El reloj marca la hora. Al ponerse el sol, se encienden las luces en las calles de La Unión, y la ciudad cobra vida. La gente está nerviosa. Es uno de los días, si no el día más importante del año para la localidad, en que un nuevo rey toma el trono del anterior, y se hace con la tan ansiada Lámpara Minera. Aquel que gane sabe que dejará una huella imborrable en la historia del género. Artistas procedentes de Sevilla, Córdoba, Granada, Linares y la propia La Unión convergieron en la noche del 8 de agosto para darnos una de las noches más memorables que ha vivido el Festival.
Abre la gala Susana Sánchez, que danzaba por taranto y cantiñas. En el taranto, Susana entraba andando a las tablas. Haciendo gala de su juego de cadera, la artista ensalzaba su juego de brazos con movimientos lentos, casi en cámara lenta. A pesar de un taconeo discreto, Susana supo aprovechar con esmero el vuelo de la falda de su vestido. Especialmente notable fue el contraste entre las secciones de taconeo y el baile en estático con movimientos abiertos de brazo, así como su uso del escorzo como recurso visual. Llegado el momento de las cantiñas, Suárez seguía la corriente de la falseta. Saliendo al escenario nuevamente, con un mantón de manila verde y blanco reivindicaba el espíritu de Andalucía. Susana manejaba el mantón, lo volaba y lo vestía, a veces por delante y a veces tras la espalda, tras lo cual lo agitaba para simular el movimiento de las alas de una blanca y verde paloma. Finalizaba con una grácil sección de zapateado, escobillas más marcadas y un conseguido desplante.
Su rival en esta categoría fue Lucía “la Bronce”. Sevillana de nacimiento, pisaba las tablas del Mercado Público de La Unión como si de su hogar se tratase, Lucía irrumpía en el escenario con gran poderío. Su cuerpo, perfectamente coordinado, se movía con una determinación que pareciera hacerle funcionar con su propia inercia. Cada giro era una experiencia, así como cada escorzo. Saltos a pie, a contrapié, seguidos del anuncio de sus pasos con las manos al vuelo, Cada escobilla levanta el polvo que pudiera quedar en las tablas de la Catedral del Cante. Rocío dibujaba el cielo a su antojo, y deslizando su tacón hacia atrás, abandona el escenario. En el taranto que cerraba la velada. La Bronce entraba fuerte y decidida con un vestido verde y un mantón rojo, toda una declaración de intenciones que mostraba a su rival que era mejor que ella. Rocío busca con su mirada y su poder la delicadeza y la pureza. En este duelo, si bien fue uno de los más desacertado. Por todo lo anterior, el jurado decidió darle el trofeo Desplante a Rocío del Bronce.
En la sección de guitarra competían tres grandes artistas, capaces de lo peor y lo mejor. En general, hubo luces y sombras, aunque no muy graves. La delicadeza del joven Pablo Campos, el cuidado de Pino Losada y la narrativa de Pablo Barrionuevo, oriundo de La Unión. Campos comenzaba con una taranta profundo, donde las cuerdas sonaban como ahogadas. El conjunto sonaba unido, como el cielo nocturno, tan brillante como oscuro. Campos desarrolla el grueso de su taranta por tonos medios, sin terminar de aprovechar el silencio como recurso artístico. Tras desarrollar la música en los medios, enfrenta ahora agudos y graves, llenando todos los armónicos. A continuación, una soleá. Escondido, desarrolla los tonos con los que quiere disfrutar de este buen rato de flamenco. Pablo arabiza los arpegios y las melodías, mientras no se separa de la candencia andaluza. El estilo de Pino Losada era diferente. Su fortaleza residía en una gran técnica de rasgueo. Su música, de estética tan minimalista como primitiva, consistía en un control milimétrico de del trasfondo sonoro, mientras se construyen los motivos musicales mano a mano. Su seguiriya es enigmática. La insistencia sobre la misma caída obliga al pensador a dar una respuesta musical inmediata. Una seguiriya tintineante, que penetra el oído como una caricia, pero que araña el corazón. Finalmente, el unionense Pablo Barrionuuevo pisaba las tablas del Mercado. Tras una estruendosa ovación de bienvenida, Barrionuevo abría la falseta con decisión en los graves, con autoridad. Pablo jugaba con el grave y el agudo de su instrumento, manejando la tensión de las cuerdas y sus propios nervios. Cada uno de sus rasgueos sonaban con todos sus armónicos, y todos y cada uno de los silencios que realizaba permitían a la guitarra respirar. Sublime era el contraste entre las secciones más cuidadas y mimadas y las más crudas. Todo belleza, nada suciedad, un camino de emociones difícilmente descriptible. Dicen que uno no puede ser profeta en su tierra. En La Unión había sido así, al menos, desde la última victoria de Antonio Muñoz Fernández, nieto de Antonio Fernández (antiguo guitarrista unionense) e hijo de Encarnación Fernández lo ganó en 1989, a la edad de 13 años. Tienes pues La Unión que dar gracias al cielo por este regalo, por este profeta de la guitarra, Pablo Barrionuevo, que se hizo con el Bordón Minero, máximo galardón de guitarra solista del Festival.
En la categoría de instrumentista flamenco competían la extremeña Ostalinda Suárez y y el valenciano Karlos Nao. Ambos flautistas con estilos radicalmente diferentes, inició Karlos. El valenciano inició con una levantica con la que hacía llorar a su instrumento. Golpeando las llaves con ansiedad y ganas, Karlos mostraba furia en su interpretación. Por otro lado, era fácil observar la técnica de Karlos. El fortepiano y los cambios de color súbitos otorgan al flamenco emoción. La levantica acaba con ambos (Karlos y su guitarrista) con dobles de voces, glissandos y dobles de notas en octavas. En la seguiriya, ya acompañado más que por una sola guitarra, parece que la flauta habla. Los mordentes, floreos, apoyaturas y otros recursos decoraron la obra de tal forma que no pudiera sacarse pega alguna.
Por su parte, Ostalinda Suárez trajo una taranta y su Flautasía nº 2. La que fuera finalista también la pasada edición volvía a las tablas de la Catedral del Cante para redimirse. La taranta destacó por el uso del soplado y los cortes y filones de notas en su interpretación, lo que le daba más carácter y alma a la pieza. Todo está en su sitio. La flautasía, por tonos mayores, deslumbraba al Mercado. Técnica impoluta. Delicadeza y látigo. La que fuera según muchos la primera flautista gitana de la historia dejó una marca en esas tablas que escapa al tiempo y a la música. En esta encarnizada lucha, Karlos Nao recibió el Filón, relegando a Ostalinda a ese segundo puesto que ya conocía, devolviendo a la vida al fantasma de la pasada edición.
Por último, de los cantaores que participaban en esta cita, únicamente dos competían por la Lámpara Minera: Sebastián Cruz y Rafa del Calli.
El primero de ellos interpretó por mineras, cartageneras, malagueña y soleá. La única diferencia con Rafa fue la sustitución de este último cante por unas cantiñas por parte del cantaor cordobés. Si bien Cruz brilló en la cartagenera, del Calli lo hizo en mineras, tarantas y Cantiñas. Su voz profunda, lírica, y a veces soplada y quebrada al mismo tiempo, unido a una expresividad admirable y a una alegría en el hacer contagiosa le valieron la Lámpara Minera, además de algunos premios secundarios.
Acaba así una nueva edición del Cante de las Minas. Donde suenan más que voces y viven más que recuerdos. Hogar del flamenco y los flamencos, creador y valedor de las grandes estrellas de nuestro género, que, en la oscuridad de una minera, siempre tendrá el candor de un quejío para mantenerse en pie.












