Fue un partido marcado por dos acciones que después se recordarían por mucho tiempo. La segunda amarilla a Oli por un caso claro de miopía arbitral con Losantos Omar a los mandos. La definición al limbo de Jaime, que antes había marcado -como en el Nou Camp la semana antes- el tanto azul y que de haber ido algunos centímetros más abajo hubiera supuesto la salvación con una semana de antelación. La grada no lo sabía, cómo se iba a sospechar entonces, pero aquel Real Oviedo-Real Madrid fue el epílogo a una de las etapas más bonitas del ahora casi centenario club azul en Primera. Y, cosas del destino, La Liga se retoma en el Tartiere con el mismo partido que aquel 10 de junio de 2001.
Hubo muchos más factores en aquel doloroso descenso (toda lista de culpables debe iniciarse por el vergonzoso contubernio vasco-navarro), pero lo cierto es que de haber ganado el Oviedo al Madrid en la penúltima jornada de la 2000/01 hubiera llegado salvado a la resolución de Mallorca. Pero eso no pasó. Y el resto, el barro, el amateurismo, los problemas económicos y los enemigos dentro y fuera solo pudieron ser superados por la devoción de una afición, primero local, después global (accionistas por todo el mundo) que levantaron al club en cada ocasión que cayó a la lona.
Todos esos que lucharon lo indecible desde 2003 tienen hoy una ocasión para disfrutar. Porque 24 años y dos meses después regresa el fútbol de máximo nivel a un Tartiere que, dicho sea de paso, está mucho más coqueto que esa masa gris con hierba sin enraizar que se despidió de la elite. Por cambiar, ha cambiado hasta el prototipo de aficionado, con un rejuvenecimiento de la grada en los años de crisis que ha supuesto una renovación en los ánimos y mayor colorido en la grada. Muchos de esos aficionados verán hoy por primera vez al Oviedo en Primera División.
La gracia del asunto viene con el rival. Otra vez el Madrid. Otra vez en el Tartiere. Quizás con más diferencia entre clubes ahora por eso de que los azules son un recién ascendido y porque el reparto de millones aumenta cada año la brecha, pero superada esa diferencia con kilómetros de ilusión. Porque hay pocas cosas más bonitas que un reencuentro. Y más cuando se ha estado a un paso de que este sea imposible.














