un estudio alerta en Elche de que el impacto físico, mental y socioeconómico es desigual y dura años

La dana que azotó la provincia de Valencia el 29 de octubre de 2024 dejó 229 fallecidos, y miles y miles de vidas destrozadas. Entre otras cosas porque hay circunstancias y condicionantes que persisten una vez que las precipitaciones remiten y el agua poco a poco va desapareciendo, como, por ejemplo, el barro. Y eso precisamente es lo que ha investigado la enfermera ilicitana Anna Rodes Cascales, que actualmente trabaja en la planta de Digestivo y Endocrino del Hospital General Universitario Doctor Balmis de Alicante, en “Impacto en la salud pública de los eventos meteorológicos extremos: inundaciones”, que no sólo se convirtió en su trabajo del fin de máster en Salud Planetaria de la Universitat Oberta de Catalunya, sino que también le ha valido obtener el Premio Scele en su tercera edición, en el marco del XII Congreso Nacional y II Internacional de Scele de la Sociedad Científica Española de Enfermería celebrado recientemente en Alicante, lo que permitirá también su publicación en la revista científica de la organización. Hasta el punto de que en su estudio, entre otras conclusiones, apunta a dos datos clave. Por una parte, los efectos sanitarios y socioeconómicos de diversa índole que dejan las inundaciones y el barro, no sólo durante semanas o meses, también durante años. Por otro, el impacto desigual en función de los grupos sociales.

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