¿Vivimos en una sociedad cada vez más silenciosa? Puede parecer paradójico en un mundo que nos mantiene permanentemente conectados, pero todo apunta a que hablamos cada vez menos en nuestro día a día, al menos cara a cara. Así lo sugiere un estudio de la Universidad de Arizona (EE UU), titulado ‘Sliding into silence? We are speaking 300 daily words fewer every year’, que analiza cómo ha evolucionado la cantidad de palabras que pronunciamos a diario.
Según los resultados, publicados en ‘Perspectives on Psychological Science’, cada año pronunciamos 338 palabras diarias menos. Los investigadores combinaron grabaciones ambientales de cerca de 2.200 personas de entre 10 y 94 años, procedentes principalmente de Estados Unidos, además de México, Australia y varios países europeos, que participaron en 22 estudios llevados a cabo entre 2005 y 2019.
Los resultados mostraron que los participantes pronunciaban, de media, unas 16.000 palabras al día en 2005, frente a las 12.792 registradas en 2019. En conjunto, esto supone una disminución de unas 338 palabras diarias por cada año del periodo analizado. Los investigadores observaron, además, que esta reducción era ligeramente mayor entre los menores de 25 años.
Los investigadores matizan que se trata de un hallazgo inesperado, surgido al replicar un estudio anterior sobre las diferencias entre hombres y mujeres en su tendencia a hablar, por lo que debe interpretarse con cautela. Ninguno de los estudios había sido diseñado para analizar cuánto hablan las personas a lo largo del tiempo. Sin embargo, esto aporta un valor añadido a los resultados, ya que los participantes no sabían que sus recuentos de palabras serían objeto de análisis, por lo que es poco probable que modificaran su comportamiento para ajustarse a una determinada hipótesis.
Los autores relacionan esta tendencia a la baja con el creciente uso de tecnologías como la mensajería instantánea, el correo electrónico, las redes sociales y la irrupción de los sistemas de inteligencia artificial (IA) conversacional como ChatGPT. También señalan a la automatización de numerosas interacciones cotidianas, desde los pedidos a través de aplicaciones y los pagos automáticos hasta la navegación GPS, así como a un estilo de vida que reducen las oportunidades para mantener una conversación espontánea.
El sociólogo Jorge García Marín, profesor de la Facultad de Ciencias da Educación de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), afirma que las nuevas tecnologías han multiplicado las posibilidades de contacto, al mismo tiempo que han cambiado la manera en que las personas se relacionan. «Las formas de comunicarnos tienen mucho que ver con la aceleración del sistema», explica.
«Las formas de comunicarnos tienen mucho que ver con la aceleración del sistema»
En su opinión, el ser humano continúa teniendo la misma necesidad de comunicarse, pero busca hacerlo de una manera compatible con un ritmo de vida que te exige estar a mil cosas a la vez y constantemente en activo.
Las redes sociales encajan como un guante en esta dinámica. «Te comunicas, pero mientras mandas un WhatsApp, miras un vídeo en TikTok o atiendes a otra persona», señala. Incluso las emociones se han incorporado a esta lógica de rapidez e inmediatez. «Simplemente lanzas un emoticono y te ahorras tener que dar explicaciones sobre tu estado de ánimo», reflexiona.
Una comunicación cada vez más superficial
En su opinión, estar permanentemente conectados no significa necesariamente estar más cerca de los demás. «Si yo estoy hablando contigo y, a la misma vez, estoy pendiente de los mensajes que me entran en el teléfono, no estoy realmente en la conversación. Obviamente, la conversación se vuelve más superficial», afirma.
El ritmo de vida acelerado hace que economicemos la comunicación para aprovechar mejor el tiempo. Esta «economía de la comunicación», explica, permite mantener determinados vínculos con un mínimo esfuerzo. El problema aparece cuando esa lógica termina reduciendo el espacio para las interacciones cara a cara y aparecen problemas como el aislamiento social y la soledad no deseada.
La llegada de la IA plantea, además, nuevos interrogantes sobre el futuro de las relaciones humanas. «Con la inteligencia artificial, vamos cada vez más hacia un híbrido donde la condición humana está mutando hacia una cuestión más parecida a un robot. La esencia de seres sociales todavía la llevamos con nosotros, pero a veces uno ve el futuro con cierto pesimismo. Igual que se habla de IA cada vez parece que lo natural, lo humano, va perdiendo el combate frente a lo artificial, lo robotizado, lo instrumental y lo tecnológico», afirma.
La transformación tecnológica también está afectando a la capacidad de mantener la atención. En este sentido asegura que muchos profesores perciben que sus alumnos tienen dificultades para mantener la atención durante discursos prolongados porque están acostumbrados a «mensajes rápidos y con muchos estímulos», como los vídeos de TikTok o los contenidos de X. «Ante un exceso de comunicación, nos perdemos y, de hecho, también se está perdiendo la capacidad de lectura», señala el sociólogo.
Para la psicóloga Diana Rodríguez, las nuevas tecnologías no solo han reducido la cantidad de conversaciones que mantenemos, sino que también han transformado la forma de comunicarnos. «Ahora nos comunicamos por email, WhatsApp, por conversación por vídeo, redes…», explica.
Sin embargo, las nuevas tecnologías no son las únicas responsables de la reducción de la interacción social presencial. La experta señala también otros factores, como las nuevas dinámicas laborales, la transformación de los espacios urbanos y el abandono del entorno rural. «Antes, la gente se reunía en las calles, los niños jugaban fuera todo el día sin vigilancia, en las empresas se dialogaba más… En mi opinión, la tecnología ha marcado un antes y un después», afirma.
«Al comunicarnos menos perdemos vocabulario y con él, la capacidad de expresar nuestras emociones»
Desde una perspectiva psicológica, sustituir la conversación presencial por un mensaje escrito favorece el individualismo. «Nos volvemos más independientes, en el mal sentido de la palabra; rumiamos más, no solicitamos ayuda, no mostramos sentimientos y el otro deja de importar. En consecuencia, el egoísmo aumenta y el otro molesta. Y el individualismo nos empobrece como seres humanos», afirma.
La falta de pertenencia, añade, puede generar crisis existenciales y contribuir a desencadenar problemas como la ansiedad y la depresión, especialmente cuando aparece un sentimiento de vacío y la soledad no deseada.
Según la psicóloga, la reducción de las conversaciones también puede tener consecuencias sobre nuestra capacidad para expresar lo que pensamos y sentimos. «Al comunicarnos menos perdemos vocabulario y esto afecta tanto al trato con los demás como a la capacidad de poner palabras a nuestros propios pensamientos y emociones», advierte Rodríguez.
En su opinión, disponer de menos oportunidades para conversar cara a cara significa también contar con menos herramientas para conectar con los demás y con nosotros mismos. «Al final, la respuesta a una pregunta como ‘¿cómo estás?’ se reduce a un ‘bien’ o a un ‘mal’. Perdemos capacidad introspectiva, y eso afecta tanto a nivel intrapersonal como interpersonal», advierte la psicóloga.
Los expertos coinciden en que uno de los grandes desafíos a los que se enfrenta una sociedad cada vez más hiperconectada es recuperar algo tan elemental como el tiempo y la atención necesaria para escuchar al otro.
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