El ‘profe’ Aguirre y las matemáticas

Vivimos en un mundo invadido por los números. Todo son algoritmos, ecuaciones, porcentajes, proporciones y reglas aritméticas, y muchos vocablos más, en nuestra vida cotidiana. El fútbol en los últimos tiempos tampoco ha sido ajeno a esta avalancha de conceptos con más sentido en un aula de la Universidad que en el terreno de juego. Los entrenadores modernos hablan de volumen ofensivo (a mí me suena a insulto grave), de ‘big data’ (podría ser una hamburguesa), goles esperados con probabilidades y cálculos inverosímiles o el cálculo y optimización de rendimiento con los jugadores usando chalecos con GPS que miden la aceleración, distancia recorrida y ritmo cardíaco. En los cuerpos técnicos ya hay además de entrenadores específicos de porteros o preparadores físicos algún que otro informático para convertir datos en fútbol. Misión imposible. No me parece mal que el fútbol avance al ritmo de la tecnología pero todo eso no ha hecho un fútbol mejor donde la inspiración, el talento y el corazón parecen olvidados. El regate aprendido en la calle ya no existe. El mejor ejemplo de eso era el Valencia de Corberán, que en cada rueda de prensa justificaba el mal juego del equipo con estadísticas y matemáticas cuando lo que le faltaba al equipo era corazón y sentimiento. Fútbol en definitiva. Y no hablo de ganas o «testiculina» como muchos aficionados reclamaban de manera menos fina. Al Valencia de Corberán le faltaba, entre otras cosas, lo esencial, lo que define este deporte. El Valencia de los últimos tiempos era un equipo sin alma, deambulaba por Mestalla, era un equipo triste. Como digo sin fútbol. Por que el fútbol es emoción, sentimiento, fe. No sé si Aguirre será capaz de encontrar el camino de la salvación, pero sin obviar que es un técnico de contrastada trayectoria y que sus equipos son reconocibles para bien, el ‘vasco’, como el apodan en su México natal, transmite, al menos, eso me dicen los que los conocen, otra imagen. Él no utilizará términos matemáticos, ni palabras en inglés. Estoy seguro que sus mensajes llegarán a la piel de los futbolistas de otra manera, por vía directa. Con palabras y gestos. Sin aplicaciones matemáticas repletas de datos. Se trata de jugar a fútbol, un juego que enloquece a millones de personas en el planeta por su esencia pasional y que nos están intentado robar los acérrimos seguidores de la secta de los números infinitos.

Fuente: Superdeporte

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