Julio César Sánchez
Un buen toro de una desigual corrida de Araúz de Robles que promedió 603 kilos brindó el triunfo al confirmante Antonio Puerta, que no supo aprovechar su oportunidad, mientras un Javier Cortés sin opciones y un José Garrido brillante a la verónica cosecharon cuatro silencios.
El toro de la confirmación de Antonio Puerta fue el que (casi) todo confirmante querría en Madrid; un ejemplar serio pero que cabía en la muleta, que se arrancó codicioso al caballo, poniendo a los tendidos en alerta positiva, y que en la muleta embistió -como lo había hecho en los primeros tercios- por abajo y hasta donde lo llevaron.
Con todo de cara excepto su escaso rodaje a pesar de las once temporadas que acumula como matador, el torero murciano tan solo saludó una ovación después de lancearlo con garbo a la verónica, y pasarlo pulcramente con la muleta, mejor por el pitón derecho que por el también buen lado izquierdo. Demasiado poco para lo que ofreció el de Araúz de Robles. Si hubiera matado a la primera quizás le habrían pedido la oreja con mayor determinación que la que finalmente cosechó.
En el que cerró plaza Puerta abrevió después de intentarlo sin excesivo convencimiento, contagiado por el poco fuste de las acometidas de su oponente.
El segundo de la tarde, primero del lote de Javier Cortés, terminó defendiéndose después de ofrecer alguna arrancada aislada por abajo hasta el final. El torero madrileño le apretó en un inicio de faena quizás demasiado exigente, mermando aún más la ya menguada mecha de su apocado antagonista, sin tampoco tener opciones con el arisco cuarto, que protagonizó un dilatado y poco brillante tercio de varas.
El magnífico ramillete de verónicas, ceñidas y arrebatadas, y el poderoso inicio de faena de muleta doblándose por abajo con el encastado tercero de Araúz hizo presagiar faena de importancia del autor de ambos pasajes, José Garrido, aunque a la postre el trasteo del torero extremeño se desinfló con un manejo tenso de la franela y demasiados enganchones.
Sin embargo su labor ante el quinto resultó meritoria por la falta de entrega del astado, que humilló un instante en el embroque para, a continuación, salir con la cara alta y desentendido, imposibilitando el lucimiento estético aunque dotando de valor la firme actuación de Garrido, que anduvo desacertado al matar.








