«Por primera vez en años no había rusos en la sala. Alivio enorme», escribió en su cuenta en X Donald Tusk, el primer ministro polaco, en relación a la ausencia de la cumbre europea de Chipre del húngaro Víktor Orbán. Aludía con ello no solo a la ausencia física del aún primer ministro húngaro, quien en rigor podría haber acudido en tanto que jefe del Gobierno en funciones. Sobre la frase de Tusk pesaban las recientes revelaciones sobre el servilismo con que Budapest ha informado al Kremlin de lo que se habla a puerta cerrada en la UE.
La victoria del opositor Péter Magyar en las elecciones legislativas húngaras del pasado 12 de abril ha precipitado una transición exprés y la práctica evaporación de la escena política de Orbán, el ultranacionalista que en sus 16 años en el poder ha bloqueado una veintena de decisiones de Bruselas, incluidos paquetes de sanciones contra Moscú. Solo tras caer humillado en las urnas ha levantado Orbán el bloqueo sobre el préstamo de 90.000 millones de euros que Kiev llevaba meses esperando. Ha sido, tal vez, el último capítulo de un líder aparentemente resignado a dejar de serlo.
Magyar no se ha andado con falsas fórmulas de cortesía tras una espectacular victoria que da a su partido, Tisza, 141 escaños de los 199 existentes en la cámara de Budapest. Es decir, una mayoría parlamentaria de más de dos tercios que le evitarán el bloqueo presidencial al que, en cambio, sigue sometido el Gobierno de Polonia. La victoria en 2023 de Tusk, liberal y europeísta, sobre el ultraconservador partido Ley y Justicia (PiS) recuerda a la de Magyar, por el hecho de haberse impuesto gracias al respaldo de un amplio espectro del electorado. Pero la de Tusk fue una victoria muy estrecha, a la que siguió en las presidenciales de 2025 la elección de Karol Nawrocki, candidato del PiS. Tusk, quien gobierna al frente de una coalición muy diversificada, ha visto sistemáticamente bloqueados sus intentos por impulsar la regeneración democrática. Tisza dominará la cámara húngara, donde Fidesz, el partido de Orbán, tendrá apenas 52 escaños, mientras que los restantes seis serán para la ultraderechista Nuestra Patria.
Relevo sin tregua
Al día siguiente de su victoria, tras la noche mágica de celebraciones a orillas del Danubio, Magyar plasmó en una exhaustiva conferencia de prensa sus planes. Se plantó luego en el palacio presidencial no solo para recibir el encargo de formar Gobierno, sino también para advertir al jefe del Estado, Tamas Sulyok, que si no dimite se encargará el nuevo Parlamento de echarle del poder. Pasó por la radiotelevisión pública para ratificar que suspendará sus informativos ya que, afirma, han sido una «fábrica de mentiras» el servicio de Orbán. En cuestión de pocos días ha designado a sus futuros ministros. Y ha anunciado el regreso de Hungría a la Corte Penal Internacional de La Haya –de la que Orbán se desvinculó para ignorar la orden de detención contra Binyamín Netanyahu, su otro amigo político, junto a Trump y Putin–, además del ingreso de Hungría en la disciplina de la Fiscalía europea, a la que hasta ahora ha rechazado Budapest.
Toda esta agenda se ha consumado a semanas de la sesión constituyente del nuevo Parlamento, convocada para el 9 de mayo. Magyar ejerce ya su dominio, en medio de ese alivio del europeísmo por la ausencia de facto de Orbán.
«Seguimos teniendo muchos problemas encima. Desde la guerra de Ucrania a las consecuencias de la de Irán y el precio del petróleo. Pero es muy importante tener en cuenta que la situación de Magyar es muy distinta a la de Tusk en Polonia. Magyar sí puede desmantelar el régimen de Orbán. Es de esperar que tras esta victoria se abran investigaciones sobre las relaciones con Rusia o sobre los casos de corrupción», explica en diálogo virtual con EL PERIÓDICO Zsolt Boda, director general del Centro de Investigaciones de Ciencias Sociales de Budapest.
Nuevos sondeos muestran hasta qué punto Fidesz ha quedado reducido a la condición de actor minoritario, añade este politólogo. En los comicios del 12 de abril, obtuvo un 38% de los votos frente al 53% de Tisza. Ahora se le otorga una intención de voto en torno al 25%, según una encuesta de Median, el portal cuyos pronósticos preelectorales se confirmaron luego en las urnas.
Sustos en las urnas
El alivio del europeísmo es enorme. Mayor aún es, según Boda, el anhelo de regeneración democrática de los húngaros. Sin embargo, el euroescepticismo no puede darse por derrotado. En Eslovaquia gobierna el prorruso, en este caso izquierdista, Robert Fico; en la República Checa lo hace el ultraderechista Andrej Babis, miembro de los llamados «Patriotas para Europa», el eurogrupo fundado por Orbán. Bulgaria mandó un toque de advertencia, una semana después de la victoria de Magyar, al alzarse vencedor de sus comicios legislativos otro prorruso, el expresidente y exgeneral Ruman Rádev.
A ninguno de estos tres líderes cercanos al Kremlin –el checo, el eslovaco o el búlgaro– se les atribuye la toxicidad y capacidad de ejercerla de Orbán. Pero hay otros nubarrones en ciernes, como las elecciones en Suecia de septiembre. Su primer ministro, el conservador Ulf Kristersson, ha avanzado su propósito de levantar el cordón sanitario y gobernar con los ultraderechistas Demócratas de Suecia, hasta ahora su aliado externo. Para 2027, el test de resistencia para el europeísmo serán las presidenciales francesas, en las que el Rassemblement National de Marine Le Pen y Jordan Bardella aspira a alcanzar la jefatura del Estado.
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