El pasado 10 de agosto, cuando tembló la tierra, Gloria Elena Rendón estaba en Cartagena de Indias, en la cosat del mar Caribe. Allí apenas se sintió el terremoto de 7,4 grados que ha dejado al menos 314 muertos y 290 desaparecidos en Colombia, según el último recuento. Pero enseguida empezaron a llegarle noticias de los estragos que había causado en su localidad natal, Apía, una población de unos 12.000 habitantes del departamento de Risaralda incrustada en la cordillera occidental de los Andes y perteneciente al llamado Eje Cafetero. Rendón no se lo pensó dos veces y volcó todos sus esfuerzos en impulsar una iniciativa solidaria con participación española y colombiana para ayudar a la reconstrucción y la recuperación del tejido económico de su localidad y la vecina Pueblo Rico, dos comunidades rurales que ya arrastraban fragilidades previas.
Gloria Elena nació hace 58 años en Apía, pero desde hace 26 vive en Barcelona, donde se mudó para cursar sus estudios universitarios y ahora trabaja como consultora independiente en políticas migratorias, gobernanza e inclusión social. Este bagaje le ha permitido tejer contra reloj una red entre Colombia y Catalunya en la que participan la Asociación Comunitaria Emaús Pereira, Agrotamá, la Associació Som Futur y LATIR, en colaboración con los ayuntamientos de Apía y Pueblo Rico.
Personas afectadas por el terremoto esperan junto a sus pertenencias en Dosquebradas, en el departamento de Risaralda. / CARLOS ORTEGA / EFE
Desde el pasado lunes, esta colombobarcelonesa se encuentra en la zona afectada para detectar las necesidades más apremiantes y lanzar la campaña de recaudación de fondos, de la que se compromete a rendir cuentas. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística del país sudamericano, Apía presentaba antes del seísmo un 33,6% de pobreza multidimensional, frente al 70,5% de Pueblo Rico, donde la población indígena y afrodescendiente tienen una presencia importante. El movimiento telúrico ha profundizado el drama de cientos de familias que, tras un pasado de violencia derivada del narcotráfico, llevan varios años sufriendo fenómenos climáticos extremos, con lluvias torrenciales y temperaturas tórridas por encima de lo que era habitual.
Viviendas precarias
Muchas de estas familias lo han perdido todo, como es el caso de Angelina Girón, cuya vivienda colapsó totalmente y está intentando crear un espacio provisional con plásticos donde poder resguardarse junto a sus cinco hijos, según explica ella misma en un vídeo remitido por Rendón a este diario. La casa de Rubén Darío López presenta asimismo graves destrozos, pero el seísmo también ha golpeado su principal fuente de ingresos, pues ha provocado daños en la maquinaria agrícola que han «frenado» la recolecta del café. Además, la lluvia que ha llegado tras el temblor no ayuda, porque el lugar en el que ponían a secar los granos se encuentra ahora inhabilitado y si estos permanecen mucho tiempo húmedos, pueden desarrollarse microorganismos y mohos que afectan a la calidad del café y, en consecuencia, a su procesamiento y comercialización.
Lo más importante ahora de cara a la reconstrucción, según relata Rendón en conversación telefónica con EL PERIÓDICO, es contar con «estudios de suelo actualizados y un diseño estructural sismorresistente de acuerdo con la normativa para evitar reproducir las mismas vulnerabilidades». En estas comunidades rurales «prima la tradición de la autoconstrucción de casas sin criterios de seguridad». Y aunque debido a la baja altura de los edificios se han evitado muertes, en la región cunde la «preocupación» ante la constatación de que no hay suficiente con volver a levantar las casas como se hacía antes. «No es solo una cuestión de materiales o dinero, también es necesario el conocimiento técnico y la capacidad para llevarlo a cabo», añade Rendón.
Pero a pesar del infortunio y la tristeza por el cimbronazo que ha supuesto el terremoto en sus vidas, en Apía y Pueblo Rico no tiran la toalla. «Son comunidades que han sufrido mucho, con una historia muy dura (…) Pero la gente tiene muy claro que debe salir adelante». Bien lo sabe Gloria Elena, cuyo padre, Jaime Rendón, fue el primer alcalde asesinado por los narcos en Colombia en 1978.
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