apoyo sobre todo en la Cataluña rural —El corazón de Cataluña, lo habría llamado Coe si le hubiera dedicado una novela, por más que en este caso habría sido humorística— simplemente si un candidato bailaba sardanas en la plaza del pueblo y prometía lo primero que se le pasaba por la azotea, cuánto más inverosímil mejor.
Como buen populista, Farage ha demostrado ser un maestro en el uso de las redes sociales para sus fines políticos, sobre todo en TikTok, en eso tienen mucho que aprender sus colegas populistas europeos. No todos. Gabriel Rufián, otro populista, hispano en este caso (anteriormente catalán, mañana tal vez gallego), sabía de lo que hablaba cuando hace escasas semanas declaró que prefería llenar TikTok que las bibliotecas. Igual que Farage, Rufián sabe que en las bibliotecas la gente lee y, lo que es peor, hay quien termina incluso pensando, lo cual hay que evitar a toda costa, en ello les va el cargo a la mayoría de políticos.
Es probable que, como tantos de sus amigos en Europa —y en el mundo: no olvidemos al amigo americano—, Farage llegue a primer ministro. El porqué de este triunfo del populismo lo explica también Jonathan Coe en la mencionada El corazón de Inglaterra: «La sabiduría es aburrida ¿no te has dado cuenta? Mejor ser un idiota divertido que un aburrido sabio viejo». Eso es la nueva política.














