Ceuta no es negable

Lo ocurrido estos días debería invitar a una reflexión serena, alejada tanto del alarmismo como de la simplificación. Las imágenes de una entrada masiva de personas recuerdan que las fronteras del siglo XXI ya no solo se ponen a prueba mediante la fuerza militar tradicional. También pueden verse sometidas a presiones demográficas, diplomáticas, económicas o informativas capaces de generar consecuencias de gran alcance en muy poco tiempo.

La seguridad nacional ha dejado de depender exclusivamente de ejércitos y armamento. Hoy intervienen factores muy diversos, como la gestión de las fronteras, la cooperación internacional, los servicios de inteligencia, la capacidad logística, la resiliencia de las instituciones y la rapidez en la toma de decisiones. Basta una alteración significativa en cualquiera de estos elementos para desencadenar una crisis política y social de primer orden.

España conoce mejor que la mayoría de los países europeos la complejidad del Estrecho de Gibraltar. En apenas unos kilómetros convergen dos continentes, dos espacios económicos profundamente desiguales y algunos de los corredores marítimos más transitados del planeta. A ello se suma una intensa cooperación entre España y Marruecos en numerosos ámbitos, una relación indispensable para ambos países y, precisamente por ello, especialmente sensible ante cualquier episodio de tensión.

La experiencia demuestra que las crisis fronterizas rara vez tienen una única explicación. Detrás suelen coexistir circunstancias humanitarias, intereses nacionales, factores económicos y decisiones políticas que interactúan entre sí. Buscar respuestas simples a problemas complejos conduce casi siempre a diagnósticos equivocados.

Conviene recordar, además, que las democracias modernas afrontan un desafío añadido. La velocidad con la que circulan las imágenes y la información provoca que la percepción pública evolucione mucho más deprisa que la capacidad institucional para explicar los acontecimientos. En pocas horas pueden consolidarse relatos, interpretaciones e incluso desinformación antes de que existan datos suficientes para comprender plenamente lo sucedido.

Precisamente por ello resulta imprescindible reforzar una cultura estratégica que trascienda la respuesta inmediata a cada crisis. España necesita seguir invirtiendo en inteligencia, análisis prospectivo, cooperación internacional y planificación. La anticipación no elimina los riesgos, pero reduce considerablemente el impacto de los acontecimientos cuando estos llegan.

Europa también debería extraer algunas conclusiones. Las fronteras exteriores no son una responsabilidad exclusiva de los territorios donde se producen los incidentes. Constituyen una cuestión de seguridad común cuya gestión exige recursos, coordinación y una visión compartida entre los Estados miembros.

Las sociedades democráticas tienen la obligación de proteger simultáneamente su seguridad, el Estado de derecho y la dignidad de las personas. Mantener ese equilibrio nunca resulta sencillo, especialmente en situaciones de gran presión. Sin embargo, precisamente en esos momentos es cuando se pone a prueba la fortaleza de las instituciones.

Ceuta seguirá siendo un punto estratégico mucho después de que desaparezcan los titulares de estos días. La cuestión no es si volverá a producirse una nueva crisis, sino si habremos aprendido lo suficiente de la anterior para afrontarla con mayor eficacia.

Las naciones no se preparan para los escenarios más probables. Se preparan para aquellos que, siendo poco frecuentes, pueden alterar profundamente su estabilidad. En un mundo donde las amenazas evolucionan con rapidez, la mejor política de seguridad continúa siendo la capacidad de anticiparse.

Erik Sepúlveda Madsen es escritor e investigador independiente sobre geopolítica y seguridad. Es autor de la novela de ficción política y espionaje NEGABLE, ambientada en el entorno estratégico del Estrecho de Gibraltar.

Fuente