The Weeknd sabe llevarlo todo al borde del abismo sin caerse. Al deseo, a la culpa. A sí mismo. Lleva 15 años haciendo canciones para bailar justo cuando la fiesta empieza a ponerse fea, cuando el placer ya tiene resaca y el amanecer, lejos de salvar a nadie, amenaza con encender la luz. Anoche llevó esta obsesión al extremo en el primero de sus tres conciertos en el Metropolitano. Madrid no asistió a un simple desfile de éxitos: entró en una ciudad devastada y salió de ella con el pulso disparado. Hubo ruinas, láseres, destellos. Y decenas de cuerpos rojos moviéndose al unísono. Y, en medio de todo, afiladísimo, Abel Tesfaye. El hombre que ha hecho del fin del mundo una pista de baile volvió a demostrar que nadie administra el apocalipsis pop como él.
El descenso empezó con Baptized In Fear. Enmascarado y rodeado por figuras encapuchadas que parecían haber llegado para celebrar un ritual, The Weeknd adoptó un rol de personaje. Ahí estaba: quieto, atento al público. Una masa que no tenía escapatoria frente a tantos estímulos. El escenario, convertido en una urbe posapocalíptica, se prolongaba en pasarelas que le permitían atravesar la pista mientras una enorme estatua dorada giraba sobre el público. Todo fue desmesurado, pero nunca gratuito: el humo, la arquitectura, el concepto y la luz servían para agrandar las canciones, no para esconderlas. Cuando enlazó algunos de sus primeros golpes de la noche, con Starboy asomando entre ellos, atención, quedó patente su plan. No iba a contar su carrera, sino empujarla al límite delante de las 150.000 almas que reunirá de aquí al domingo.
The Weeknd ha desatado la locura en Madrid revisitando sus grandes éxitos. / CEDIDA
Material tiene de sobra. The Weeknd ha acumulado tantos estribillos gigantes que puede permitirse recortar canciones, enlazar fragmentos y avanzar a toda velocidad sin que el espectáculo pierda músculo. De hecho, esa urgencia le sienta bien. Lo suyo no fue una retrospectiva ordenada, sino un atropello: más de una década de pop oscuro comprimida en dos horas, con una banda que endureció la electrónica y una producción diseñada para que cada subida encontrara una nueva sacudida. Take My Breath y Can’t Feel My Face bastaron para demostrar hasta dónde puede llegar una colección de temas pensados para devorar recintos así. Para entonces, el Metropolitano ya no parecía un estadio: era una discoteca de dimensiones colosales, con decenas de miles de personas bailando sobre las ruinas.

‘Take My Breath’ y ‘Can’t Feel My Face’ desataron la locura en el Metropolitano. / CEDIDA
Otro Abel emergió cuando decidió quitarse parte de la armadura que vestía. Entonces, bajó a buscar al público y dejó que el tramo más oscuro de su repertorio hiciera el trabajo duro. The Hills, con su amenaza grave y su violencia contenida, sonó como si alguien hubiera abierto una grieta bajo el césped. Y, al segundo, llegó Playboi Carti. Si el concierto ya caminaba sobre el alambre, su aparición terminó de empujarlo hacia el vacío. Carti aportó caos; Tesfaye, control. Uno mordía los bordes de las canciones y el otro las mantenía en pie. La combinación, breve y salvaje, funcionó porque rompió por un momento la perfección milimétrica del show. Dentro de una noche calculadísima, aquel desorden supo a peligro de verdad.
Estribillos monstruosos
Después, el vértigo bajó de revoluciones. La parte más sensual de su repertorio encontró a un The Weeknd menos imperial y bastante más cercano, como si por un momento aquel personaje que había dominado su ficción se permitiera bajar la guardia. I Feel It Coming y Wicked Games recordaron que, debajo de toda esa pirotecnia, hay un cancionero construido sobre una contradicción muy simple: canta como si no necesitara a nadie y escribe como quien no soporta quedarse solo. Ahí está gran parte de su magnetismo: en convertir el deseo en amenaza y la arrogancia en fragilidad. Luego, llegó Blinding Lights. Y uf. Aquí desapareció toda la fábula que había levantado, dejando una imagen para el recuerdo: un estribillo monstruoso y un Metropolitano comportándose como si acabara de salir el sol.

Tras Madrid, The Weeknd pasará por Barcelona. / CEDIDA
Quizá, ahí esté la verdadera barbaridad. No en la monumentalidad de un escenario levantado para hacer diminuto un estadio, ni en sus ruinas, ni siquiera en la cantidad obscena de canciones capaces de reconocerse en apenas unos segundos. The Weeknd ha conseguido algo bastante más difícil: hacer multitudinario aquello que siempre escribió desde la oscuridad. Vacío, adicción, culpa, sexo, soledad. Todo aquello que alguna vez pareció destinado a escucharse a solas convertido, con los años, en himnos que ya pertenecen a millones de personas. Por ello, precisamente, el concierto funciona incluso cuando parece a punto de ser engullido por su propia desmesura. Porque, debajo del personaje y de todo su apocalipsis, sigue latiendo algo reconocible. Anoche Madrid se asomó al fin del mundo y, contra toda lógica, ojo, salió de allí un poco más viva.
Fuente: El Periódico de España










