El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, nos enseñaron cuando en los colegios se instruía y educaba sobre las cosas básicas. Aquellas que por obvias fueron quedando fuera de los pupitres y cayendo en el olvido. Esas que después ofendían cuando algún abuelo las recordaba entre sus batallitas a otros que, queriéndose ver más modernos y avanzados, van de sabios y son más tontos y soberbios.
Otro año más, y van… todos, los incendios nos queman los ojos y el alma cuando arrasan lo que tenemos alrededor o los contemplamos en las noticias, unos kilómetros más allá de donde nos podrían llegar el humo y las cenizas. Otro año más, políticos y ciudadanos nos lamentamos y hacemos cruces preguntándonos cómo ha podido volver a pasar lo mismo y aún con superior magnitud que el verano anterior.
No sirve echar la culpa a uno u otro espectro ideológico. El fuego no distingue quien gobierna y las políticas no difieren demasiado entre unas y otras administraciones. Seguramente porque la prevención de los incendios, como todo lo que tiene que ver con la conservación y protección del medio ambiente, ni siquiera se decide en ámbitos políticos, sino en pozos burocráticos nacionales o europeos de los que, aún con buena intención, no salen más que regulaciones cada vez más abstrusas, confusas y contra natura.
Este año no es la sequía, sino que ha llovido mucho en invierno. La práctica totalidad de los fuegos más graves son provocados por la mano del hombre, muchos de ellos de forma intencionada. A veces habrá que luchar endureciendo leyes y otras eliminando obsesivas restricciones legales y volviendo a las cosas básicas, como que expropiar los usos tradicionales del medio natural a quienes viven en él es una mala idea. Que pretender un monte salvaje prohibiendo y no promoviendo limpiezas y desbroces lo aboca a la catástrofe, no lo protege. O que, en un país donde se tira el dinero a espuertas en memeces de los sabios urbanitas del siglo XXI, una prioridad debería estar en destinar (y coordinar) los recursos económicos, técnicos y humanos necesarios -incluido el ejército- para la prevención y la rápida extinción, año tras año, de los incendios forestales.
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