«Caminante, no hay camino, se hace camino al andar». No es por quitarle la razón a estas sabias palabras del escritor Antonio Machado, pero en la Isla, como cada inicio de septiembre, el rumbo está clarito. Este lunes todos los caminos llevan a Teror y, aunque algunos preferirían ir acompañados del carro de Manolo Escobar, la realidad es que por aquellas cuestas solo retumban las melodías de El Baifo, sí, el chiquillo, el caprichoso.
«Un gorro por una canción de Quevedo», pregona Lourdes Alemán desde Miraflor, quien estira el cuello para que la escuchen hasta los peregrinos que todavía arrancan desde la rotonda de Tamaraceite. «Tú eres lo que siempre quise, y aunque Dios se tarde un poquito es porque las cosas buenas siempre llegan al golpito, al golpito», le responden un grupo de muchachos que aprovechan el momento para coger un poco de resuello.
La misión de Lourdes y sus compañeras es atajarle el sol a cualquier alma que pase. Las chicas trajeron 1.000 gorros, pero los que quedan se pueden contar con los dedos de las manos. Les gustaría ir a por más, aunque ya bastante tardaron en llegar estos ejemplares: más de 15 días. En cualquier caso, se lo están pasando «pipa», aclara Lourdes, que también va protegida con sombrero y gafas de sol.
La situación era esperable; la gente se sabe el repertorio de Quevedo mejor que el padrenuestro, desde los temas de allá por 2020 hasta los más actuales y míticos. «A cantar y el que no se la sepa mucho que mueva la boca», bromea Lourdes, convertida en toda una directora de orquesta. «Quédateeee, que la noche sin ti dueeele», interpretan de aquella forma el grupo de amigos de Unai Santana y Amil Hernández, que acompañan el tarareo con algunas palmas. Lo prometido es deuda. Los muchachos parten con su sombrero y con la esperanza de tener las caderas remendadas para la verbena.
Tana Hernández y Aday Díaz vienen empatando el Pino con La Varada del Pescao, pues llevan la camiseta de la fiesta pesquera de la Playa de Arinaga. Vienen andando desde La Feria y como única provisión solo han traído una pareja de auriculares inalámbricos. Tana lleva uno en la oreja izquierda y Aday el otro en la derecha. En la playlist que han preparado hay algún tema de Quevedo y les van a hacer falta, pues a los muchachos todavía les queda mucha suela por quemar. Después de ver a la Virgen bajarán andando y, una vez adecentados, volverán a la Villa para disfrutar de la verbena, eso sí, esta vez en coche. «Ahora a cumplir con la tradición y después volveremos para el disfrute», sentencia Tana.
Carmelo Rodríguez tiene claro que al Pino no va el que no quiere. Desde chiquillo vive con poliomielitis, una enfermedad infecciosa causada por un virus que afecta al sistema nervioso y que provoca parálisis. Sobre su silla de ruedas y con sus guantes multiusos a prueba de gallinas en las manos, el hombre salió desde las ocho de la mañana, cuesta arriba desde Tamaraceite. Es sincero; la travesía la está llevando «fatal». «Yo pensaba que era menos. Pero ya me queda poco», se consuela. Viene por una promesa que, para evitar que se chafe, prefiere no confesar. Es la segunda vez que sube para el Pino: «Primero lo hice con muletas y hoy con silla de ruedas», explica Carmelo. Afortunadamente, este año va acompañado de su hija Estefanía. Lo que peor sobrellevan no es el bochorno, sino «la falta de fuerzas», confiesan padre e hija.
En familia también van José Luis Vega y Andrea Vega. Perdón, mejor dicho, vienen. Profesores de la doctrina de «cuanto menos bulto más claridad», desde las nueve de la mañana padre e hija ya estaban a los pies de la patrona. Otros años han subido de noche, acompañando a la farra y, cuando han llegado a la Basílica, ya no cabía un alfiler, aseguran. Pero en esta ocasión escarmentaron. Antes de que las colas bordearan el templo, aprovecharon para hacerse con dos bocadillos de chorizo de Teror. «Eso sabe a gloria», declara José con la boca hecha agua. El padre, que es más devoto, siempre se compra un rosario; este año tocó uno de cuentas encarnadas. Cuando se compró su primer taxi se lo llevó a la Virgen del Pino para que lo bendijera. Aunque el coche sigue intacto, decidió comprarse otro y, como ya no se estilan las protecciones divinas de coches, José se remedia con colgar el abalorio en el retrovisor y bendecir las llaves.
No son los únicos adelantados. Pino Betancor y Delia siguen los pasos de los Vega. Van cuesta abajo, con un paso tan firme que delata la inyección de energía del bocadillo de chorizo. No aflojan la pata ni para conversar. Esta es la primera vez que suben y con la misma bajan. «Serán bastantes kilómetros, pero vamos muy bien», garantiza Pino.
El grupo de amigos de Juan Perera no le teme ni a las gallinas que puedan salir en los talones de los pies ni a las agujetas en los cuádriceps. «Con suerte llevamos calcetines», resume Juan. Se conocieron cuando entraron en los Scouts de Telde y desde entonces se han pateado todos los rincones del Archipiélago. La ruta más agotadora que recuerdan es la del Teide, que llevaron a cabo hace apenas dos semanas. A pesar del mal de altura que padecieron algunos, la experiencia seguirá guardada en sus retinas durante mucho tiempo, pues vivieron el amanecer desde lo alto del pico.
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