JUAN JOSÉ MILLÁS | Rozar el mundo

Hay en el término “artrópodo” algo de insecto, porque algunas palabras se parecen a lo que nombran como si hubieran heredado su forma. “Crispación”, por ejemplo: la pronuncias y se te eriza la lengua dentro de la boca. O “resbaladizo”: tal sucesión de sílabas parece deslizarse por la garganta como una gelatina. Decimos “golpe” y la palabra cae, breve y contundente, sobre la mesa del idioma. Aunque las palabras no sean las cosas, a veces conservan de ellas un eco físico. “Zumbido” vibra. “Crujido” se quiebra al atravesar los dientes. “Susurro” apenas roza el aire, como si temiera despertarlo. Incluso términos más abstractos participan de ese teatro corporal: “torpeza” tropieza, “fragilidad” se rompe en la mitad de sí misma, “desgarro” parece abrirse como una herida mal curada al pronunciarlo. Pero esta semejanza es engañosa. Nos hace creer que el lenguaje está más cerca de la realidad de lo que en verdad está. Como esos insectos que imitan la forma de una hoja, las palabras se disfrazan de lo que nombran. Decimos “río” y la erre arrastra un poco de agua, aunque no moja. Decimos “fuego” y la efe sopla, aunque no quema. La ilusión funciona lo justo para que no desesperemos.

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