Los cuidadores de los Patios de Córdoba son como los profesionales de cualquier gremio, cada uno de su madre y de su padre. Hay algunos que cuentan sus secretos a los cuatro vientos para que los aproveche todo el mundo y otros que los guardan con mucho celo para que nadie se los robe. Hablando de plantas, no basta con saber las recetas, también cuentan las manos de quien riega, el mimo con el que se retiran las hojas secas y la paciencia para escuchar a las plantas y saber cuándo piden a gritos que se las cambie de sitio porque le llega demasiado sol o demasiado poco. El concurso de 2026 ha vivido este martes una jornada matutina más tranquila que la de ayer, en la que el Alcázar Viejo ha vuelto a registrar algunas colas aunque llevaderas. «Ya venimos aprendidos», explicaba una señora sonriente, «en la cola hacemos amigos».
De los 53 recintos que compiten este 2026, hay cinco instalados en el Olimpo de los Patios. Todos ellos han obtenido al menos una vez el galardón más buscado, la mención de honor que concede el jurado como reconocimiento a una trayectoria destacada. Basta cruzar el umbral de su puerta para entender que sus paredes rezuman historia, tradición, esmero y amor a las flores. Probablemente no sean los únicos que lo merecen, pero sí los únicos que hasta ahora lo han conseguido.
Imagen de los lavaderos del patio de Marroquíes 6. / Manuel Murillo
Los patios más premiados
Encabeza el ránking Marroquíes 6 con dos menciones de honor, once primeros premios y cuatro segundos. Este patio construido en 1928 compuesto por 22 viviendas y un entramado de siete callejuelas en el que conviven una docena de familias y varios artesanos siempre deja boquiabierto a los visitantes. En su irregular fisionomía salen al paso los espacios comunes que antaño se utilizaban en la casa de vecinos, desde lavaderos a cocina, lavabos… Todo ello, coronado por varias buganvillas de fucsia intenso que se combinan con los mil y un colores y las ingentes tonalidades de verde que pueblan cada rinconcito empedrado. Por cierto, que aquí las macetas no se pintan de azul para no eclipsar la belleza de las plantas. En un patio tan ecléctico como armonioso, el secreto de belleza reside en la vida que aportan quienes lo cuidan con mucho mimo, liderados por Mª Ángeles, Ángela y Pilar. Ante cualquier imprevisto estético, siempre se enciende una bombilla, como la de este año que les ha llevado a rendir homenaje a una buganvilla «fallecida» durante el temporal de invierno, que han transformado en rincón de feria con farolillos.
Nada más cruzar la Puerta de Sevilla a la izquierda, el primer patio que sale al paso en la calle San Basilio es el número 44, la sede de la asociación Amigos de los Patios, que atesora dos menciones de honor, tres primeros premios y cinco segundos. Esta casa datada entre los siglos XV y XVI fue adquirida en los años 70 del siglo pasado por los siete magníficos, como se conoce a los fundadores de una entidad que ya entonces vio la necesidad de preservar una tradición tan cordobesa como la del cuidado de los patios. «Hasta una docena de familias llegaron a vivir en esta casa de vecinos, compartiendo baño, lavadero, pozo y las tres cocinas de las que aún se conserva una para deleite del público», explica Teo Fernández, uno de los socios. Característica es su escalera central, a la que se dirigen todas las miradas, junto al pozo, poblado de macetas de colores. Este año, el patio ha introducido algunos cambios estéticos como el conjunto de macetas azules rodeadas de tiestos terracota situado a la entrada, creando un arco a modo de photocall en torno a una planta de jazmín falso o el frontal de gitanillas que han sustituido a las antiguas jardineras en la parte alta de la balaustrada. Cinco talleres artesanos ofrecen su producto en el interior, abierto al público de forma gratuita todo el año.

Detalle del patio de Pastora 2. / Manuel Murillo / COR
En el tercer puesto del ránking se encuentra Pastora 2, la casa del presidente de la asociación Claveles y Gitanillas, con una mención de honor, ocho primeros premios y dos segundos. Su patio fue el primero de arquitectura moderna merecedor de la mención honorífica. Rafael Barón, artista restaurador y dorador, es además un amante de las plantas, igual que su mujer, con quien comparte los cuidados del patio, al que no le falta un perejil. El boca a boca ha hecho que su patio sea en los últimos años lugar de peregrinación en el concurso, donde su dueño comparte sus conocimientos sobre las plantas que lo rodean. Es habitual encontrar al dueño sentado en una silla, como esta mañana, respondiendo a las preguntas de quien asiste al espectáculo. «¿Que cuál es mi secreto?», pregunta, «está todo a la vista». La joya de la corona es la Virgen de la Salud que tiene en un altar, aunque tesoros hay muchos. En el naranjo del patio, cuelgan este año orquídeas aéreas envueltas en tilandsia y caracolas de nácar en las que habitan suculentas. El rumor del agua de la fuente ayuda a evadirse en la contemplación de las mil y una especies, bellamente situadas junto a enseres de valor artístico y personal como la cerámica antigua de Manises y Talavera o el arco neogótico de madera que su dueño encontró en un anticuario y que procede de algún palacete donde fue estucado para asemejarse a la piedra. Botellas antiguas, carteles de mayo, una colección de objetos de cocina de sus abuelas o el monaguillo de la entrada completan una estampa digna de ser vista.

Ana Muñoz, en su mecedora, en el patio de Tinte 9. / Manuel Murillo / COR
Junto a la Ribera del Río, en la calle Tinte 9, se levanta otro museo vegetal en forma de patio dirigido por Ana Muñoz, que en septiembre cumplirá 90 años. Su patio ha recibido la mención de honor, cuatro primeros premios y dos segundos. En los más de 40 años que lleva concursando, Ana no ha faltado nunca a la cita con sus plantas y aún sigue al pie del cañón, con su dedo verde incombustible que le permite sembrar las macetas más diminutas, algunas de las cuales cuelgan de una de las paredes, junto a la pila romana y el pozo. «A mí esto me da la vida, no puedo faltar», asegura convencida. La rodean especies de todos los colores de nombres impronunciables. Su naranjo, habitado por macetas amigas, tiene la peculiaridad de ser también limonero y lo mismo echa naranjas que limones. El ficus instalado en una esquina lleva años desafiando la gravedad igual que el testero del fondo, plagado de surfinias. Todo el que entra y lo ve hace la misma pregunta: ¿Cómo se riega eso? La sobrina de Ana, Lucía, que la acompaña en estos días, se afana por explicar el recorrido que hay que seguir para llegar a ellas, desplegando los brazos como si fuera una azafata en un avión. Rafi, la cuidadora, es la que se encarga de que las plantas no pasen sed mientras Ana atiende a las visitas sentada en su mecedora y recuerda las historias de su patio. «Ella es quien nos ha inculcado el amor a las plantas», confiesa su sobrina, «ella es el alma de esta casa».

Patio de Martín de Roa 7, uno de los cinco más premiados. / Manuel Murillo
En el quinto puesto, se encuentra otro patio del Alcázar Viejo, Martín de Roa 7, habitado actualmente por Rosa Collado, su padre y los hijos de Rosa, aunque antaño fuera patio de vecinos y vecinas como Dolores o Rafalita, gracias a las cuales han llegado hasta hoy día el pozo que preside la estancia o algunas de las dependencias que antaño se usaban en comunidad. Hasta la fecha, ha recibido la mención de honor, tres primeros premios y dos segundos. Entre sus plantas, están las tradicionales gitanillas, geranios o pendientes de la reina junto a algunas llamativas como una flor de gamba traída desde Brasil o la mano de Buda, un cítrico plantado por la propia Rosa. Además, este año, ha incorporado un rinconcito de protesta con plantas en color rosa en solidaridad con las mujeres afectadas por el cribado del cáncer de mama. «Yo soy una de las afectadas y así rindo homenaje a todas», afirma. Actualmente, este patio abre también fuera de concurso dentro de la ruta del Alcázar Viejo aunque durante el concurso de mayo, se accede de forma gratuita como al resto de recintos.















