La política democrática giró durante décadas sobre la idea de convencer a más ciudadanos. Ganar unas elecciones consistía en obtener la confianza de quienes ya formaban parte de esa comunidad política. Hoy vivimos aires de cambio porque una buena parte del debate ya no consiste en persuadir a los ciudadanos, sino en discutir quiénes deberían ser ciudadanos. Las críticas del Partido Popular a la regularización extraordinaria de inmigrantes o a la llamada Ley de Nietos comparten un argumento que trasciende ambas cuestiones, el de la preocupación por sus efectos electorales. No se discute solo la oportunidad de esas medidas o su encaje jurídico, se sugiere que incorporar nuevos ciudadanos puede alterar el equilibrio político.
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