Mientras hablamos de los macroconciertos como de expresiones risueñas ligadas al ‘entertainment’, en Estados Unidos tiene lugar estos días una gira movida por pulsiones antagónicas: indignación, protesta, dientes apretados. Es el ‘Land of hope and dreams tour’ de Bruce Springsteen, que luce el eslogan de ‘No kings’ y que tiene como sana finalidad poner verde a Donald Trump. Por supuesto, su eficacia está por demostrar: recordemos que la gira ‘Vote for change’, de 2004, encabezada por él mismo, terminó con la derrota de John Kerry y la victoria de George W. Bush.
No pasa todos los días que el presidente de un país ridiculice a uno de sus artistas (y de los más importantes) y llame al boicot a sus conciertos, ocurrencia que ha provocado la denuncia de la Asociación de Músicos de Estados Unidos. Trump ha dirigido a Springsteen descalificaciones pintorescas (“perdedor total”) y lo ha ridiculizado llamándolo “ciruela pasa reseca”. Su cálculo, si es que lo hay y no es puro desbarre impulsivo, que podría ser, es equivocado, porque al autor de ‘Born to run’, que es más americano que la Coca-Cola, no lo siguen solo los votantes del Partido Demócrata, sino también conservadores no regidos por el fanatismo. Pero él sabrá.
En estos conciertos, Springsteen carga tintas a conciencia, llamando a Trump “corrupto, incompetente, racista, imprudente y traidor” y las crónicas hablan de sesiones de muy alto voltaje político. No hay más que consultar los repertorios: abre con ‘War’ (el himno antibelicista que popularizó Edwin Starr), recorre piezas acusatorias como ‘Murder incorporated’ o ‘American skin (41 shots)’ y presenta la novedosa ‘Streets of Minneapolis’, donde menciona por sus nombres a Alex Pretti y Renée Gold, ciudadanos asesinados por el ICE. Tom Morello (Rage Against the Machine), invitado de la gira, luce en el reverso de su guitarra dos palabras poco sujetas a metáforas: ‘Fuck Trump’.
Mientras Bad Bunny rehúye los escenarios de Estados Unidos, por conflictivos, Bruce Springsteen los encara, y su iniciativa no está exenta de riesgos en un país donde el 32% de los adultos dicen poseer un arma de fuego y donde el presidente no prodiga la convivencia respetuosa entre ideologías sino todo lo contrario. En lugar de recluirse en su granja de Colts Neck, New Jersey, a ver la vida pasar, Bruce salta a la arena con nuevos conciertos extenuantes. Infatigable a los 76, ajeno a la idea de desfallecer, en un pulso artístico y cívico con su propia obsolescencia. Sí, es un caso aparte.
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