El pasatiempo consiste en descifrar un enigma que ha sido resuelto antes, y con la solución frecuentemente al alcance de la mano. Se trata por tanto del mayor engañabobos imaginable, una pérdida de tiempo equivalente a prescindir de la calculadora para entretenerse multiplicando 65.487 x 348.965. Sin embargo, si naufrago en una isla por fortuna desierta, olvidaos de novelones y dejadme los libros de pasatiempos suficientes para endulzar la espera. Por poner un ejemplo cultivado, la sección de entretenimientos verbales y numéricos del New York Times supera en suscriptores a su edición informativa, además de emplear a solo 180 personas para diseñar los crucigramas y asimilados.
En un país poco dotado para la reflexión y el cálculo como España, el libro más leído en estos momentos se llama Murdoku, que fusiona los enigmas de muertes violentas del Cluedo con los inevitables sudokus. El éxito editorial ha desatado la fiebre de la competencia, y la oferta de pasatiempos irresolubles superará pronto a las remesas de novelas ilegibles. Este fenómeno veraniego reposa en la evidencia de que la población es alérgica a los números, así que se aplica la sinfonía de líneas y columnas del sudoku a la emoción del asesinato como una de las bellas artes. Sin cifras.
Murdoku no es ninguna novedad. Las sucesivas ediciones de un cuaderno de pasatiempos variados aunque sin médula ha sido el libro más vendido en España durante los últimos veranos. No tiene sentido por tanto multiplicar las variantes de asesinatos en cuadrículas de nueve por nueve. El esfuerzo editorial debe concentrarse en el próximo pasatiempo de masas. Por desgracia, la elección no recaerá en la aristocracia de los juegos de palabras, el Damero Maldito que la familia Montes publicaba en La Codorniz antes de traspasarlo a El País. La versión y perversión de una cita literaria desglosada en palabras ajenas es el Rolls Royce del esfuerzo cerebral en castellano, la única máquina que puede competir con la tortura adictiva del sudoku. El killer o kenken, por supuesto.
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