Dos aliados del PSOE de Pedro Sánchezandan por los aledaños de la Moncloa en plan subversivo. La vicepresidenta Díaz presenta un proyecto de ley que atraganta al Gobierno y Puigdemont lo tumba para poner a Sánchez entre la espada y la pared. De lealtades en falso se nutre el parlamentarismo, esa tapadera de olla a presión que a veces solo contribuye al estallido.
En la causa del parlamentarismo obstruccionista todo está inventado. Es una ley no escrita: cuanto más débil es un socio o aliado, más dedos pone en el ojo del Gobierno. A pesar del CIS, la demoscopia sigue siendo indicativa y ahora nos dice que tanto Sumar como Junts están en los boxes y no hay quien les hinche los neumáticos. Junts va perdiendo votos a chorro y Sumar tiene la consistencia de un flan tembloroso. Los votos de Junts se van vertiginosamente a Aliança Catalana: puesto que esa formación insiste en que no se presentará a unas elecciones generales por ser ajenas a su nación catalana, es difícil calcular qué partido ocupará su espacio en el Congreso. En un futuro Parlamento de Catalunya -según las encuestas- Aliança Catalana tendría un escaño más que el PP y tres más que Vox.
El escenario sigue siendo de inestabilidad tóxica, aún sin tener en cuenta que la incertidumbre pueda acabar desplazándose a la mayoría que apoya a Illa en la Generalitat. En las Cortes, la inestabilidad es el menú del día a la espera de que los socios de Sánchez abandonen los bártulos. Incluso el «que viene el lobo Vox» no está atajando el deslizamiento del voto juvenil hacia la derecha, si es que no lo alienta. Es un corrimiento de tierras que lleva años gestándose en las entrañas del planeta político. Liderazgos como el de Yolanda Díaz y Carles Puigdemont alimentan exponencialmente ese trasvase de votos. Tenía razón Pedro Sánchez cuando decía que no se podía pactar con la extrema izquierda.
Tanto el partido que ha tumbado la ley sobre la reducción de la jornada laboral como el que la presentó por su cuenta han comenzado a especular sobre la precariedad de sus líderes y no es estrictamente anecdótico que Díaz y Puigdemont hubiesen protagonizado en Bruselas uno de los apretones de mano más psicoterapéuticos desde Alguien voló sobre el nido del cuco.
La representatividad es la razón de ser de las bancadas parlamentarias. Ciertamente, los hemiciclos no se actualizan según las encuestas o según los resultados municipales y autonómicos, pero por eso mismo sus señorías, en el uso de su legitimidad legal, han de ajustar su legitimidad política. No todo es aritmético cuando se trata de ser fieles a la razón pública. El mayor obstáculo consiste en simplificar la complejidad de la democracia, especialmente con graves casos de corrupción, un choque entre el Ejecutivo y el poder judicial, además de una situación internacional endiablada. Con tanta precariedad parlamentaria, es un dato inquietante que ser invitado a un picnic en los jardines de la Moncloa sea hoy un compromiso a eludir sin necesidad de excusas.
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