Vivimos esta semana ocho días de oro en el Partido Popular, estamos de suerte. Cualquiera interesado en construir personajes mezquinos para sus proyectos literarios o cinematográficos no tiene más que estar al corriente de la actualidad política y de las noticias. No por nada la realidad es mi ficción favorita. «Ya no puedo más» anunciaba Carlos Mazón el lunes pasado durante la comparecencia que convocó para presentar su dimisión. No he consultado con ningún abogado por lo que no estoy segura de poder expresar mi opinión honesta sobre esta persona, me conformo con pensar que, si no se somete al juicio de los hombres, tarde o temprano será juzgado en otro plano. Siempre tuve curiosidad -la sigo teniendo- sobre la comunicación política. Me interesa mucho cómo influye en la percepción pública y cómo modela el comportamiento electoral, creo que resulta fascinante ser testigo de la manera en la que una persona a la que tantísimas familias señalan como culpable principal de su tragedia se presenta ante los medios de comunicación como una víctima de las circunstancias. Pienso entonces en el testimonio de Verónica Vicent, una policía local que intentó salvar a una niña que se ahogaba en la riada. «La pequeña cayó al agua y aunque se le indicó que intentara cogerse a algo y que flotara, la corriente era mucho más fuerte. Me hizo caso hasta el último momento. Su mirada me acompaña cada noche y cada mañana al despertar». Sus palabras me conmovieron tanto que tuve que salir del trabajo un momento para poder llorar sin que me viera nadie. La sala de reuniones en la que me escondí estaba reservada por otro equipo, apenas me dio tiempo para limpiarme bien la cara. Sin embargo, quien dice ya no poder más es Mazón. Quizá existan dos tipos de perfiles que triunfan en política: quienes se dedican a ella por su humanidad y quienes lo hacen por su ausencia.
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