Reciente ha fallecido en la ciudad de Arucas el honorable caballero madrileño, José Luis Pérez-Sirera y Bosch Labrús, un prestigioso abogado y procurador de los tribunales que tras su jubilación anhelaba pasar el resto de su vida en la bella y hospitalaria ciudad norteña de la luz y de las flores.
Su matrimonio, celebrado hace cincuenta y tres años en la iglesia de San Juan Bautista, fue uno de los acontecimientos sociales más relevantes de aquel momento, que contó incluso con el padrinazgo de Sus Altezas Reales los Condes de Barcelona.
La agraciada novia, María del Pilar del Toro y Acedo, una virtuosa pianista de la época, era hija de Bernardino del Toro Marichal, recordado patriota y fiel servidor de los intereses aruquenses, tanto en el ayuntamiento de su ciudad natal como en el seno del Cabildo Insular de Gran Canaria, siendo un ejemplo de continuidad de su padre, que fue el recordado prócer, don Manuel del Toro González.
Con motivo de aquellos esponsales, la ciudad de Arucas reunión por primera vez en su historia a gran parte de la nobleza española, ya que a la ceremonia religiosa se dieron cita los marqueses de Palmerola y Valdeosera, los condes de Orgaz, de Burgos de Lavezzaro, de Vallellano y de Príes y los barones de Purroy. No en vano la madre del finado, doña Josefina Bosch-Labrús y Reig estaba relacionada con la realeza española, ya que era sobrina carnal de la popular dama catalana, Leticia Bosch-Labrús, duquesa de Dúrcal, casada con el infante de gracia, don Pedro de Alcántara de Borbón y Borbón, que a su vez eran primos consanguíneos de la segunda marquesa de Arucas.
Pero aparte de tantos títulos y pergamino, José Luis Pérez Sirera, llevó siempre una vida sencilla y ejemplar, dotado de una personalidad atrayente y carismática, amigo de sus amigos y amante de su distinguida familia. Falleció a punto de cumplir los 95 años de edad.
En una ocasión, el caballero hoy ausente nos recordaba que los prestigiosos almacenes españoles El Corte Inglés debían su nombre a los negocios fundados por su familia. La historia de esta emblemática empresa de renombre internacional arranca de su bisabuelo materno, Pedro Bosch y Labrús, nacido en el seno de una familia de clase media, que después de sus estudios en el Instituto de Gerona se trasladó a Barcelona, donde fundó la sastrería El Águila en 1860.
Continuado el negocio por su abuelo, el abogado Pedro Bosch-Labrús y Blat, que destacaría en el mundo empresarial catalán como un laborioso comerciante e industrial, siguió como propietario de la sastrería situada en la plaza de la Verónica de la ciudad Condal. La aceptación que tuvo el negocio hizo que poco después se trasladará a la Plaza Real y se abrieran sucursales en Madrid, Valencia, Sevilla y Cádiz. La alta personalidad del destacado industrial fue premiada por el rey Alfonso XIII, que le otorgó el título nobiliario de vizconde de Bosch-Labrús mediante un real decreto del 26 de mayo de 1926. Pero, desgraciadamente, el nuevo aristócrata y su hijo mayor fueron sacados de su domicilio una noche de julio de 1936 y un comando de la FAI los fusiló días después en el Santuario de Santa María de Collell, cerca de Banyoles, en Gerona.
Los negocios quedaron paralizados, y la sastrería de Madrid, bautizada con el nombre El Corte Inglés, llamada así por el prestigio que tenía la pañería británica en la confección de trajes para caballeros, situada entre las calles Preciados, Carmen y Rompelanzas, se había puesto a la venta. Fue entonces cuando el asturiano Ramón Areces Rodríguez, que acaba de regresar de Cuba y de formarse empresarialmente en los almacenes El Encanto de la Habana, y avalado por su tío César Rodríguez, compró la sastrería de los Bosch-Labrús, comenzando así la gran aventura empresarial de esta prestigiosa firma española.
Se ha marchado nuestro amigo, y aunque se enorgullecía de su ilustre linaje y de las páginas de la historia que escribieron sus antepasados, José Luis forjó su propia leyenda. Su auténtica nobleza no provenía de los blasones, sino de su sencillez sin pretensiones, de su lealtad inquebrantable y de su dignidad serena con la que recorrió el camino de su vida. Su partida deja un vacío difícil de llenar, pero su recuerdo más duradero continuará en cada uno de sus amigos. Con él, se apaga un linaje de sangre, pero seguirá perdurando el linaje de su bondad e infinita amistad.














