Vladímir Putin paladea el caviar local en una planta procesadora de pescado y frente a enormes salmones y fletanes dispuestos sobre la mesa escucha cómo los funcionarios conversan sobre sus ciclos migratorios. «Qué maravilloso tiempo tenéis aquí, como un resort», exclama para complacer a los lugareños a pesar de que el clima en las islas Kuriles alterna veranos generosamente regados por el monzón e inviernos heladores. Esas escenas propagandísticas al uso han descompuesto a Japón, que ha reclamado el archipiélago durante décadas y negado el acuerdo de paz tras la Segunda Guerra Mundial mientras no resuelvan el conflicto.
La primera visita del presidente ruso a las Kuriles ha provocado chispas en una relación bilateral arruinada por Ucrania y otros asuntos. La indignación de Tokio ha subido enteros a medida que pasaban las horas. Primero el ministro de Exteriores, Toshimitsu Motegi, presentó sus «protestas enérgicas» y alegó que los llamados Territorios del Norte (las cuatro islas de Kunashiri, Etorofu, Shikotan y Habomai) «son parte inherente del territorio japonés, tanto históricamente como jurídicamente, como recoge el derecho Internacional». El enojo japonés ya había alcanzado las portadas cuando ha intervenido la primera ministra, Sanae Takaichi, entusiasta nacionalista. Ese viaje «hiere los sentimientos del pueblo japonés y es absolutamente inaceptable», ha afirmado. También impide la normalización de las relaciones a medio y largo plazo y «agrava el sentimiento antirruso en Japón».
Estaba el presidente estos días por Siberia y la punta más oriental del territorio, supervisando sus tropas y denunciando de nuevo la expansión de la OTAN, cuando sorprendentemente se detuvo en las Kuriles. Putin se había esforzado hasta ahora en no irritar a Japón más de lo imprescindible en contraste con su predecesor, Dmitri Medvedev, quien ya las pisó en 2010 y reincidiría en tres ocasiones más, siempre generando la pataleta japonesa. Quizá ya anticipándola había aclarado en la víspera Putin que Moscú «no amenaza ni tiene ninguna reclamación contra Japón». Sí animó a recordar a los caídos del Ejército Rojo en la campaña del Pacífico y, al igual que Japón, aludió al Derecho Internacional para apoyar su propiedad sobre las islas.
Pesca y minerales preciosos
El archipiélago se asienta entre la isla japonesa de Hokkaido y la península rusa de Kamchatka. La Unión Soviética lo ocupó en los días posteriores a la rendición de Tokio en la Segunda Guerra Mundial, deportó a los 17.000 japoneses que ahí vivían y estimuló la repoblación. Las islas, con una geografía volcánica, no escasean en interés. Son ricas en pesca y en minerales preciosos como oro y plata. Y, aún más relevante, son un bastión privilegiado en el Pacífico. Moscú ha mantenido ahí una fuerte presencia militar durante décadas. Sus bases aéreas y navales en la Guerra Fría contrarrestaron a la potencia estadounidense. No han escaseado en los últimos años sus maniobras militares, frecuentemente junto a China, en sus aguas. A pesar de la administración de facto rusa, Tokio las sigue reclamando y ha exigido su devolución para sellar el tratado de paz formal que permitirá ensanchar las relaciones comerciales.
El momento no parece casual y subraya la arquitectura de alianzas en la zona. Apenas dos días atrás se cumplió el 81 aniversario de la rendición japonesa y hoy los embajadores chino y ruso en Tokio han firmado un documento conjunto que se opone a la revisión de los resultados de la Segunda Guerra Mundial y al militarismo de Takaichi. En la víspera había disparado Corea del Norte un misil como protesta contra los inminentes ejercicios militares de Estados Unidos y Corea del Sur.
Sólo con Rusia se ha desviado Takaichi de su mentor y exprimer ministro, Shinzo Abe. El faro del partido conservador siempre cultivó la armonía con Putin pero la agenda internacional la ha imposibilitado con su discípula. Japón se ha sumado a las sanciones de Occidente contra Rusia tras su invasión de Ucrania y ha transferido fondos y ayuda militar no letal a Kiev. La alianza de Defensa entre Rusia y Corea del Norte tampoco ha ayudado. Ni una ni otra lo han admitido pero abundan los indicios de que Moscú está transfiriendo avanzada tecnología militar a un país que cíclicamente amenaza con envolver a Japón en un mar de fuego.
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