Si tuviese que escoger una declaración de Sarah Santaolalla que condense el sentido y simbolismo que la erigen estos días en musa y villana de la izquierda, sería esta: «He tenido miedo antes que ideología. Luego el miedo ha desembocado en esta ideología». Lo expresó en el contexto de una entrevista personal en la que, para arrojar esa reflexión, se refería a «una infancia muy marcada por el machismo desde el colegio», aunque también habría podido vincularla con una memoria familiar marcada por el fusilamiento y la lucha antifraquista de su abuelo y de su padre. Pero lo expuso precisamente en relación al machismo estructural explícito porque Santaoalla sabe, y lo remarca en voz alta, que en la escalada de odio y violencia ultra que experimenta a diario pesa mucho más el hecho de ser mujer que de ser de izquierdas.
Luego, la determinación de expresarlo lleva implícita su condena, porque insistir en el discurso de la misoginia la relega a mártir, mientras que orillarlo supone ceder espacio a lo que justamente se trata de combatir: el ninguneo, el silenciamiento y el negacionismo que constituyen la arquitectura del fascismo para rehabilitar y salvaguardar sus intolerancias y agresiones. Esa consigna de miedo e ideología que esgrime Santaolalla revierte en una diana en la espalda que es la de musa y villana de la izquierda, en que las mujeres sufren un mismo patrón específico de persecución, linchamiento y descrédito con el objetivo de callarlas por si, en el ejercicio de hacerse oír, resulte que las escuchemos.
Probablemente, al nombre de Sarah Santaolalla le acompaña la polémica antes que sus méritos. Formada en Comunicación Audiovisual en la Universidad de Salamanca y en Derecho en la Universidad de León, la comunicadora, tertuliana y analista política es una figura cada vez más habitual en espacios televisivos de debate y actualidad, donde destacan sus intervenciones antifascistas y de izquierdas en formatos como Mañaneros 360 y Malas lenguas, así como en En boca de todos y Todo es mentira. Estos días ha trascendido que el próximo 5 de noviembre tendrá lugar el estreno de La Séptima, el nuevo canal en abierto de TDT, con Javier Ruiz como director y Santaolalla al frente de su primer espacio propio en una cadena nacional.
Mientras muchos medios cuestionan su fichaje, Santaolalla sigue defendiendo su compromiso y derecho a dar la cara a riesgo de que sigan amenazando con partírsela. En consonancia con las estrategias sistematizadas de ataques a las periodistas y comunicadoras en España que ocupan demasiado espacio público, este salto en su carrera recrudecerá los mensajes de violencia: se trata de resistir o arder, como en los tiempos de las quemas de brujas.
Antes de la pandemia, el Instituto Internacional de Prensa (IPI) produjo el documental Spain on the line, que analiza el impacto del acoso y amenazas a las periodistas en España y que concluye que los ataques dirigidos a las mujeres presentan unos rasgos distintivos que no se dan en el caso de los hombres: ensañamiento y virulencia de los mensajes, insultos por su físico y menosprecio a su capacidad intelectual, amenazas de violencia sexual y campañas de descrédito profesional acompañados con mensajes machistas, ninguneo y humillación. Los ejemplos en estos últimos años son incontables: Henar Álvarez, que actualmente presenta su propio late night en RTVE, abandonó Twitter tras recibir un aluvión de mensajes de odio cuando unos tuiteros rescataron unos vídeos de antiguas intervenciones en el podcast Estirando el chicle donde detalla la violencia obstétrica que sufrió en su parto o su postura ante la derogación del derecho al aborto en EEUU. O Cristina Fallarás, en el centro de varias campañas de odio por recopilar y publicar testimonios de violencia machista, denunció este año que varias personas han acudido a su casa a hostigarla en el marco de una campaña de señalamiento impulsada por Vox. Elena Reinés, Ana Pardo de Vera, Ebbaba Hameida, Inés Hernand: la lista es interminable.
El pulso consiste en presionar hasta el derribo o la autocensura. «Nada le gusta más a la fachosfera que una musa de la izquierda», ironiza Santaolalla, y esa sentencia presidirá más titulares que sus denuncias de genocidios, desahucios, corrupción o asesinatos machistas. Pero navegues o no en su corriente de ideas es fundamental que figuras como Sarah Santaolalla hablen y resistan, aunque ojalá habláramos de libertad de expresión, pluralidad y derechos humanos; no de polémicas, miedo o percusión.
Fuente: La Provincia – Diario de Las Palmas
















