Siempre me ha llamado mucho la atención eso de «cuídate mucho». Qué quieren que les diga, a otros les llama la atención la salsa de tomate.
Cuídate mucho: la expresión bascula entre el paternalismo, la orden y el deseo. El «mucho» refuerza. Hay que cuidarse, eso quiere tu interlocutor, pero mucho, no poco. Cuidarse a secas no basta, no protege.
Pero claro, qué es cuidarse, ¿darse placeres? ¿Tomar ostras y cava al atardecer acariciando un Porsche? ¿Cuidarse es entregarse a los deseos, a los anhelos, a lo que nos hace feliz? Para no poca gente, cuidarse es hacer sacrificios. Hay gente pa to.
Lo normal es que cuando nos insten a cuidarnos pensemos en lo convencional: el colesterol, la tensión, el estrés, hacer deporte y tal. Cuidarse es experimentar el gusto que da el chorizo, también.
Cuídate mucho. Puede deslizar un regusto amargo, que lleve implícito que como no te cuides tú, y mucho, no te va a cuidar nadie.
Una vez estuve moderando una conversación entre Enrique Vila Matas y Juan Tallón y a los pocos días quería comentarle por whatsapp a Tallón algo al respecto. Me dijo: cuídate mucho. Solo eso. No como rúbrica o saludo o despedida. No sé si quiso decir que estoy majara, que lo dejara en paz, que sí a todo o era condescendencia o, seguramente, franco deseo camaraderil y forma cortés y educada de finalizar la conversación.
Yo antes era mucho de despedir una conversación con un «Hasta luego, Lucas», pero la tal fórmula, ya saben, ideada por Chiquito, fue quedándose un poco anticuada y manoseada. El verdadero problema lo tenía con dos amigos que se llamaban Lucas. Ahora prefiero otra fórmula de despedida. Me la ha enseñado mi hijo, que no sé dónde la ha oído: «Mickey Mouse, Mickey Mouse, cada uno pa su house». Me he abonado a ella. Aquí se la dejo. Se la regalo. No va a durar mucho. Son muletillas, ni siquiera eso en ese caso, que circulan y luego languidecen y se olvidan. No como la palabra hecatombe. No durará mucho, decía. Así que: cuídenla mucho.
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