En el campo hay momentos de un silencio tal que parece que el mundo se ha acabado. Está uno en la terraza, observando el cielo y de súbito percibe un sigilo que, al tiempo de transmitir una paz insólita, da la impresión de ocultar una amenaza.
-¿Y si de verdad se hubiera acabado el mundo? -te preguntas de manera retórica.
Entonces aguzas los sentidos, todos, y compruebas que, en efecto, no se escucha un solo pájaro, no se mueve una nube, no ruge el motor de ninguna sierra mecánica ni se atisba el paso de los coches en la lejana carretera. Tampoco culebrea ninguna lagartija en la tapia bajo la mirada atenta del gato del vecino. En cuanto a las hojas del laurel, permanecen en una inmovilidad de muerte porque la brisa de estas primeras horas de la tarde tampoco ha acudido a la cita. ¿Y si de verdad te hubieras quedado solo frente al mundo?
Entendámonos: no solo frente al mundo, sino a cargo de él. Lo malo de ser el último testigo es que estás obligado a dar testimonio por partida doble. Tendrías que salir a ver si, de casualidad, queda algún grillo vivo, quizá algún caracol. Tendrías que volver a la ciudad, no sé para qué, pero irías en tu coche o en el del primero que pillaras. Te asombraría la cantidad de coches para una sola persona. ¿Y cuánto valdría ahora un ático de 400 metros? Nada, o lo que tuviera en su nevera. ¿Se habría ido la luz?
Te levantas de la silla de mimbre y entras en casa. Abres un grifo y sale agua. Enciendes una lámpara y se enciende. La bombillita del frigorífico te produce una emoción inexplicable. Hay medio limón, una botella de vino, tres huevos, un yogur… Restos de una civilización, la tuya. Si todo hubiera terminado de verdad, aquello sería el ajuar de la especie humana. Se te ocurre telefonear a alguien, a ver qué pasa, pero pospones la llamada. De repente, se oye a lo lejos el ladrido de un perro. Nunca habías pensado que un ladrido pudiera contener tanta población. Poco después pasa un coche por la carretera y una ráfaga de aire mueve las hojas del laurel. El mundo se ha puesto de nuevo en marcha con la naturalidad de quien había salido a hacer un recado. Respiras con alivio, aunque también con cierta decepción.














