Rememorando una reciente visita a los parajes del Cotariellu y Retrancales, haremos un breve repaso a la olvidada actividad minera que existió en Orlé (Caso), la crónica de un Potosí que jamás llegaría a florecer. Tesoros imaginados que alimentaron los tantos rumores llegados del Nuevo Mundo y que, con los aires de la Ilustración, avivaron el interés por investigar las ocultas riquezas del subsuelo. Noticias como la del negro Ventura, que buscando un caballo dio con un filón que lo convirtió en dueño de una fortuna que malbarató entre naipes y tabernas hasta quedar reducido a su antiguo oficio de albañil.
En el XVIII, fruto de las exploraciones del marqués de Vista Alegre don Agustín de Antayo, se descubrió en Caso “una copiosa vena de fierro” susceptible de ser explotada. Por ello, en 1749, elevó al Consejo de Estado una solicitud para construir dos ferrerías. Concretaba la abundancia de este mineral en la Campa del Escobalín, pero la iniciativa quedaría en meros propósitos. Esta será la primera noticia minera sobre Orlé.
El arcipreste Manuel Rodríguez de la Granda nos dejó un testimonio singular sobre las riquezas minerales del concejo (1797). Indicó que los vecinos sostenían, como creencia común, la existencia de oro y plata, además de vetas de hierro y carbón de piedra. Él mismo decía haber encontrado unas piedras azuladas y blancas, que al partirse “reverberaban por un resplandor de partículas minutísimas”, y cuya tierra adherida era de un tono rubio característico. Y relataba también un episodio llamativo: unos catorce años atrás, un forastero había examinado un yacimiento y había llevado varias muestras “para prueba o experimento”. Desde entonces, el pequeño hoyo inicial parecía haber aumentado de tamaño, como si alguien hubiera seguido extrayendo mineral en secreto, sin que nadie supiera quién ni con qué propósito.
En sus Papeles (1805), Martínez Marina menciona por primera vez la existencia de plata en Orlé, sin aprovechamiento conocido. Será el presbítero Pereda, en su «Memoria sobre la utilidad de establecer fábricas de moneda de calderilla en Asturias» (1811), quien nos hable de la presencia en Caso de un mineral de cobre oxidado, con tonos azules y verdes que, tras su análisis, parecía de excelente calidad y que, según sus cálculos, podía rendir entre un 30 y un 33% de cobre, además de contener “seis ochavas de plata por cada libra de metal obtenido”.
Ubicación
Aunque no indicaba su ubicación, indudablemente esas muestras analizadas habrían de proceder de la misma prospección citada por el párroco, que bien podría corresponder al criadero de cobre denunciado por Pedro Zuláibar en el lugar del Cotariellu (1825), pues dicho venero —al parecer— había sido descubierto hacia 1788, habiéndose “extraído algunas cargas para remitir a nuestras Américas” con fines analíticos. Para mayor abundamiento, en «Minas en España, tratado del beneficio de sus metales de plata por azogue» (1834), Juan López Cancelada menciona “do llaman Cotariello y Retrancares”, en Orlé, “dos vetas de plata que trabajaron don Cosme Damián y don Benito Prieto, descubridores de ellas en 1787”. Por lo que cuentan Zuláibar y Cancelada, podemos asegurar con bastante seguridad que Rodríguez de la Granda se estaba refiriendo a estos entornos.
El geólogo alemán Guillermo Schulz visitó en 1836 ambos yacimientos, comprobando que el del Cotariellu se hallaba “en una faja caliza entre terreno grawakino” y consistía en “manchas de sales de cobre con algún cobre gris”, mientras que el de Retrancales únicamente ofrecía “algún carbonato verde”. Así lo recoge en su cuaderno de viajes por Asturias. Igualmente constató la existencia de una “buena vena de hierro en peña caliza al NE de Orlé, en un arroyito que baja al pueblo”(que identificamos con La Campa, ya citada por Antayo).
Parece ser que Zuláibar abandonó enseguida la explotación del Cotariellu, aunque la concesión volvió a reactivarse un par de años después, también como mina de cobre, por iniciativa de Diego de Vega. Más adelante reapareció con otras denominaciones: La Orleana, registrada en 1859 por Ladislao Uría, y «Casina», denunciada en 1863 por Simón Gascón, quien renunció al año siguiente. En 1900, Juan Antonio Bartolomé Blanco, vecino de Orlé, volvió a registrar una explotación en el mismo paraje —esta vez dedicada al hierro— bajo el nombre de «San Juan». Finalmente, en febrero de 1916, el emprendedor Ángel Gavito Pedregal denunció una nueva mina “de hierro y otros” en ese mismo enclave, bautizándola como «Julia».
Respecto a Retrancales, además de la noticia de una veta de plata que recoge Cancelada en su «Tratado» y la mención de Schulz, sabemos que en enero de 1900 el coyán Graciano Canella solicitó registro para explotar dos concesiones de hierro, de 60 y 50 hectáreas respectivamente, que pasarían a denominarse «Armonía» y «Armonía Segunda». Más adelante, en 1916 sería el citado Julio Gavito quien solicitase registro para otra mina de hierro en el entorno con el nombre de «Julia Primera». En la zona se conserva el topónimo Prau la Mina como fiel testigo de aquel tiempo.
Abandono
Y abundando en el yacimiento férrico de La Campa, la antigua aspiración del marqués estuvo a punto de materializarse con la iniciativa de Antonio María Valdés, quien pretendió fundar una fábrica en Orlé. En 1839, solicitó la concesión de una mina en La Campa y, al año siguiente, obtuvo permiso municipal para “carbonear y hacer leña” para la instalación metalúrgica que proyectaba junto al río. Sin embargo, habría que esperar hasta 1862 para que se pusiese en marcha la legendaria ferrería de Abantru. En 1843, se inscribió en el mismo sitio «La Abundancia», cuyo prometedor nombre no evitó su pronto abandono. En 1862 «La Escasa», que haciendo honor a su nombre se cerró enseguida.
De aquel tiempo que se va alejando, apenas sobreviven escasas cicatrices cubiertas por el abandono y la maleza, que nos evocan un pasado que quiso ser próspero y terminó en quimera.
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Juan Manuel Estrada, «Juanchi», es cronista oficial del concejo de Caso
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