Ha doblado ya agosto la esquina de su mitad, ha cumplido su eclipse, y algo parece que ha cambiado. Entra más tarde el sol en la terraza y con otra temperatura. Se palpa ya ese punto de sazón que dora la luz igual que se dora el pan. En la madurez del verano se sabe un poco más del tiempo, de su semejanza con el mar, de su capacidad de volverlo todo un viejo recuerdo.
Escribo a primeras horas de una mañana en medio de agosto. Miro por la ventana buscando sus pasos, la huella leve de sus pies descalzos. No sé qué me pasa con este mes que todo se me vuelven nostalgias, recuerdos vívidos que emergen como si gotearan de un sueño, como si de pronto la bajamar los dejara al descubierto. Y eso que de entonces, de aquel tiempo, de aquellos machadianos días azules, casi todo lo he perdido. Y aun así, cuando llegan estos idus vuelvo a veces la cabeza, esperanzado, por si mi niñez sigue cantando aquel agosto en que bailaron las acacias. Hay un momento de la infancia, allá por los nueve, diez años, en que de pronto eras por vez primera capitán de ti mismo y te aventurabas a coger la orilla de las vides cuando el poniente venteaba la sal y sabías que el mar estaba llamándote con su voz de amigo. Y cruzabas los campos hasta encontrar tus propias huellas en la arena, y llegabas a tiempo para ver cómo el sol se ahogaba donde se moría el río, y comprobar que al bajar la marea las olas tenían el dorso ocre y se alzaba el hondo olor de la marisma. Y caminabas descalzo por el limo, acompañado de un silencio minucioso, y te era dado ver la lumbre de la isla que esconde el agua, reconocer el antiguo misterio.
Había, en esos días sin tiempo, un modo perfecto de felicidad, aunque seguramente entonces no supe reconocerlo, porque la vida es siempre un campo de batalla y el fragor no permite advertir los milagros, pero eran esas cosas las que le daban sentido a la niñez, a la vida, y hacían que agosto fuera, siga siendo, ajeno a los siglos.
Y ahora, desde su mitad cumplida, cuando ya el verano tiene ganas de huir, de hacerse viejo en otra parte, bajo otro cielo, quizás allí donde la Cruz del Sur determina otros destinos, yo me pienso un poco más viejo, un poco más cerca de ese verano que siempre he intuido será mi final. Porque yo, alguna vez lo he dicho, me iré una tarde, una cualquiera de un verano que no está lejos ya, y entonces volverá mi niñez al hueco del portal, y otra vez despertaré al eco de su siesta, y el niño que fui me tomará, para siempre, de la mano, junto a la orilla.
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