Sobran los motivos para odiar a Kanye West. Jamás se ha cortado un pelo a la hora de reivindicar a Adolf Hitler y declararse nazi. De hecho, es tal su fanatismo que, en 2015, ojo, llegó a comercializar camisetas con esvásticas. También ha calificado el movimiento antirracista Black Lives Matter como una estafa. Y acumula denuncias por agresión y tráfico sexual. Adora la provocación, es su lengua materna. Quizá, por ello, nadie se llevó las manos a la cabeza cuando apoyó electoralmente a Donald Trump. Es cierto que ha pedido perdón por algunas de estas polémicas e, incluso, atención, publicó una disculpa en el Wall Street Journal alegando una enfermedad mental. Sin embargo, no todos se la creyeron. Y, como consecuencia, seis países de Europa han cancelado sus conciertos. En España, en cambio, pese a las súplicas de la Federación de Comunidades Judías, se celebró anoche. Y, sin perder de vista su raíz antisemita, racista y machista, hay que reconocer que es uno de los mejores raperos de su tiempo. El gran problema es que resulta difícil deglutir su mastodóntica obra sin atragantarse. Su historial es demoledor. ¿Dios o bufón? Que cada uno saque sus conclusiones.
Tiene uno de los cancioneros más deslumbrantes del género. Él lo sabe. Y, por ello, con la intención de reventar el Riyadh Air Metropolitano, desplegó toda una estructura para hacerlo aún más brillante. Ye, como se llama ahora por razones religiosas, arrancó la velada en la penumbra, subido a una estructura semiesférica que simulaba ser el mundo. La imagen era casi bíblica. Verlo ahí mientras defendía King resultó chocante: el hip hop es un movimiento que nació en los barrios marginados de Nueva York, por lo que paladearlo a semejante altura lo desvirtuó de algún modo. Es cierto que, ahora, convertido en una estrella global, aquellas calles se antojan lejanas. Pero, tal vez, otro concepto lo hubiera acercado mejor al mensaje que enarbola en sus letras.
Enfundado en un traje de cuero, recorrió con paso firme aquella Tierra que ocupaba toda la pista. Un escenario de 360º que permitió ampliar el aforo al habilitar gradas normalmente cerradas al público. De las 68.000 personas que congregó, el 60% procedía del extranjero. En parte, debido a la imposibilidad de ver a Ye en sus respectivos países. Hubo banderas de Polonia, donde el Ministerio de Cultura lo impidió por su pasado con el Holocausto; de Reino Unido, donde el Gobierno denegó la entrada al artista; de Suiza, donde el FC Basel se opuso a prestarle su estadio al no compartir sus valores; y de Italia, donde la prefectura de Reggio Emilia adujo motivos de seguridad. España, tal y como aseguró Ernest Urtasun, ministro de Cultura, no lo suspendió por una cuestión formal: “Sus manifestaciones me repugnan. Están fuera de lugar. Dicho esto, no nos corresponde promover la cancelación de ningún concierto por las opiniones que haya vertido cualquier cantante”. Por ahora, salvo sorpresa de última hora, Portugal, Kazajistán, Estados Unidos e Indonesia también lo acogerán en las próximas semanas.
La atmósfera era casi litúrgica. No hubo apenas parafernalia: sólo un juego de luces y humo que acentuaba aún más las imágenes proyectadas en la esfera. Aquello bien podría haber sido un videoclip viviente de no ser por el bullicio que despertaba cada gesto, cada mirada, cada silencio. Todo estaba perfectamente orquestado. Algo que, tal vez, restó naturalidad a un repertorio que pedía barro. O, al menos, así se lo hizo saber un gallinero que recitó todos y cada uno de los versos de Ye. Uno detrás de otro, sin tartamudear: a grito pelado en On Sight, con el puño al aire en Power, entre empujones en Bound 2. Si bien el foco estaba puesto en los clásicos, el gran atractivo de esta gira es su último elepé: Bully, editado el pasado marzo.
Estribillos pegajosos
La última vez que Ye pisó España fue en 2006, cuando presentó Late Registration en la sala Razzmatazz de Barcelona. Por aquel entonces, ya empezaba a marcar distancias con los de su generación. Y, en cuatro años, gracias a Graduation y My Beautiful Dark Twisted Fantasy, se convirtió en una figura central de la cultura popular. Hoy atesora 24 premios Grammy y un puñado de éxitos estratosféricos: Black Skinhead, Niggas in Paris, Homecoming, All Falls Down… todos, sin excepción, pusieron el recinto en efervescencia. No eran simples canciones, sino fogonazos de una carrera que ha moldeado la estética, el sonido y la contradicción del siglo XXI. Sobre las tablas, se sucedieron el soul acelerado de los inicios y la electrónica abrasiva de las rupturas. Pocos han sabido reinventarse tantas veces y, al mismo tiempo, qué complicado, conservar una identidad tan particular. Ye apenas habló. Mejor. Su música lo hace infinitamente mejor que él: sus rimas crudísimas y estribillos pegajosos sostienen un legado que él mismo se empeña en dinamitar cada vez que abre la boca.
El final fue catártico. Durante unos minutos, Ye puso las gargantas al límite. Con los brazos al aire, sus fieles corearon su nombre hasta la extenuación. Una ovación que sonaba a homenaje, pero también a rendición. No hubo discursos ni explicaciones. Tampoco propósito de enmienda. Sólo canciones y una multitud dispuesta a aplazar el juicio mientras durara el espectáculo. Después, el mundo se apagó. Y el rapero desapareció dejando una sensación difícil de ordenar. Pues asistir a uno de sus conciertos exige convivir con una contradicción incómoda: celebrar la obra sin absolver al hombre, reconocer el talento sin olvidar el daño. ¿Estamos, por tanto, ante la coronación definitiva de un genio o ante los últimos destellos de alguien empeñado en destruirse? ¿Dios o bufón?
Fuente: El Periódico de España











