Durante décadas, el nombre Diplodocus ha estado asociado casi exclusivamente a las grandes llanuras del oeste de Estados Unidos. Allí se encontraron los fósiles que convirtieron a este saurópodo de cuello y cola interminables en uno de los dinosaurios más populares del planeta. Ahora, un conjunto de huesos recuperado en Teruel, España, obliga a ampliar ese mapa: investigadores de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis han identificado en El Castellar la primera evidencia atribuida a este género fuera de Norteamérica. El estudio se publica en Journal of Vertebrate Paleontology.
El hallazgo procede del yacimiento de La Tejería, donde las excavaciones han permitido recuperar 14 vértebras de la parte media y posterior de la cola, además de varios chevrones, unas piezas óseas que se sitúan bajo las vértebras caudales. Los restos pertenecen a sedimentos del Jurásico Superior, de unos 150 millones de años de antigüedad.
De acuerdo a una nota de prensa, la combinación de rasgos anatómicos observados en las vértebras y los análisis evolutivos realizados por los investigadores llevó a clasificarlos como Diplodocus sp., es decir, dentro del género, aunque sin asignarlos a una especie concreta.
Más conexiones entre las actuales Europa y América del Norte
La importancia científica del descubrimiento va más allá de añadir otro gran herbívoro al extenso catálogo de dinosaurios hallados en esta región española. Durante el Jurásico Superior, América del Norte y Europa no estaban tan aisladas como lo están hoy.
El Atlántico norte se encontraba todavía en proceso de apertura y la configuración de los continentes era muy distinta de la actual. Esa geografía permitía, en determinados momentos, conexiones terrestres o corredores emergidos que podían facilitar el desplazamiento de animales entre ambos márgenes. La presencia de Diplodocus en Iberia aporta una nueva pieza a esa hipótesis de intercambio faunístico transatlántico.
La idea en torno a que existieron conexiones entre las faunas ibéricas y norteamericanas no nace con este fósil. De hecho, el registro del Jurásico Superior de Portugal y Teruel presenta semejanzas notables con la célebre Formación Morrison estadounidense. En la Península Ibérica ya se habían reconocido animales relacionados con ese conjunto faunístico, entre ellos el carnívoro Allosaurus y el Stegosaurus. También se han planteado afinidades transatlánticas para otros saurópodos.
Dudas a resolver
Lo novedoso, sin embargo, es que por primera vez esa relación queda respaldada por restos atribuidos al propio género Diplodocus. Y aquí aparece un detalle importante: el registro fósil es necesariamente incompleto y la interpretación no ha generado un consenso absoluto. José Ignacio Canudo, de la Universidad de Zaragoza, quien no participó del estudio, considera que «las vértebras están bien descritas y que el trabajo supone una aportación relevante», pero discrepa de la precisión de la identificación: a su juicio, «disponer únicamente de elementos de la cola deja margen para discutir la asignación al género Diplodocus«, indicó a Science Media Centre.
Esa duda no resta interés al descubrimiento: al contrario, muestra cómo funciona la paleontología. Un fósil no solo se descubre: debe compararse con otros, medirse, situarse en un contexto evolutivo y someterse a interpretaciones que pueden revisarse cuando aparecen nuevas pruebas.
Huesos originales del Diplodocus de El Castellar (parte inferior de la fotografía) expuestos en el Museo Aragonés de Paleontología ubicado en Dinópolis (Teruel, España). / Crédito: Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis.
Una fauna más variada
En este caso, las características de las vértebras, como sus cavidades internas, determinadas proporciones y los chevrones bifurcados, fueron claves para establecer la propuesta taxonómica presentada en el estudio, publicado en Journal of Vertebrate Paleontology.
El animal de El Castellar habría alcanzado unos 25 metros de longitud, una dimensión comparable a la de grandes diplodócidos norteamericanos. Pero Teruel ofrece además un contexto especialmente revelador: en la provincia convivieron otros saurópodos gigantes con anatomías muy diferentes, como Turiasaurus y Losillasaurus. La diversidad registrada en la zona sugiere que aquel paisaje jurásico albergaba comunidades de dinosaurios mucho más variadas de lo que podría sugerir la imagen simplificada de un territorio dominado por unos pocos gigantes.
Referencia
Intercontinental evidence of the iconic genus Diplodocus Marsh, 1878 (Dinosauria, Sauropoda). Sergio Sánchez-Fenollosa, Josué García-Cobeña and Alberto Cobos. Journal of Vertebrate Paleontology (2026). DOI:https://doi.org/10.1080/02724634.2026.2718423
Hallazgos que llevan décadas de trabajo
La historia de La Tejería también demuestra que los grandes descubrimientos pueden necesitar años de investigación antes de adquirir su significado definitivo. Las excavaciones en El Castellar comenzaron en 2002 y el municipio acumula decenas de yacimientos con huesos y huellas de dinosaurios. Los restos del diplodócido ya habían sido reconocidos como tales desde hace años: lo que cambia ahora es su estudio anatómico y filogenético, que permite proponer una identificación mucho más concreta.
Los fósiles del nuevo ejemplar se exhiben actualmente en el Museo Aragonés de Paleontología, junto a otros gigantes procedentes de Teruel. Así, la provincia añade un nuevo capítulo a una historia que ya situaba a esta parte de Aragón entre los grandes territorios europeos para reconstruir los ecosistemas de la era de los dinosaurios.
Esta vez, además, el protagonista sirve para mirar mucho más lejos: hacia un Atlántico todavía joven y hacia un mundo en el que las fronteras entre continentes eran, desde el punto de vista de los dinosaurios, bastante más permeables y fáciles de superar.














