Un estado federado, o land, de 2,1 millones de ciudadanos en un país con 84 millones de habitantes, sin tejido industrial relevante y que aporta apenas un 1,8% al PIB nacional; con una población demográficamente envejecida, tendencia a despoblarse y un porcentaje de ciudadanos extranjeros o de origen migratorio del 12%, menos de la mitad que la media del país. Sajonia-Anhalt no tiene el peso económico de su vecina del noroeste, Baja Sajonia, donde está la sede de Volkswagen y cuya capital, Hannover, acoge cada año la mayor feria industrial del país. Tampoco tiene los tesoros monumentales ni las inversiones que recibe Sajonia, su otra vecina, al sureste, con ciudades como Dresde o Leipzig.
En la puerta de la iglesia de Wittenberg, una de las ciudades de Sajonia-Anhalt, clavó en 1517 Martín Lutero las 95 tesis que desencadenaron la Reforma Protestante; en su capital, Magdeburgo, están depositados las reliquias mortales del kaiser Otto el Grande; y en otra de sus ciudades, Dessau, abrió en 1925 la Escuela Bauhaus, la vanguardia artística y arquitectónica que persiguió el régimen de Adolf Hitler. Son hitos del pasado, que poco explican del presente del land que el próximo domingo puede dar una estocada tal vez mortal al gobierno de Friedrich Merz.
La ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) es ya primera fuerza en intención de voto a escala nacional. Su líder en Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund, aspira a conquistar para el partido la primera jefatura en un Gobierno regional. Es decir, alcanzar el poder por sus propias fuerzas y finiquitar el cortafuegos o Brandmauer alemán.
El canciller alemán, Friedrich Merz, en un acto electoral en el estado de Sajonia-Anhalt. / JENS SCHLUETER / AFP
Siegmund exhibe como un tesoro la portada del semanario Der Spiegel que le califica de «el hombre más peligroso de Alemania». Un titular tramposo que satisface a su ego. De 35 años y nacido en una ciudad del land’ de 6.100 habitantes, Havelberg, representa el ala más radical de un partido de por sí tóxico, al que el grueso de la ultraderecha europea ha mantenido al margen de la gran familia. Exhibe como un regalo el título de «peligroso» recibido del semanario político de referencia alemán. Comparten su orgullo los dos copresidentes del partido, Alice Weidel y Tino Chrupalla, pese a que durante un tiempo marcaron distancias respecto a Siegmund y a su anterior estrella emergente, Björn Höcke, el líder de Turingia.
Saltar a la mayoría absoluta
Desde este anodino land del este alemán, antiguo territorio comunista, quiere hacer historia Siegmund. Puede lograrlo si escala al porcentaje del 43% y si, además, los partidos pequeños quedan por debajo del 5 %, el listón mínimo para acceder a escaños. Por pequeños se entiende tanto el Partido Socialdemócrata del vicecanciller y ministro de Finanzas, Lars Klingbeil, como Los Verdes. A la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merz, el partido del actual primer ministro regional, Sven Schulzen, la sitúan los sondeos en segunda posición, veinte puntos por debajo de la AfD. La Izquierda clásica está sobre el 11 %, mientras que la prorrusa Alianza Sarah Wagenknecht (BSW) queda por debajo del mínimo. Cuantos más partidos entren en la tarta parlamentaria menos opciones tendrá la AfD de hacerse con la mayoría absoluta. A no ser que salte por encima del 43%.
¿En qué piensa ese altísimo porcentaje de ciudadanos, determinados a entregar su voto a un partido que, según expertos económicos, representantes de la industria e incluso el Deutsche Bank, el líder de la banca nacional, ahuyentaría a inversores, trabajadores y llevaría al land a la ruina? La AfD comparte con el trumpismo su capacidad para escapar a la lógica.

Mitin electoral de Ulrich Siegmund, candidato de Alternativa para Alemania (AfD) en el estado de Sajonia-Anhalt. / RONNY HARTMANN / AFP
Seguir a Siegmund en sus mítines, sea en Halle, la segunda ciudad del país, en Magdeburgo o en puntos algo más recónditos es tropezarse con ciudadanos de toda edad y condición en éxtasis en pos de una selfie con su líder. Reina en las redes sociales, con más de 700.000 seguidores, y tiene extraordinarias dotes para la cercanía, tanto entre ciudadanos no identificables como ultras como entre declarados neonazis. La mayoría de estas ciudades presenta un paisaje similar al del resto del este alemán: estaciones ferroviarias adecentadas; zonas peatonales con las conocidas cadenas comerciales; cafés gentrificados y locales identificables como «extranjeros», sean Kebabs o shisha lounge.
El centro alemán en vilo
Siegmund propaga la consigna de la «remigración». Estuvo entre los oradores del cónclave de identitarios y neonazis celebrado en Potsam, en 2023, donde se habló de expulsar a «millones de extranjeros». Ello le costó su defenestración al frente de la comisión de asuntos sociales de la cámara de Magdeburgo. Ese castigo quedará en nada si coloca a su partido en el poder. Será difícil mantener a la AfD al margen de comisiones parlamentarias, del acceso a secretos oficiales o los datos del espionaje alemán del Interior. Es decir, los órganos que tienen clasificado al partido como «extremista» y bajo vigilancia a su agrupación juvenil. De ahí procede Siegmund y varios personajes de su entorno, vinculados a un grupúsculo llamado Juventudes Fieles a la Patria (HDJ), prohibido en 2009 por tratar de instruir a menores como «combatientes del nacionalsocialismo».
Con este bagaje logró la AfD la posición de primera fuerza del land con un 37,1 % en las elecciones generales de 2025. Toda Alemania, y especialmente su centro político, estará en vilo el domingo, cuando a las 18.00 en punto cierren los colegios electorales y se difundan las primeras proyecciones de voto. Si obtiene un 40 %, levantará los brazos ante su indiscutible éxito, aunque seguirá aislado. Si despega al 43 % o más, la sacudida sobre el tablero alemán procedente de ese land’ anodino se celebrará como propio por toda la internacional ultraderechista.
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