Dentro de los cálculos electorales de Pedro Sánchez figura en primer lugar la campaña turística. La economía –¡siempre la economía!–, aunque la política posmoderna se rige más bien por eslóganes ideológicos claros y directos. La economía, claro está, en un país que llega con dificultades a final de mes, con una población envejecida y, a la vez, con una sociología marcadamente distinta a la España de finales del siglo pasado. Resulta muy difícil saber cuál será a largo plazo el impacto electoral de los flujos migratorios masivos, que han disparado la demografía y el crecimiento del PIB, si bien no la renta per cápita. La falta de vivienda –se habla de la necesidad de unas 700.000–, los salarios tensionados, el incremento del consumo –y también de los precios–, la insuficiencia de las infraestructuras, la aparición de nuevas oportunidades para algunos y de una competencia creciente para otros: nada de esto es anecdótico y sólo podrá seguir sosteniéndose mientras el crecimiento económico empuje al alza y permita más y mejores recursos. Una eventual crisis intensificaría los procesos de reorganización social ya en marcha y aumentaría los signos de fractura evidentes a simple vista. La aceleración en los cambios –tecnológicos, demográficos, industriales, salariales– que ha caracterizado estas dos últimas décadas tendrá implicaciones enormes a medio y largo plazo.
Pero Sánchez, como tantos otros dirigentes, piensa ante todo en términos de supervivencia política. Su futuro se juega en los casos de corrupción, en su capacidad para seguir manteniendo alianzas imposibles y en el vigor de la recuperación económica. Y aquí entra la campaña turística, que se presenta a la vez como oportunidad y como riesgo. El motivo es Irán y su control sobre el flujo del petróleo, que pasa por el estrecho de Ormuz. Ya no hablamos sólo de precios, sino de acceso al carburante. ¿Habrá suficiente? ¿O nos acercamos de nuevo a la escasez?
Por supuesto, la pregunta no es retórica. Las fuerzas iraníes controlan el estrecho y el precio del barril de Brent ha superado los 110 dólares, mientras las compañías aéreas empiezan a cancelar vuelos por el encarecimiento del queroseno. La ironía geopolítica no deja de ser mayúscula. Es cierto que sólo el 5 % del petróleo importado por España pasa por Ormuz, pero el mercado del crudo no entiende de excepciones nacionales. Aunque nosotros compremos nuestro crudo a Brasil, a Estados Unidos o a México, el precio que se paga por el barril lo fija el mercado internacional. El FMI ya ha modificado a la baja su estimación de crecimiento global para este 2026 y nuestra economía ha empezado a reducir su velocidad de acuerdo con las tendencias globales.
La historia de las grandes crisis del petróleo enseña que los países que prosperan con el viento de cola del crecimiento suelen ser los primeros en caer cuando el viento cambia de dirección. Los gobiernos de Pedro Sánchez llevan años surfeando con gran habilidad esa ola; a menudo, en contra de toda predicción. Su capacidad para enfrentarse y sortear las dificultades es un hecho innegable. Este verano se vuelve a jugar parte de su capital político en un lugar muy lejano: un estrecho de poco más de treinta kilómetros que separa Irán de Omán –y en el que puede influir muy poco–. Nunca se sabe dónde se esconde la fortuna de los políticos.
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