Hay jugadores que forman parte de la historia de un deporte y otros que, además, consiguen cambiar la manera de entenderlo. Ricky Rubio pertenece a esta segunda categoría.
Conviene recordar el dato: debutó en la ACB con 14 años. Era octubre de 2005 y aquel niño de la Penya comenzaba una carrera extraordinaria que le llevaría a lo más alto del baloncesto español, europeo y mundial. Ricky ha sido uno de los grandes bases de la historia del baloncesto. Lo demostró en el Joventut, en el Barça, con el que ganó la Euroliga, y durante sus años en la NBA. Pero si hay un momento que resume su dimensión es el Mundial de 2019. España fue campeona del mundo y Ricky fue elegido MVP. Aquel torneo fue el cénit de su carrera.
Porque Ricky nunca ha sido solamente un jugador de estadísticas. Su verdadero valor está en aquello que no siempre aparece en una hoja de partido: la creatividad, la intuición, la capacidad para ver un pase antes que los demás y encontrar soluciones que otros ni siquiera imaginaban. Hay jugadores que ejecutan y jugadores que interpretan. Ricky siempre ha interpretado el baloncesto.
Por eso su regreso al Joventut tiene tanto valor. No porque tenga que demostrar nada. Su carrera ya está escrita. Lo importante es que haya encontrado de nuevo la motivación para competir y disfrutar de un deporte que le ha exigido muchísimo durante más de dos décadas.
Lo que haya sucedido fuera de la pista pertenece a Ricky. Como espectadores, nos corresponde valorar el privilegio de volver a verle jugar.
Y aquí me permito una licencia personal. He disfrutado de muchísimos deportistas, pero hay dos que me han marcado especialmente: Leo Messi y Ricky Rubio. Son deportes distintos, carreras distintas, pero ambos tienen algo que me ha fascinado siempre: esa capacidad para hacer cosas que los demás no ven antes de que sucedan. Un talento que parece innato y que hace diferente su deporte cuando ellos aparecen.
Y mañana tenemos una nueva oportunidad de disfrutar de Ricky. La Supercopa de España llega a Badalona y el Olímpic será escenario del mejor baloncesto nacional. Allí estará la Penya. Y allí estará Ricky. Vale la pena ir y disfrutar de la competición. Y también de poder contemplar todavía a un jugador capaz de hacer que el baloncesto parezca más sencillo, creativo y especial.
A los 35 años, después de haberlo vivido casi todo, Ricky Rubio sigue jugando. Y eso es una excelente noticia para el baloncesto.














