Septiembre tiene algo de enero. Terminan las vacaciones, y vuelven el trabajo, los colegios, los horarios y las rutinas. Y con ello, aparece en muchas personas una sensación conocida: ahora sí, ha llegado el momento de hacer cambios, de apuntarse a un gimnasio, comer mejor, leer más, aprender un idioma o tomar, por fin, esa decisión que llevaba tiempo aparcada.
Esto no es casual. Hay fechas que funcionan psicológicamente como fronteras entre una etapa y otra, y que pueden incentivar la disposición a perseguir metas. Es lo que en psicología se conoce como «efecto de nuevo comienzo» (fresh-start effect). «Septiembre, al igual que Año Nuevo, un cumpleaños o el primer día del mes, funciona como un punto de partida temporal, son fechas señaladas que abren una especie de cuenta mental nueva. Lo pasado queda del lado del ‘yo anterior’ y el presente se percibe como una hoja en blanco, y eso nos empuja a proponernos metas», explica psicólogo Daniel Novoa.
Septiembre cuenta, además, con un componente cultural muy arraigado. Desde hade décadas está asociado al comienzo del curso. Y no solo al académico. Se habla del nuevo curso judicial, del nuevo curso laboral, del nuevo curso político…, lo que convierte este mes en un marcador de cambio colectivo. «Y el marketing lo sabe: gimnasios, academias y agendas nos lo recuerdan en cada escaparate, así que, entre todos, retroalimentamos el fenómeno», dice el psicólogo.
Las vacaciones también influyen en el deseo de hacer cambios. Según Novoa, romper temporalmente con la rutina durante el periodo vacacional permite observar la propia vida desde cierta distancia. Cambiar de horarios, viajar o simplemente dejar durante unos días las obligaciones del día a día puede hacer más visibles aquellas cosas que queremos conservar y aquellas que nos gustaría modificar o, incluso, eliminar.
«Cambiar nos cuesta porque obliga a movilizar recursos y el cerebro es ahorrador por diseño y prefiere lo conocido. Romper la rutina afloja esa inercia y abre una grieta por la que colar lo nuevo», explica.
Por eso, septiembre puede convertirse en un momento especialmente propicio para introducir cambios y tomar decisiones que llevaban tiempo posponiéndose. Según el psicólogo, dos factores contribuyen a ello. «El primero, el efecto punto de partida: volvemos con la sensación de etapa nueva y el entorno nos lo recuerda por todas partes. El segundo es algo muy humano: aparcamos decisiones incómodas para septiembre, como quien deja algo pendiente para cuando tenga fuerzas», subraya.
Sin embargo, advierte de que una cosa es aprovechar el impulso del cambio y otra que sea el calendario el que marque el momento de tomar decisiones. «Si queremos cambiar de trabajo, terminar una relación o iniciar un proyecto, la decisión tiene que estar madurada por sus propios motivos. Septiembre puede ser el empujón para pasar a la acción, pero no debería ser el argumento para decidir», sostiene.
Un error muy común es intentar transformar demasiadas cosas al mismo tiempo, lo que aboca cualquier propósito al fracaso. «Los tres errores clásicos son no tener una hoja de ruta realista, querer ir de cero a cien y confiar en que todo será fácil», apunta Novoa. A eso añade un fenómeno especialmente frecuente en estas fechas: «La lista kilométrica. Cinco propósitos nuevos el mismo lunes reparten las fuerzas hasta que no queda energía para ninguno. Mejor uno bien plantado que diez a medias», añade.
Las metas demasiado ambiciosas también suelen acabar en saco roto. «Dividir un objetivo en pequeños no es rebajar la ambición; es hacerla alcanzable. Un objetivo enorme intimida y se aparca; troceado en pasos abordables hace que cada tramo se vea posible y se ponga en marcha», comenta.
Así, quien desee ponerse en forma puede empezar caminando veinte minutos tres días a la semana, mientras que quien quiera leer más puede comenzar con una página antes de acostarse. Novoa señala que el objetivo no es que esa primera acción sea espectacular, sino que sea suficientemente sencilla como para poder repetirla. «Cambiar en mayúsculas es un reto de verdad. Una hoja de ruta realista, con pasos concretos, es lo que separa el deseo del logro», defiende.
Si el deseo de introducir cambios responde exclusivamente a una fecha en el calendario, la motivación no tardará en disiparse. «El chispazo inicial es intenso pero corto: dura días o unas pocas semanas, y se va apagando a medida que la novedad se desgasta y la vida vuelve a poner ficciones -trabajo, cansancio, imprevistos-. No es que se acabe en octubre por arte de magia. Toda motivación de arranque tiene fecha de caducidad. Por eso la clave no es encenderla, sino tener listo el relevo para cuando baje», argumenta.
El psicólogo Daniel Novoa. / FdV
«Una hoja de ruta realista, con pasos concretos, es lo que separa el deseo del logro»
Según Novoa, los hábitos y el entorno constituyen ese relevo. En este sentido, señala que un cambio sostenible no puede depender permanentemente de sentirse motivado. La conducta tiene que resultar suficientemente sencilla como para mantenerse también en los días en los que no apetece. «Estar motivado es querer el resultado; estar preparado es haber montado las condiciones para que el cambio aguante sin depender de las ganas», afirma.
Los refuerzos también son importantes. Si el propio proceso produce alguna recompensa —sentirse mejor, disfrutar, aprender, notar avances—, mantenerlo resulta más fácil. La fuerza de voluntad, por sí sola, difícilmente puede sostener durante meses un comportamiento que resulta desagradable o demasiado exigente.
Septiembre también puede generar presión y frustración por esa idea de que hay que regresar de vacaciones «con las pilas cargadas» y aprovechar septiembre para mejorar todos los aspectos de la vida cuando la realidad no acompaña. «Hay personas que vuelven cansadas y sienten que deberían estar como nuevas. Ese ‘debería’ puede convertirse rápidamente en culpa», advierte Novoa.
Las redes sociales también influyen en esta necesidad de «reinventarse» tras el paréntesis vacacional. «Las redes son un altavoz. No inventan la idea del ‘nuevo yo de septiembre’, pero la amplifican y aceleran. El peligro aquí no es la motivación; es la comparación: medir nuestro punto de partida contra el momento cumbre —y editado— de los demás», subraya.
Por eso, más que convertir septiembre en una fecha para empezar una vida completamente distinta, Novoa propone utilizarlo como un momento de revisión. «El autoconocimiento es la brújula. Una señal de que el objetivo es realmente nuestro es que no haya aparecido de golpe el día 1 de septiembre y que siga teniendo sentido cuando imaginamos perseguirlo en febrero, sin fecha señalada que lo empuje», comenta. Y plantea una prueba sencilla: «Pregúntate si lo querrías, aunque nadie fuera a enterarse. Si la respuesta es sí, vas bien encaminado».
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