Lorenzo del Rey
La Feria de Albacete termina con la sensación de que la mesa estaba bien puesta. Había figuras, triunfadores, toreros jóvenes, nombres albacetenses, prometedores novilleros, variedad ganadera y, como reclamo final, una corrida concurso que parecía guardar algo distinto para el último día. El público respondió, llegaron dos “No hay billetes” consecutivos y durante buena parte del ciclo los tendidos ofrecieron una imagen positiva. Pero en toda fiesta hay invitados que llegan antes y otros que se hacen esperar. Y en esta Feria, quizá el más importante de todos terminó llegando el último. Volveremos sobre él al final, porque quizá sea precisamente ese último invitado el que mejor explique lo que ha sido esta Feria. Antes, toca repasar a sus protagonistas.
El público
La respuesta de los tendidos ha sido uno de los aspectos más positivos. Hubo tardes de más de media plaza, otras de dos tercios o tres cuartos, dos llenos y una corrida de rejones prácticamente hasta la bandera. Albacete ha vuelto a demostrar que conserva una afición capaz de acudir cuando percibe variedad y nombres de interés. Los dos “No hay billetes” de los días 11 y 12 tienen, además, un significado especial: hacía 17 años que la Feria no conseguía dos llenos en un mismo ciclo. La empresa Amador y Casas ha conseguido recuperar una parte importante del atractivo comercial de la plaza. Ahora toca que ese tirón de público encuentre cada vez más correspondencia en el ruedo.
Y hay otro dato que merece ser destacado porque apunta directamente al futuro. Los abonos de 50 euros destinados a jubilados, desempleados y menores de 28 años contaban con 1.073 abonados, a los que este año se han sumado otras 252 localidades destinadas a menores de 28 años. Es una cifra importante porque significa que más jóvenes se están incorporando a la Feria y tienen la oportunidad de vivirla desde dentro.
Esos nuevos abonados han podido ver prácticamente de todo: figuras, toreros jóvenes, novilleros, distintos tipos de encierros y tardes de triunfo y de decepción. Pero, sobre todo, han tenido la oportunidad de comprobar qué ocurre cuando aparece la emoción verdadera de la Fiesta. La corrida concurso les enseñó ese otro lado de la tauromaquia en el que el toro vuelve a ser protagonista, donde existe incertidumbre, riesgo y emoción sin necesidad de que el cartel necesite más argumentos. Apostar por ellos es mirar al futuro, y conseguir que esos jóvenes encuentren en la plaza tardes que les hagan querer volver será una de las claves para que ese futuro tenga continuidad.
Las ganaderías
Ha habido variedad ganadera y también variedad en la respuesta de los encierros. Conde de Mayalde, Montealto, Murteira Grave, Daniel Ruiz, Victoriano del Río, Domingo Hernández, La Quinta, Jandilla, Los Espartales y, como colofón, seis procedencias distintas en la corrida concurso: Miura, Samuel Flores, Cuadri, Baltasar Ibán, Fuente Ymbro y Pedraza de Yeltes.
No todas respondieron de la misma manera. Hubo novillos exigentes, toros con posibilidades, otros con poca transmisión y encierros que quedaron por debajo de lo esperado. Pero la variedad es, sin duda, una de las virtudes de este ciclo.
La presentación ha sido una cuestión de contrastes. Ha habido tardes con toros muy serios, perfectamente acordes con lo que debe ser Albacete, y otras en las que el nivel ha bajado. Lo curioso, y lo que conviene señalar, es que ese contraste se hace más evidente precisamente cuando llegan las figuras.
La corrida de Daniel Ruiz necesitó dos remiendos de Victoriano del Río y, en la de Jandilla, uno de Luis Algarra. Son circunstancias que pueden darse en cualquier Feria, pero que invitan a una reflexión cuando se repiten en las tardes de mayor expectación.
La corrida de Jandilla merece, además, un comentario aparte. Fue el encierro de presentación más justo de toda la Feria, con ejemplares que incluso tuvieron aires anovillados. Esa no es la presentación que Albacete merece. La categoría de la plaza exige que el toro mantenga siempre un mínimo de seriedad, independientemente del juego que después pueda ofrecer en el ruedo.
Es cierto que, si hacemos la comparación con otras plazas, incluso los ejemplares más cómodos vistos durante la Feria pueden parecer toros serios. Pero precisamente esa comparación no debería servir para rebajar la exigencia de Albacete. Una plaza no puede conformarse con ser más seria que otras; debe aspirar a ser fiel a su propia categoría. Y cuando el toro pierde presencia, aunque siga estando por encima de lo que se ve en muchos otros ruedos, lo que se resiente no es solo la imagen del encierro, sino también la grandeza de la tarde y de quienes tienen que enfrentarlo.
Estas líneas podrían ser un corta y pega de las que he escrito en los últimos diez, doce, catorce o quince abonos de la Feria Taurina de Albacete. Año tras año volvemos a encontrarnos con la misma cuestión: cuando llegan las figuras, la presentación del toro parece resentirse.
Y quizá haya llegado el momento de que ocurra exactamente lo contrario. Porque, ¿se imaginan por un momento a las grandes figuras anunciadas con las ganaderías que vimos en la corrida concurso? Si ya se han conseguido dos “No hay billetes”, ¿hasta dónde llegarían las colas para conseguir una entrada si esas figuras se enfrentaran a toros de ese nivel?
Evidentemente, la empresa puede hacerles esa propuesta a los diestros. Ahora bien, ¿qué posibilidades hay de que la acepten? Soñar es gratis, pero darse de bruces con la cruda realidad que encuentra un empresario a la hora de confeccionar un cartel distinto es lo que suele pasar. No siempre querer es poder.
Ahí estaría también la verdadera grandeza de una figura: no solamente en torear bien, que nadie discute que saben hacerlo, sino en hacerlo frente a un toro que pueda poner todavía más valor a aquello que son capaces de hacer. La Feria ha demostrado que hay público para los nombres y que también lo hay para el toro. Quizá el siguiente paso sea juntarlos. Ahora falta que puedan y quieran.
Los toreros
La Feria ha tenido nombres y argumentos suficientes para no reducir el balance a la cuestión ganadera.
Román abrió el ciclo con entrega y dejó buenos momentos con el primero; Molina tuvo que tirar de pundonor ante un lote complicado e Ismael Martín volvió a demostrar sus facultades, especialmente con los palos y la espada.
Entre los novilleros, Emiliano Osorno y Álvaro Serrano tuvieron que pelear contra lotes exigentes, mientras Nacho Torrejón encontró el camino del triunfo. En la segunda novillada, Mario Vilau mostró la madurez de quien encabeza el escalafón, Alejandro González volvió a evidenciar su buen momento con un nuevo triunfo y Álvaro Castillo convirtió su debut con picadores en una de las noticias agradables de la Feria.
Entre los matadores, Alejandro Talavante dejó una faena preciosa y muy personal, aunque la espada le negó el premio; Roca Rey protagonizó una tarde de triunfo discutible en cuanto a la medida del premio; y Samuel Navalón volvió a poner sobre la mesa su valor y capacidad de entrega, demostrando que su buen año no ha sido fruto de la casualidad.
Morante de la Puebla volvió a dejar su sello, el mismo que le ha valido para ser triunfador del serial y autor de la mejor faena. Paco Ureña firmó una actuación de gran contenido, dejando una imagen más que notable, y Borja Jiménez volvió a mostrar que quiere seguir contando entre los nombres importantes de la temporada.
El Cid, Emilio de Justo y Tomás Rufo se encontraron con una corrida desigual de La Quinta. Rufo dejó los pasajes de mayor calidad con la muleta, mientras El Cid y De Justo tuvieron que navegar con opciones diferentes.
David de Miranda dejó una actuación que acreditó su gran temporada; Víctor Hernández volvió a mostrar argumentos de peso toreando al natural y se quedó a las puertas de un triunfo mayor por la espada; y Marco Pérez tuvo la peor parte de un encierro que tampoco terminó de ayudarle.
Sebastián Castella, Daniel Luque y Manuel Caballero cortaron una oreja cada uno en una tarde condicionada por un encierro de Jandilla muy justo de presentación y casta. Castella volvió a demostrar oficio y capacidad para resolver; Luque tuvo que ponerse por encima de un toro de escasas posibilidades; y Caballero aprovechó su oportunidad ante una plaza que sigue pendiente de su torero.
Y en la última corrida, Rubén Pinar, Damián Castaño y Cristian Pérez aceptaron el reto de un concurso que terminó siendo el gran acontecimiento torista de la Feria. Pinar puso entrega; Castaño mostró disposición y generosidad ante el de Fuente Ymbro; y Cristian Pérez encontró en “Mirador”, de Pedraza de Yeltes, el toro que le permitió cortar una oreja de peso pese a tener todavía fresca la herida de 30 centímetros en el muslo.
Además, en esta Feria se han visto varias faenas que podían haber sido merecedoras de un trofeo mayor y que se han ido al limbo por culpa del mal uso de los aceros.
Y queda el rejoneo, con Diego Ventura muy por encima del resto después de cortar cuatro orejas. La petición del rabo llegó a los tendidos, pero Joaquín Coy mantuvo el criterio y no lo concedió.
Las presidencias
El palco también forma parte de una Feria. Genoveva Armero ha mantenido, en líneas generales, un criterio exigente y ha sabido decir que no cuando el premio no estaba suficientemente justificado. Lo hizo ante peticiones minoritarias y en situaciones en las que la plaza empujaba hacia el premio. Precisamente por eso, quizá le faltó mantener ese mismo criterio con la oreja de Castella.
Si se había emprendido el camino de primar el contenido de la faena y, sobre todo, la espada, lo coherente habría sido mantener esa línea hasta el final. Cuando el palco mantiene una vara de medir, también transmite seguridad a la plaza. El problema no es conceder o no una oreja concreta, sino que el criterio pueda parecer cambiante.
Con Joaquín Coy ocurrió algo parecido con las dos orejas concedidas a Roca Rey tras su faena al quinto, un premio que, a mi juicio, pareció excesivo en relación con lo visto. En cambio, su negativa a conceder el rabo a Diego Ventura pese a la petición fue una decisión que sí respondió a ese criterio exigente.
Y al final volvemos a encontrarnos con la misma cuestión: cuando llegan los nombres grandes, existe el riesgo de que todo tienda a flexibilizarse un poco. En el palco, como en el toro, la categoría también está en mantener el criterio: en la concesión de orejas y a la hora de aprobar los toros.
Albacete ha demostrado que, cuando Armero y Coy se han mostrado firmes, la plaza ha respondido refrendando sus decisiones. Ese es el camino que deberían mantener en los próximos años. Más vale una vuelta al ruedo de peso y un toro bien presentado —que los ha habido este año— que una oreja o una puerta grande menor acompañada de un toro de escasa presencia.
Y el público también debe mirarse al espejo
Pero en una Feria en la que hablamos de recuperar la categoría del toro, de exigir seriedad en su presentación y de reclamar rigor en el palco, también conviene hablar del gran público. El aficionado paga su entrada y tiene todo el derecho a disfrutar de un torero concreto, a emocionarse con un toro determinado, a pedir una oreja o a entender la corrida de una manera distinta. La plaza es también eso y sería absurdo pretender que todos los aficionados tengan el mismo criterio. Pero la responsabilidad no puede recaer siempre en los demás.
Porque si reclamamos un toro serio y después, cuando aparece, no lo reconocemos; si pedimos rigor en los premios y al mismo tiempo se escuchan peticiones de trofeos después de auténticos espadazos bajos o defectuosos; si exigimos que el palco mantenga unos criterios y luego somos los primeros en presionar para que se flexibilicen cuando torea nuestro torero, quizá también tengamos que hacer un pequeño ejercicio de autocrítica.
No se trata de decir que unos sepan más que otros ni de convertir la plaza en una escuela en la que alguien tenga que decirle al aficionado qué debe sentir. Se trata, simplemente, de observar que también existe una parte de la afición que necesita recuperar determinados cánones de la tauromaquia y, sobre todo, aprender a valorar aquello que hace grande a una corrida. La seriedad del toro, la importancia de la suerte de varas, la colocación, la pureza, la profundidad de una faena y, por supuesto, la espada también forman parte del espectáculo. Y si queremos una plaza más exigente, quizá no baste con pedir más al empresario, al ganadero, al torero o al presidente. También la afición tiene que mirarse de vez en cuando en el espejo. No para dejar de disfrutar, sino para aprender a disfrutar y premiar aquello que realmente merece ser premiado.
Y al final apareció el toro
Y quizá por eso la corrida concurso del 17 de septiembre sea mucho más que una buena manera de cerrar la Feria. Es, en realidad, la clave para entenderla. Cuando el toro volvió a ocupar el centro, todo lo demás pasó a un segundo plano. Las seis ganaderías, las distintas procedencias, la pelea en varas, los tercios de banderillas, la incertidumbre, el peligro y la emoción devolvieron a la plaza una sensación que durante algunas tardes había quedado demasiado lejos.
“Organillero”, de Fuente Ymbro, fue extraordinario en el caballo. “Sartenero”, de Baltasar Ibán, también dejó su huella, la de un toro que estuvo en la frontera del pañuelo azul y que también hizo méritos para ser uno de los mejores astados de esta Feria. Y entonces ocurrió algo que no necesita campañas publicitarias ni grandes nombres en el cartel: el toro hizo que la Fiesta se explicara sola.
Quizá ese sea el camino para Amador y Casas. No se trata de renunciar a las figuras, ni a los jóvenes, ni a los nombres que llenan la plaza. Todo eso forma parte de una Feria que ha funcionado y que tiene muchas cosas que conservar. Se trata de conseguir que todos ellos convivan con un toro que esté a la altura de la plaza y que siempre sea el eje de todo. Porque el invitado que llegó tarde terminó siendo el que más conversación dejó y del que se hablará durante muchos años. Y quizá la próxima Feria no tenga que esperar hasta el último día para sentarlo a la mesa. Valor, y al toro.













