Yolanda Díaz llegó al segundo gobierno de Pedro Sánchez como una estrella fulgurante para asumir el ministerio de Trabajo. Fajada en el sindicalismo gallego, militante del Partido Comunista de España, consiguió acuerdos con los agentes sociales que permitieron salir más deprisa de la tragedia del covid-19. El PSOE y una parte del potaje madrileño la convirtieron en antagonista del hombre fuerte de su espacio político en el Gobierno, nada más y nada menos que el vicepresidente Pablo Iglesias. Y en un acto más propio de heteropatriarcado leninista que de la dinámica podemita del 15-M, Iglesias la designó a dedo como su referente en el Gobierno y la futura líder electoral, cosa que ocurrió en las elecciones de julio de 2023. Aguantó los trastos aunque lo hizo con un extraño juego de alianzas nacionales y territoriales que atomizaron su fuerza en el Congreso, ante el PSOE y ante otros aliados de investidura como Junts. Ahora promueve su candidatura para liderar la Organización Internacional del Trabajo, ya sea como directora general o como adjunta. Tanto da. La genuina representante de la regeneración democrática llegó al Gobierno por un dedazo y saldría por una puerta giratoria. Ese espacio político sigue hiperfragmentado, las formaciones de carácter nacional que sobreviven allí dentro cada día tienen menos margen para diferenciarse del PSOE en temas como Palestina o los impuestos a las grandes empresas. La prórroga de Almaraz les va a dar algo de oxígeno. Quienes tiran del carro son las formaciones a la izquierda del PSOE con un fuerte componente territorial, pero que en algunas comunidades autónomas son más antisocialistas que el PP, cosa que no cuadra con el discurso polarizador de Sumar a la sombra de Sánchez.
Preocupada por el currículum
La sensación que ha dado la vicepresidenta Díaz en esta legislatura es que estaba más pendiente de sus éxitos como ministra de Trabajo y abogada laboralista que de la orientación política general del Gobierno. Entre otras cosas porque era y es muy difícil establecer una posición común en ese espacio sobre la mayoría de los temas. Así que Díaz se ha concentrado en tratar de demostrar que durante su mandato el mercado de trabajo ha evolucionado positivamente y lo ha hecho en la línea contraria a las políticas de la transición sin buscar el acercamiento entre patronales y sindicatos sino poniendo el BOE al servicio de una determinada concepción ideológica del trabajo y de las relaciones con el capital. Ignorando, por ejemplo, que la mayor parte de los puestos de trabajo los generan las pimes a las que asuntos como el fichaje obligatorio las hace inviables o las dirige al limbo de la economía sumergida. Las horas extras son una lacra, pero ese debate no se puede deslindar en España de la productividad o del absentismo. Por todo ello, los buenos datos que exhibe siempre Díaz están siempre bajo sospecha. La tasa de paro ha caído espectacularmente, entre otras cosas por cómo se han contabilizado los fijos discontinuos. La población ocupada ha crecido, pero al mismo ritmo que la demografía. Las prestaciones sociales se han equiparado al salario mínimo, cosa que desincentiva el trabajo. Los costes laborales han crecido, pero no por los salarios sino por las cotizaciones. La renta disponible ha crecido por debajo de la inflación. El ministerio de Trabajo ha sido un gran laboratorio de políticas públicas en el que jamás se ha aceptado que fuera necesario evaluar su eficiencia y eficacia.
Más legado personal que político
El resultado final es que Sumar no ha sido un artefacto político mucho mejor que el Partido Comunista o que Izquierda Unida. El talento que se supone que debía incorporar con las formas de la nueva política no ha pasado del postureo. Todo indica que si algo se puede organizar en la próxima campaña electoral a unas generales no será sobre la base de las siglas de Sumar ni del liderazgo de Yolanda Díaz. Se hará en torno al «partido» y como mucho en base a esas alianzas con un tizne adolescente que se organizan entre los que desde las Joventudes Comunistas se quedaron en IU y los que se fueron a Podemos. De muchos de aquellos polvos ahora se arrastran estos lodos, con una nula capacidad de conectar con los jóvenes de hoy, no del 2015. La situación se complica aún más porque Pedro Sánchez ha desplazado al PSOE tan a la izquierda que hay días que la vicepresidenta se ha quedado corta en sus planteamientos, desbordada por Óscar Puente o por Óscar López. Pablo Iglesias como Ada Colau han demostrado que su verdadero hecho diferencial político es el narcisismo, capaz de eclipsar a quien has querido convertir en el sol de tu espacio político. A Yolanda Díaz la eclipsó quien la encumbró.
Suscríbete para seguir leyendo









