Ha muerto Jane Goodall, premio Princesa de Asturias, la mujer que nos ayudó a descifrar que descendemos del mono y que, a la vista de algunos de los últimos plenos del Congreso, aún no hemos tocado suelo. El caso es que ellos y nosotros somos muy parecidos: la diferencia es que los primates no fingen ser civilizados.
Goodall comprobó que los chimpancés usan herramientas. Nosotros también: ellos parten nueces con palos, nosotros partimos familias por culpa de las herencias y las ideologías. Esa realidad podría denominarse bricolaje evolutivo.
Los primates hacen guerras de clanes. Nosotros también, aunque la civilización nos ha llevado a denominar elecciones a esa confrontación de tribus. Ellos se quitan, unos a otros, garrapatas de la espalda; nosotros daos la espalda al prójimo. Algunos de nosotros se aferran como garrapatas a la poltrona, haciendo sobre ella efecto de carcoma.
Ellos no hacen leña del árbol caído; nosotros preferimos irnos por las ramas. O sea, que lo nuestro no es evolución sino plagio. Somos primates excepcionales caídos del árbol de la involución. De ahí los comportamientos orangutanes en el cemento de la grada de los estadios, en la barra del bar y en los escaños.
Cada vez que un humano desliza su dedo por la pantalla del móvil para ver vídeos de TikTok, un chimpancé se parte de risa en la rama más cercana. Al final, lo que Goodall nos legó es un espejo con pelo, qué monada.
Descansa en paz, Jane. Nosotros seguiremos descendiendo del mono, pero ya sin frenos.
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