El día antes de que rodara la pelota en el MetLife, Leo Messi escribió una suerte de mensaje motivacional interpretable a la vez como un adiós personal. Independientemente del resultado de la final -escribió en las redes sociales con una foto de posado de la selección- «lo más lindo de todos estos años nunca fueron solamente los títulos, sino todo el camino. Compartir el día a día con este grupo, competir juntos, levantarnos en los momentos difíciles y disfrutar de cada paso. Pase lo que pase mañana, este grupo ya escribió una historia que nunca vamos a olvidar y que nadie podrá borrar».
Cuando se produzca el documental de su carrera, podría perfectamente empezar por aquí. La voz en off con el texto apelando a la complicidad de grupo, antes de emerger del túnel, caminar hacia los focos, con la mirada determinada, escoltado por los suyos, un grupo de futbolistas tatuados como presidiarios que lo idolatran, en busca de un partido de interés planetario, con el skyline de Nueva York de fondo, el último de su incomparable y longeva carrera en un gran escenario internacional.
Leo Messi, durante la final contra España en el Mundial. / KEVIN C. COX / Getty Images via AFP
Y entonces se producirá un fundido a negro, y nos querrán mantener el suspense de cómo se desarrolló la final contra España de la figura más admirada por aficionados y los propios jugadores, una pleitesía planetaria. Pero como esto es un diario que vive de la actualidad y no un producto audiovisual que juega con las debilidades de la memoria, sabemos bien cómo acabó esto, quién celebró y quién no, y sabemos que el documental no podrá cerrarse con los confetis sobre su cabeza futbolística privilegiada.
España le privó de la segunda corona que le habría dado autoridad eterna sobre Diego Armando Maradona. Messi, a sus 39 años, ha liderado a un colectivo pendenciero -por no decir algo más injurioso- durante el Mundial, ha marcado diferencias, ha sido protagonista, ha anotado más goles que nunca, ha participado en cifras récord de remates y regates, como si estuviera en su prime y no en un declive que no se ha visto, en un desafío asombroso a los rigores del tiempo. Pero España no le dejó reeditar el rendimiento en la final.
Caminando como siempre, oteando la acción desde la distancia, se mostró poco participativo, alejado de la zona donde es capaz de generar peligro. No fue el Messi de costumbre porque su equipo no quiso tampoco el protagonismo. Dibu Martínez, el portero argentino, se hartó de tirar balones largos, hacia la nada, porque ni Julián Álvarez ni Messi son Haaland. Ni un disparo a puerta del rosarino, ninguno de hecho de Argentina. La nadería ofensiva de la albiceleste hasta encajar el gol de Ferran. Él, que forzó a correr detrás del balón al 90% de la profesión futbolística a lo largo de toda su carrera, se dedicó a defender más que atacar, a mirar el balón en botas ajenas. Impropia despedida del escaparate.
Cero remates
Las estadísticas y las zonas de calor reflejaron todo eso. Cero en goles, en asistencias, en tiros, en oportunidades creadas. Solo dos toques en el último tercio en todo el partido. Un par más tras el gol de Ferran Torres, que pateó el banderín de rabia, como él en una final de Champions. Su único intento de tiro se estrelló en el rostro de Merino en la recta final.

Messi, durante un momento de la final entre Argentina y España. / DPA vía Europa Press / DPA vía Europa Press
Se diría que pocas veces se aburrió tanto sobre el campo. Malas cartas para superar a Mbappé como máximo goleador del torneo. Se quedó con ocho tantos, a dos del francés, que pegó un arreón en la contienda por el tercer y cuarto puesto con un doblete. Y lo mismo respecto a la historia mundialista. A los 22 dianas del delantero del Real Madrid ya nunca podrá darle alcance. El segundo con 21 por muchos años.
En la historia sí permanecerá como el primer futbolista en disputar tres finales consecutivas como titular. Un dato pequeño en el contexto de su fastuosa carrera al completo. Qué bien lo hemos pasado viéndole jugar. Una reverencia eterna hacia el mejor de todos los tiempos, que se estiró sobre el césped, con la mirada perdida, al concluir la final, saboreando en solitario los últimos instantes de su propia leyenda. Un ser insuperable.
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