Entrevistar a esta ilustre personalidad no es para mí nada objetivo pues somos amigos desde hace demasiados años y hemos compartido momentos emocionantes, charlas interminables siempre como hilo conductor el vino. Hijo, nieto, bisnieto y hermano de bodegueros. A Rafa Poveda resulta difícil separarlo del vino porque, en realidad, nunca ha vivido lejos de él. Enólogo, divulgador y uno de los grandes conocedores de la Monastrell y del Fondillón, ha sido presidente de la Academia de Gastronomía de la Comunidad Valenciana y acumula menciones de mérito por doquier en el mundo de la cultura y de la enología; pertenece a una generación que asistió a la transformación radical del vino alicantino. Ahora, liberado de la gestión cotidiana de la bodega, asegura haberse quedado con la mejor parte de ese mundo.
¿Tu vocación estaba escrita desde niño?
La tenía clarísima. Salía del colegio y me iba a la bodega. Para un niño aquello era un universo: los camiones, la gente, las conversaciones… Allí se jugaba muy bien, pero también aprendías escuchando. Aquella fue mi primera universidad. Después estudié Enología en Madrid y tuve la suerte de coincidir con gente como Marcos Eguren o Jesús Flores y aprender también de Isabel Mijares. Siempre he pensado que el vino es mucho más que hacer fermentar mosto. Es cultura, humanismo, sociedad, es arte.
Nuestra uva mayoritaria, la monastrell, ha crecido en los últimos tiempos en calidad y cualidad. ¿En qué momento se encuentra?
En el mejor de su historia. Durante muchos años se decía que la Monastrell era una variedad oxidativa, pero el problema no era la uva, sino el clima donde se elaboraba y la ausencia de frío industrial. Cuando llegaron el control de temperatura y el conocimiento moderno de la bodega, desapareció aquella oxidación. Después aprendimos también a entenderla mejor en el campo. Llevamos 20 o 25 años haciendo grandes vinos de Monastrell y hoy tienen reconocimiento internacional.
¿Nos falta vender mejor la variedad Monastrell como identidad propia y definir su entorno?
Totalmente. A finales de los sesenta mi padre, Salvador Poveda Luz, junto con bodegueros alicantinos y de Jumilla, llegó a plantear al Ministerio una gran denominación basada en la Monastrell. Se rechazó porque entonces se entendía que una DO debía basarse exclusivamente en el territorio. Siempre he pensado que una gran unión de Alicante, Jumilla, Yecla y otras zonas productoras tendría una potencia tremenda. Si administrativamente no puede existir una gran DO Monastrell, al menos debería existir una alianza fuerte alrededor de la variedad. Se que están en ello a través de una asociación y espero que sea productiva.
Y llegamos al Fondillón. ¿También vive su mejor momento?
Sin ninguna duda. En 1976 no podías entrar en una tienda de Alicante y comprar una botella de Fondillón. Hoy puedes elegir entre nueve bodegas y, dentro de algunas, entre distintas elaboraciones. Hay estilos diferentes, edades, colores y perfiles. Eso no es malo: demuestra que el producto está vivo. Lo importante es respetar unos mínimos y que, cuando pruebes el vino, sepa a Fondillón. Después cada bodega debe aportar su personalidad, su estilo, su precio y su manera de entenderlo. El Fondillón está en el mejor momento de toda su historia.
Mientras hacemos mejores vinos, los jóvenes parecen alejarse de ellos. ¿Qué hemos hecho mal?
Durante décadas se ha metido al vino dentro del mismo discurso que otras bebidas alcohólicas, olvidando que forma parte de nuestra cultura desde hace miles de años. En Francia eso se ha entendido mucho mejor. Me preocupa ver jóvenes que no tienen ningún interés por el vino, pero consumen destilados o bebidas de mucha graduación. Tenemos que conseguir que entiendan que conocer el vino, disfrutarlo con moderación y saber lo que estás bebiendo forma parte de una cultura.
«Me he jubilado de los marrones, pero del vino no pienso jubilarme»
¿Y tú? ¿Cómo afrontas esta nueva etapa de tu vida?
Me preguntan si me he jubilado. Yo digo que me he jubilado de los marrones: de una etiqueta mal impresa, del cliente que no paga, de llegar a fin de mes para pagar las nóminas… De eso sí. Pero de hacer una cata, dar una clase en la Universidad, de participar en Alicante Gastronómica o escribir sobre la historia del Fondillón y del vino, no pienso jubilarme. Estoy en un momento hiperdulce. Me he quedado con la parte bonita de mi mundo.
Un último mensaje para recuperar al consumidor.
Volver a las buenas costumbres: compartir una botella, tomar una copa de vino con la comida, interesarse por lo que tenemos cerca. España posee una de las mejores culturas gastronómicas y vinícolas del mundo y a veces no somos conscientes de ello. El vino es agricultura, paisaje, historia y convivencia. Y una botella, sobre todo, está hecha para compartirla.
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