Las minúsculas algas que sostienen buena parte de la vida en la Tierra serán las protagonistas de una colección museística con la que Canarias se convertirá en una referencia en el mundo. Un conjunto de diatomeas de todo el Archipiélago protagonizará una muestra científica del Museo de la Naturaleza y la Arqueología (MUNA) con la que cualquier investigador del mundo podrá estudiar las características, patrones y funciones de estas pequeñas incubadoras de vida sobre las que aún pesan más misterios que certezas.
«Estas especies son muy importantes, porque son la base de las cadenas tróficas, pero apenas se han hecho estudios sobre ellas aquí en Canarias», explica Irene Cáceres, conservadora del Museo de la Naturaleza y la Arqueología (MUNA), en Tenerife, y la comisaria de esta muestra que se estrenará en un futuro en dicho museo. Las diatomeas son organismos vegetales que hacen la fotosíntesis y producen oxígeno, lo que las convierte en la base de las cadenas tróficas de muchos organismos que se alimentan de ellas.
La iniciativa tiene como objetivo desarrollar una colección que integre cultivos vivos, preparaciones microscópicas permanentes, imágenes obtenidas mediante microscopía óptica y electrónica, muestras de ADN e información genética asociada. «Hay muy pocas colecciones de diatomeas en el mundo, quizás porque es un grupo que pasa bastante desapercibido», explica la investigadora.
Sin registros de Canarias
De hecho, apenas existen registros taxonómicos sobre las especies de diatomeas que hay en Canarias. «Se han hecho listas de especies y hay alguna tesis que las recoge, pero en general nos falta mucha información», recalca la investigadora. Por eso, el propósito de este proyecto es ampliar al final el conocimiento sobre las especies de diatomeas que hay en Canarias, y a su vez, guardar testigos de las diferentes especies que se encuentren y dejarlas disponibles en el museo.
Pero su interés no es solo científico, sino también comercial. «También tiene usos industriales, para filtrar y secar o en estudios forenses«, revela Cáceres. Sobre este último uso, las diatomeas sirven como marcador para saber si una persona que se encuentra en el mar falleció ahogada o por otro motivo. «Si alguien muere ahogado, antes de morir suele tragar agua, lo que genera que las diatomeas entren por los pulmones, atraviesen los alveolos y pasen al torrente sanguíneo», explica. Si un forense no encuentra ni rastro de diatomeas, puede darle una pista sobre que la posibilidad de que la persona falleciera antes de caer al agua.
Un ambicioso proyecto
Se trata de uno de los proyectos científicos más ambiciosos en la que se ha embarcado el MUNA. Y es que no solo se trata de crear un espacio adecuado para albergar a estas pequeñas criaturas unicelulares, si no también mantenerlas vivas el tiempo suficiente como para que puedan ser catalogadas y estudiadas a fondo.
Este es el reto mayúsculo en el que se ha embarcado la joven conservadora del museo, Irene Cáceres, que admite que el proyecto aún está en sus fases iniciales. «Aún nos faltan infraestructuras para mantener a estas pequeñas algas en el museo, así que, mientras la preparamos, estamos trabajando en colaboración con la Universidad de La Laguna (ULL)», afirma.
Pero el problema no solo es de falta de espacio. El manejo de estas escurridizas algas es también uno de los quebraderos de cabeza de la científica. El proceso se divide en varios pasos que van desde su extracción del mar hasta su tratamiento en el laboratorio, y tiene un inconveniente fundamental: la fragilidad de estos pequeños seres y su propensión a morir.
Pasos para cazar diatomeas
El primer paso es recolectar la muestra ambiental. En este caso, el grupo de científicos encargados de la muestra están recogiendo diatomeas bentónicas (que crecen adheridas a rocas o en el fondo del mar) y planctónicas (que se encuentran vagando libres en la columna de agua).
«Las bentónicas las recolectamos raspando las rocas con un cepillito y lo que cae lo guardamos en un bote o, en el caso de estar adheridas a macroalgas, las colocamos en una bolsa zip y las frotamos para que se suelten», explica. En el caso de las planctónicas, los científicos deben subirse a un barco y recogerlas a través de redes de plancton. «Ahí recolectamos de todo, pero nos centramos en las diatomeas», insiste.
Cuando las muestras llegan al laboratorio, comienza un complejo proceso con una intervención casi quirúrgica: hay que separar cada célula sin que muera en el intento. «Nos llega como una mezcla de diferentes especies y tenemos que separarla, y añadirle un medio de cultivo con todos los nutrientes necesarios para que puedan sobrevivir», explica la investigadora, que señala que una vez creado ese ecosistema: «se quedan mantenidos».
A la hora de observarlas y estudiarlas, las investigadoras tienen que usar el microscopio invertido, pues es el único instrumento que permite manipularlas con una delicadeza extrema. Para extraer cualquier muestra, se utiliza una pipeta modificada para que no tenga ninguna arista, que se acerca a la célula. La pipeta está conectada con un tubo por el que la investigadora absorbe delicadamente para que separarlas. «La idea es intentar coger esa única célula para almacenarla», sentencia.
Una vez extraída la muestra, se debe colocar en una placa con una única diatomea que deben vivir ahí en una cámara de cultivo, con un ciclo concreto de luz y oscuridad; y un límite de temperatura. «Los voy revisando semanalmente a ver si crecen y se clonan», explica. De hecho, lo más interesante del proyecto es conseguir que una misma diatomea se reproduzca a sí misma. «Nos interesa porque nos permite estudiar conjuntamente sus características morfológicas (y así observarlas desde distintos ángulos) y genéticas y disponer de material de referencia», resume la investigadora.
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