La decisión del Gobierno de extender la vida de la central nuclear de Almaraz hasta el 8 de junio de 2030 es una patada a seguir. En términos rugbísticos, la patada a seguir es un recurso complejo, que se utiliza generalmente tras pugnas prolongadas y enquistadas con el contrario, la falta de otras soluciones ofensivas del equipo y la necesidad de oxigenar el partido. Como contrapartida, la patada a seguir implica incertidumbres y una apuesta compleja al situar el juego en campo contrario y la clara posibilidad de habilitar alternativas al oponente y perder el control.
Estadísticamente, la energía nuclear es defendible pero éticamente es poco aconsejable para muchos, ya que supone un nivel de riesgo inasumible. Sin embargo, a cientos de kilómetros de las centrales, la posibilidad de perder el control sobre los residuos radiactivos o que se produzca un accidente es percibida como aceptable para otros.
Hace algunos años, las empresas energéticas reunían a periodistas de las secciones de economía para advertir de los riesgos de las energías renovables para el sistema (por falta de estabilidad en el suministro) y la conveniencia de la energía nuclear para abaratar los precios de la energía. El tiempo ha demostrado que aquellas advertencias del lobi estaban en gran medida infundadas. La energía renovable (eólica y solar) abarata los costes y es el futuro. Ha logrado ser clave para el mercado y domina ya la generación. Queda pendiente un marco legal adecuado para la conexión de las placas solares de particulares a la red y potenciar la autogeneración sin miedos a las grandes compañías, lo que reducirá todavía más los precios de la energía.
Menospreciar los riesgos de la energía nuclear es una opción ética discutible pero que desde un punto de vista económico y político es relativamente cómoda. Desde una perspectiva de sostenibilidad, las tecnologías renovables deberían cubrir las necesidades de la población en el 2030 en un contexto de cambio climático confirmado. Reactivar las nucleares frena ese objetivo. La nuclear es una tecnología intrínsecamente peligrosa, que no ha resuelto cómo eliminar de forma segura los residuos que genera. Es cierto que ofrece una producción eléctrica de bajas emisiones y reduce la dependencia del petróleo o el gas. La generación se produce a partir de uranio con fisión nuclear, lo que genera el calor que se utiliza para producir vapor, que a su vez impulsa las turbinas que generan electricidad. Pero la radiación procedente del uranio enriquecido es dañina para los organismos vivos. Daña la estructura celular, causa cáncer, mortalidad temprana o reducción del éxito reproductivo. Los riesgos para la salud humana persisten durante varias generaciones.
Estas emisiones nocivas se pueden producir por accidentes en centrales nucleares, fugas, vertidos de residuos nucleares procedentes de centrales o plantas de procesamiento. El material radiactivo contamina el agua, la vegetación y los cultivos agrícolas. Puede entrar en la cadena alimentaria cuando personas y animales consumen material contaminado. Chernóbil, Fukushima o Zaporiyia son ejemplo de riesgo, pero cualquier nuclear con tecnología no actualizada es un peligro potencial.
Aún no se ha encontrado una solución definitiva y sostenible para eliminar de forma segura los residuos nucleares. Esa es la gran asignatura pendiente, sin olvidar la contaminación derivada de la extracción del uranio. Quizá prolongar la vida de las nucleares mantenga la situación, pero supone paralelamente aceptar la apuesta, una ruleta rusa que supone riesgos que no deberían asumirse sin más. Quizá es necesario hablar más de inversiones que de fechas. Una patada a seguir.














