Es precioso ver cómo una persona llega a ese recuerdo guardado, un momento que le hizo feliz y le vuelve a hacer feliz por recordarlo

Un sabor puede ser un potente detonador de recuerdos. Este fenómeno, conocido como ‘efecto Proust’, es la base sobre la que Irene Iborra, quinta generación de una familia heladera, ha construido Mamá Heladera, una heladería que transforma las memorias de sus clientes en sabores únicos. En una entrevista en el programa ‘La Tarde‘ de COPE, Iborra ha explicado cómo aplica la neurogastronomía para crear estas experiencias sensoriales que conectan directamente con la infancia y las emociones.

La neurogastronomía como motor del sabor

La fundadora de Mamá Heladera define la neurogastronomía como «la percepción del sabor» y explica que su proyecto nació durante la pandemia. Al observar la tristeza de los vecinos en el negocio familiar, El Tío Che, y la pérdida de la conexión comunitaria, decidió actuar. «Pensé qué podíamos hacer dentro de las posibilidades del momento, y pues, crear esta microexperiencia a raíz de esto de la neurogastronomía, del apetecido el sabor y los helados de los recuerdos», ha detallado.

Es precioso ver cómo una persona llega a ese recuerdo guardado»

Irene Iborra

Fundadora de Mamá Heladera

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Chicas comiendo helado

El resultado es un proceso que va más allá de la simple degustación. Según Iborra, la experiencia es «muy emocionante», no solo para la persona que comparte su recuerdo, sino también para otros clientes en los que esa memoria resuena. «Es precioso ver cómo una persona, pues, llega a ese recuerdo guardado o que de esta manera no hubiera llegado, saboreando, ¿no? De una forma tan directa el aroma, pues, lo trae al presente», ha afirmado, destacando la capacidad del helado para reconectar a la gente con un «momento que le hizo feliz y le vuelve a hacer feliz por recordarlo».

Del recuerdo de la abuela al helado de bechamel

El funcionamiento de esta «heladería de recuerdos» es un ritual interactivo. Los clientes dejan sus memorias en un formulario y, cada semana, el equipo de Mamá Heladera escoge dos para convertirlos en helado. Así nacen sabores como el de «cereza con lavanda«, que evoca a «la abuela que te envía cereza a merendar», o el de «costera mal tita«, que recuerda el olor del mar y el camino a la playa con limones en flor.

Una persona disfrutando del helado de nata

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Una persona disfrutando del helado de nata

Uno de los sabores más sorprendentes fue el de bechamel. Tras realizar una encuesta entre los vecinos, el recuerdo más repetido fue el de «rebañar la olla» de la bechamel de las croquetas o los canelones. Aunque Iborra pensó que podría ser «muy bisagra», decidió probar. El resultado fue un éxito inesperado y se convirtió en el primer helado que elaboró en su nuevo proyecto, con clientes que incluso se lo llevaban en cucurucho.

Era divertidísimo ver cómo puede funcionar algo que que está en bizarro»

Irene Iborra

Fundadora de Mamá Heladera

Otras creaciones exploran combinaciones audaces, como un helado de fresa con vainilla y agua de mar, basado en el recuerdo de una clienta de Valencia. Según Iborra, añadir «un poquito de agua de mar» intensifica el sabor de la fresa y lo conecta con la infancia. Para ella, fue «divertidísimo ver cómo puede funcionar algo que que está en bizarro, ¿no?».

Mujer con un helado

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Mujer con un helado

Un legado familiar de cinco generaciones

El vínculo de Irene Iborra con el helado es profundo y personal. Si tuviera que elegir un sabor de su propia infancia, sería el de su casa y su familia. «Cuando llegaba al obrador y había como la nube después de hacer horchata que que huele el obrador a chufa, y siempre hay canela y limón en infusionando (…), es el olor de mi casa, de mi familia», ha confesado.

La historia del helado es milenaria, desde las mezclas de nieve con miel y frutas en la China de hace 3000 años a.C. hasta su popularización en Europa. Inventos como la máquina de Francesco Procopio en 1660 o la primera heladora automática de Nancy Johnson en 1846 marcaron un antes y un después, pero propuestas como la de Mamá Heladera demuestran que, incluso hoy, este postre sigue teniendo la capacidad de innovar y, sobre todo, de emocionar.

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