En defensa de los libros de piscina, por Jorge Fauró

Durante años, entre el 1 de julio y el 31 de agosto, tomábamos posesión de un pequeño apartamento de alquiler en la playa (siempre el mismo) en uno de esos destinos mediterráneos de aluvión que conocíamos por las películas de José Luis López Vázquez, una decisión disruptiva —tras toda una vida de veraneo en la sierra— tomada unilateralmente por la cabeza de familia con la aquiescencia del páter, que se quedaba de rodríguez en la capital y al que llamábamos a diario desde una cabina telefónica en la que hacíamos cola y entablábamos conversación con otras familias en la misma situación.

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