Bueno, pues ya pasó el eclipse, el natural, y la luz, la natural, volvió a brillar sacándonos de la oscuridad. No hicieron falta sacrificios humanos, destitución de reyes o parar batallas, aunque ya sabemos que nunca hizo falta. Pero hubo un tiempo en que un eclipse no era un fenómeno astronómico. Era, o así lo anunciaban sus dirigentes, una amenaza que solo ellos, gracias a su magnífica magnificencia, podían sortear. También podía ser un mensaje de los dioses, una oportunidad política o cualquier cosa que alguien con suficientes conocimientos astronómicos quisiera que fuera. Bastaba con dejar que el miedo hiciera su trabajo durante unos minutos para que la autoridad durase mucho más.
La cosa por aquel entonces era que sólo la clase privilegiada conocía cuándo y cómo se produciría el eclipse, no como ahora que ya somos todos muy listos. Los mayas por ejemplo, sabían mucho de eclipses y no solo de eclipses pues el Códice de Dresde les permitía anticipar fenómenos astronómicos. Tanto era así que nos preguntamos hasta qué punto ese conocimiento fue utilizado deliberadamente para manipular a la población. En la antigua Mesopotamia, los astrólogos observaban el cielo para advertir de desgracias y cómo revertirlas,desgracias que podían afectar al rey, el reino y súbditos. En la Asiria del primer milenio antes de Cristo existía el llamado «rey sustituto», si un eclipse anunciaba peligro para el monarca, se colocaba temporalmente a otro para que cargara con la desgracia. Después, el sustituto, si convenía, podía acabar muerto y el auténtico rey regresar tranquilamente, o viceversa. La clase política, como se ve, ya tenía entonces bastante mala leche, aunque no siempre hubo mala leche en los pasados eclipses.
En el 585 antes de Cristo, según Heródoto, un eclipse solar interrumpió una batalla y los dos ejércitos dejaron de matarse porque el cielo había decidido la negociación y la paz, aunque se dice que un tal Tales de Mileto, ya lo sabía. No está nada mal tener al más listo de la clase a mano para que una sombra de un minuto acabe con años de guerra, o viceversa.
El mecanismo era sencillo. Alguien señalaba al cielo, otros miraban deslumbrados y otro interpretaba lo que veían mientras un tercero gobernaba gracias a esa interpretación. El fenómeno era astronómico pero su utilización, profundamente humana. Hoy ya no necesitamos de ciclos lunares. Hemos perfeccionado el procedimiento. Disponemos de eclipses o microeclipses artificiales en forma de polémicas, escándalos, denuncias, guerras culturales, titulares, declaraciones incendiarias y cualquier asunto que, si no tapa el Sol, al menos consigue que nadie mire hacia él.
La diferencia es que antes había que esperar al cielo. Ahora basta con controlar el foco. Quizás esa sea la verdadera evolución, pues no solo no hemos dejado de utilizar los eclipses, hemos aprendido a fabricarlos. A veces no hace falta ocultar la verdad si consigues que nadie mire hacia ella.
Suscríbete para seguir leyendo














