Entrar en el taller de Jaime Rey con un par de deportivas es una especie de sacrilegio. «Los tenis han acabado con los zapateros y son muy malos para los pies. Se te abren y luego no puedes ponerte unos zapatos bonitos. Pero, ahora, de 20 personas que pasan por la calle, 17 los llevan», lamenta el «único artesano zapatero que queda en Betanzos».
Tiene 80 años, un ojo experto para el calzado y ninguna intención de dejar el pequeño universo de cuero y cola que creó su padre hace casi un siglo en la Rúa Travesa. Comenzó en 1931, cuando el negocio aún no lucía su característico letrero y los vecinos se acercaban para encargar esos zapatos artesanales que los hermanos heredaban como reliquias.
El zapatero Jaime Rey, trabajando en su negocio de Betanzos. / Carlos Pardellas
Hoy, la mayoría de los que pasan por la Zapatería Ramoné lo hacen en busca de reparaciones, pero también de la mano experta de un hombre que lleva desde siempre mirando antes los pies que las caras del vecindario. «Un zapato lo dice casi todo de una persona. Muchas mujeres, por ejemplo, se fijan en si los hombres llevan los zapatos limpios y, si están presentables, les parece que es un hombre mejor», explica el zapatero.
Él, personalmente, siente debilidad por los castellanos y por «los zapatos de cordones, que visten mucho tanto a chicos como a chicas». Aunque a lo que le tiene más cariño -y, probablemente, lo que más ha pasado por sus manos-, es a «los zapatones para la gente del campo», ese calzado que tenía que resistirlo todo y que Jaime y su padre cosían a mano cuidando cada paso de la aguja.
«Lo que más me repetía era que había que coser bien y hacer las puntadas todas iguales. De hecho, lo primero que aprendí a hacer fueron los hilos para unir las botas», recuerda el artesano, el único de los 12 hijos de Ramón que decidió seguir con el oficio.
Cuenta que entró en el taller con 14 años y, desde entonces, ya no quiso volver a salir. Se había enamorado de la paciencia que requería doblegar el cuero, del cuidado especial al elegir las suelas -«lo más importante de un zapato»– y de la mezcla de maña y buen gusto que se necesitaba para construir lo que, al final, llevaría a sus clientes a cualquier parte.
Por eso, asegura, no quiere oír hablar de jubilaciones. Y eso que ya ha pasado con creces la edad del retiro. «La gente me pide que no me vaya y yo estoy muy contento. Mientras tenga salud, voy a seguir al pie del cañón«.
Zapatería Ramoné, la orfebrería del calzado en A Coruña
Para hacer un buen par de zapatos, Rey necesita un par de semanas a tiempo completo. Primero se le da forma al calzado con unas puntas conocidas como chinches y, a continuación, se pone la plantilla y la suela para unirlo todo.
Si se invierte el suficiente cuidado en el procedimiento, el resultado puede llegar a superar la década de vida. «Antes el zapato duraba 15 años por lo menos, se heredaba varias veces. Los de ahora duran dos, pero la gente sigue pensando que sale ganando si los compra en la feria por diez euros», lamenta Rey, para el que «es mejor tener un par de calidad que tres o cuatro diferentes».
Bajo su poblado bigote, aparece una mueca de disgusto cuando ve el plástico de los modelos que desfilan por las calles y que señalan, quizá inevitablemente, la muerte de la artesanía. Un oficio que, por ahora, resiste desde su taller de Betanzos, que sigue atrayendo a los vecinos de todas partes de A Coruña.
Porque la clientela llega del municipio, pero también «de fuera», de la ciudad o de otros puntos de la comarca. Aunque es en el concello donde más conocen «al de Ramoné», el nombre con el que los betanceiros llamaban a su padre y que Rey puso en el letrero cuando el artesano falleció.
Al usar las hormas o mirar las fotos antiguas que decoran el negocio, Jaime lo siente un poco más cerca, aunque el calzado, en realidad, nunca sale de su mente. Ni siquiera durante la pandemia, cuando seguía acercándose a la zapatería para hacer chanclas y mocasines en miniatura con restos y retales. «Esto me mantiene el cerebro y las manos ocupadas y me gusta. Me quedan muchos zapatos por hacer».













