Hay acontecimientos que contienen la singular virtualidad de desvelar las actitudes individuales y colectivas del entorno de referencia. De catalizar las reacciones de los diferentes actores sociales y políticos acelerando la manifestación de su auténtica forma de ser, de pensar, de actuar. De dejar al descubierto sus verdaderas esencias constitutivas. Aportan un retrato descarnado de cada uno.
El episodio de Ceuta es uno de esos extraños fenómenos. La morfología del acontecimiento es tan poliédrica que concierne y alude a una compleja multiplicidad de implicados. Partidos políticos, instituciones estatales, diferentes poderes del estado, instancias supranacionales, diplomacias, ongs, conductas individuales, valores dominantes en la sociedad.
Un evento capaz de poner el termómetro a la humanidad. Y cuáles son las conclusiones que podemos extraer hoy.
El gobierno de la nación no ha estado nada fino. Torpeza en la gestión. Serias dudas respecto de que haya acertado en el diagnóstico de lo que ha pasado. Incomprensible la distancia a la que ha seguido su presidente la tragedia. Desde el punto de vista táctico, mal presagio en la cercanía de las elecciones. Desde el punto de vista estratégico, y habida cuenta de que es prácticamente el único gobierno en la UE de una socialdemocracia al borde de la desaparición, estaba en la obligación de acertar en el tratamiento de esta crisis, frente a la gran bandera de los nostálgicos del autoritarismo como es la política migratoria. Obligado a demostrar que hay otra bandera que enarbolar, otro camino a seguir. No lo ha hecho.
La oposición del PP tiene en su haber la coherencia de haber reaccionado según la hoja de ruta obcecada que se marcó desde el inicio de la legislatura. Utiliza el acontecimiento para lanzarlo a la cara del gobierno. Sin titubeos. Sin sutilezas ni análisis en un tema que encierra una enorme complejidad. Con absoluto olvido del auténtico impacto que el 31 de julio ha tenido entre los ceutíes. Con absoluto desprecio hacia los seres migrados. Sobreactuando para que Vox no se despegue. Incluso, exigiendo la devolución abrupta y masiva de todos los que entraron sembrando una inmensa inquietud y alarma sobre un partido que, estando a punto de ocupar el poder, propone incumplir las leyes como forma de imponer sus criterios.
El gobierno ceutí, con un presidente sorprendentemente colaborativo antaño, hoy sembrando serias dudas. Sin dudas para nadie respecto del tremendo problema que ha sobrevenido a su territorio. Con dudas para muchos respecto de que hoy haya hecho lo esperado. Incluso, lo obligado en su cooperación con el gobierno. Permanente, asfixiante y creciente denuncia por su parte de la situación. Negativa, sin embargo, a aceptar la imposibilidad de resolver un tema de tan extraordinaria complejidad con un chasquido de los dedos. Negativa a aceptar cualquier contribución que se le demanda. Hay quien llama la atención respecto de la cercanía electoral. Hay quien se pregunta para quién trabaja, para Ceuta o para Génova.
La extrema derecha y sus apéndices siguen con su librillo. Ahí estuvieron puntualmente para echar fuego a las llamas.
La posición de Europa entre la decepción y la turbación. Sin apenas gestos. Recriminando a España haber sido ocupada. Dejando que algunos de sus más conspicuos integrantes se permitieran incluso medidas punitivas contra España. Aquella Europa que en el siglo XIX estableciera el irracional mapa de África en los Registros de la Propiedad de París, Amsterdam o Londres. Que esquilmara sus fuentes de riqueza. Que promoviera la cultura de la corrupción en el poder que tanto le benefició. Esa Europa que hoy se irrita si algunos de aquellos seres africanos, osan venir a por trabajo y pan. Qué fue de la vieja Europa y sus valores. Carcomida por el avance postfascista que horada su antigua condición de guardiana de la democracia y la igualdad. La Unión Europea, cada vez más corroída en sus antiguas esencias por la extrema derecha.
Y los ciudadanos. Los ceutíes alarmados en principio a la par que generosos y dadivosos con los recién llegados. Inquietos, después. Intransigentes in crescendo ahora. Con la furia en la calle. Al encuentro de los ocupantes. Al borde del estallido justiciero en las calles. Exigiendo la solución inmediata del problema y negándose a los medios necesarios para conseguirlo. ¿Ceuta contra Ceuta?.
Los migrantes, huidizos inicialmente. Exultantes al día siguiente. Reivindicativos hoy en reclamo de sus derechos. Incluso, altivos y exigentes sabiéndose acreedores del deber de acogida de España y del viejo continente.
Qué ha salido bien aquí.
Incluso, el lenguaje ha fallado. No sabe cómo denominar lo que ha pasado. Ocupación. Invasión. Guerra. Guerra híbrida. Migración.
Un test infernal cuyos resultados mueven a la desolación. Tenemos problemas esenciales, como la inmigración, o sea la insoportable injusticia de la distribución de la riqueza en el planeta, que no sabemos cómo resolver. Nos hemos dejado atrapar por los conceptos de la extrema derecha que avanza de manera imparable hasta volver a absorbernos a todos un siglo más tarde.
Un evento que requería lo mejor de nosotros y extrajo lo peor.
Y nos queda una situación explosiva al borde del reventón social.
¿Estamos ante el fracaso de la política?, ¿ante el triunfo de la antipolítica?.
Sin duda, hay que volver a la enorme responsabilidad del gobierno en la inmensamente torpe gestión del acontecimiento. Pero la torpeza en política puede acarrear tragedias irremediables. La historia está preñada de ejemplos al respecto. Y sus consecuencias a menudo resultan ser trascendentes.
Si los acontecimientos de Ceuta son un termómetro del estado de salud de España, Europa, sus políticas y sus instituciones, sin duda hay un serio problema y amenaza con agravarse a corto plazo.
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