Cometieron los peores crímenes, más de ochenta en total. Jamie Duncan le pegó un tiro en la cara a su novia; Anthony Alexander Mejía, alias Muñingo, golpeó hasta la muerte con un bate de béisbol al hombre que, según asegura, abusó de él cuando era niño… Todos se fugaron y se ocultaron, la mayoría en nuestro país; otros cruzaron nuestras fronteras e incluso pensaron que podían empezar una nueva vida lejos y librarse de la cárcel. Hasta que los especialistas en la localización de fugitivos de la Policía los encontraron, los sacaron de su escondite y los obligaron a saldar sus cuentas con la justicia.
Desde el mes de enero, la Sección de Localización de Fugitivos de la Policía Nacional, junto con las distintas plantillas territoriales repartidas por todo el país, han localizado y detenido a cuarenta fugitivos, españoles y extranjeros, que estaban siendo buscados por delitos de asesinato, una cifra superior a la de años anteriores, según explican fuentes policiales al canal de investigación y sucesos de Prensa Ibérica.
Menores sicarios
Este repunte coincide en el tiempo con el auge de una modalidad delictiva que Europol ha bautizado como ‘Violence as a service’ (VAAS) o ‘violencia como servicio’, que se ha recrudecido especialmente en Suecia, pero cuyas consecuencias se notan también en España, donde cada vez más delincuentes eligen ocultarse.
Organizaciones criminales como la red Foxtrot, liderada por Rawa Majid, alias el ‘Zorro kurdo’, uno de los fugitivos más buscados por Interpol, reclutan a menores de entre 15 y 18 años para convertirlos en sicarios al servicio de la banda. Los captan a través de videojuegos, redes sociales y aplicaciones encriptadas. Les enseñan a usar armas de fuego y explosivos. Luego, les dan instrucciones, mapas y dinero y los incitan a cometer asesinatos por encargo, con métodos que imitan a los videojuegos.
El ‘Pablo Escobar’ sueco
Emin Muqa Kulic, mano derecha de Jonas Falk, apodado como el ‘Pablo Escobar’ sueco por ser uno de los capos del narcotráfico más relevantes a nivel europeo, y que acaba de ser encarcelado en nuestro país, fue detenido el 1 de agosto en Sitges (Barcelona). A sus 21 años, Kulic acumula 20 delitos, la mayoría relacionados con asesinatos de miembros de bandas rivales en Suecia, en el año 2024. También lo acusan de ser el autor intelectual de varios crímenes cometidos por adolescentes suecos a los que él había adoctrinado y formado. Desde entonces, policías de distintos países europeos lo estaban buscando.
Emin Muqa Kulic, fugitivo detenido por la Policía Nacional el pasado 1 de agosto en Sitges. / EUROPOL
El Grupo I de Localización de Fugitivos de la Policía Nacional, con la inspectora Rocío al frente, en una operación conjunta con el Grupo de Localización de Fugitivos de Barcelona, lo encontró este verano en la casa que su jefe, Jonas Falk, tiene en Sitges. Kulic defendió entonces que no estaba escondido allí, que estaba trabajando como guardaespaldas de la mujer de Falk. Pero durante el tiempo que los policías españoles estuvieron vigilándolo, los investigadores comprobaron que no salía nunca de la vivienda, donde estaba enzulado y armado hasta los dientes.
Armas y una PlayStation
Cuando los agentes del GEO entraron a la casa, Kulic echó mano de la pistola que llevaba encima e intentó dispararles, pensando que eran miembros de un grupo criminal rival, y que venían a matarlos a él o a la familia de Falk. En su habitación, además de munición y varias armas de fuego, los investigadores le requisaron una PlayStation, que ya están analizando por si el fugitivo la hubiera estado usando para comunicarse con otros miembros, menores y adultos, de la organización criminal.
Los vecinos del tranquilo Barrio de las Letras, en Madrid, no sabían que vivían puerta con puerta con un asesino múltiple. Walid Bara, uno de los cabecillas de la DZ Mafia, la organización de narcotráfico que más preocupa a la policía francesa, huyó en junio de 2024 de su país, donde se le acusa de cuatro homicidios cometidos en Marsella, París y Cabriès (La Provenza). Los policías de Fugitivos lo localizaron y lo detuvieron en un pequeño y céntrico piso madrileño, que Bara había alquilado usando el nombre de otro integrante de la banda. Un familiar lejano del hombre figuraba como titular de los suministros de luz, agua y gas.
Cadena perpetua
Al asesino, que no habla español, no le costó pasar desapercibido en esa zona, plagada de pisos turísticos que cambian de inquilino cada día. Con todo, Bara tomaba fuertes medidas de seguridad. Pedía siempre comida a domicilio y salía muy poco de casa. Cuando lo hacía, se cubría la cabeza con una gorra oscura y vigilaba previamente la calle desde su piso antes de dejar la vivienda.

Walid Bara está acusado de cuatro homicidios en Francia. Se escondía en el madrileño Barrio de las Letras, donde fue arrestado el pasado 14 de abril. / POLICÍA NACIONAL
Por eso, cuando el pasado 14 de abril salió de su casa y un grupo de policías se dirigió a él llamándolo por su nombre, Bara se sorprendió e intentó forcejear con ellos, sin éxito. Aquel día la justicia francesa había confirmado a uno de los socios de Bara una condena de 25 años de cárcel. Los investigadores sabían que, al conocer la noticia, Bara, que se enfrenta a una condena de cadena perpetua por sus crímenes, podía volver a huir y tuvieron que precipitar su arresto.
Con un bate de béisbol
Entre los cuarenta asesinos detenidos por la Policía Nacional desde enero, gracias a su estrecha colaboración con la red ENFAST y con la Red Nacional de Localización de Fugitivos que la Policía Nacional tiene desplegada por las distintas comisarías españolas, también hay asesinos ajenos al crimen organizado y los grupos que emplean la VaaS (Violencia como Servicio). Es el caso de Anthony Alexander Mejía Medina, alias Muñingo, un dominicano al que piden 30 años de prisión en su país por matar a un hombre, al que abrió la cabeza golpeándolo con un bate de béisbol en República Dominicana en 2022.
Tras el crimen, Muñingo huyó a España, donde pronto fue detenido. Entonces, la Audiencia Nacional lo dejó en libertad, mientras se decidía su situación, con la obligación de acudir a firmar semanalmente, algo que Muñingo dejó de hacer el pasado mes de febrero, cuando supo que iba a ser extraditado a su país.
Dejaron de pasear al perro
Cuatro meses después, el pasado 26 de junio, los agentes del Grupo II de Fugitivos de la Policía, liderado por el inspector Darío, consiguieron apresarlo, tras una compleja investigación, en el bajo de un bloque de pisos de Illescas (Toledo), donde vivía con su mujer y su bebé de un año.
Al principio el fugitivo y su mujer hicieron una vida casi normal. Ella salía por las mañanas a trabajar en el mercadillo de la localidad y paseaba al perro de la pareja, mientras él permanecía encerrado en casa, con la persiana de la única ventana que da a la calle bajada. Pero cuando Muñingo se supo cercado por la Policía, hizo que su pareja también dejara de salir al exterior. La mujer dejó incluso de pasear al perro, que los investigadores encontraron encerrado en la cocina del piso.
Tendía la ropa
El gran volumen de bolsas de comida que la familia de ella llevaba a la casa todas las semanas hizo sospechar a los policías de que, además de la mujer y su bebé, vivía alguien más con ellos. Posiblemente el fugitivo. Tardaron meses en comprobar que estaban en lo cierto. Muñingo no ponía un pie en el exterior del edificio, pero averiguaron que sí salía a un patio interior del bloque. Los agentes necesitaron agudizar el ingenio para corroborar que quien tendía la ropa en esa pequeña terraza no era un vecino más, sino el asesino que llevaban meses buscando.
Cuando los investigadores le pusieron los grilletes, Muñingo no opuso resistencia y admitió que había matado a un hombre en su país porque «abusó de mí cuando era niño y no he podido superarlo». El hombre, que había descuidado su salud y su imagen durante los meses que estuvo escondido, pero seguía conservando tatuados en su cuerpo el nombre de su madre y una brújula, añadió que llevaba meses con miedo a que lo encontraran: «Yo sabía que no podía ni respirar en la calle porque me iban a detener», señaló a los agentes. Resignado, miró a su bebé antes de que la policía se lo llevara arrestado y pidió a su mujer que cuidara del niño mientras él cumplía su condena, de 30 años de cárcel.
Mató a su novia
Convertirse en fugitivo no es fácil. Hay que ser discreto, tener dinero y ayuda para permanecer escondido. Eso y la presión policial a la que estaba siendo sometido es lo que hizo que Jamie Duncan, un joven de 21 años de Reino Unido, se entregara en la Jefatura Superior de la Policía Nacional de La Verneda, en Barcelona, el pasado 17 de agosto.
Duncan está acusado de matar con un arma de fuego a su novia, de 19 años, el pasado 8 de junio, en la casa de la joven en el norte de Londres, mientras la madre de la víctima y sus hermanos estaban en la planta inferior de la vivienda. Arriba estaban Duncan y la chica, en la habitación de ella, cuando la hermana de la víctima escuchó una fuerte detonación y la oyó gritar. Subió rápidamente las escaleras y encontró a la joven tendida sobre su cama, con un agujero en la cara, y sangrando abundantemente.
«Tonteando con el arma»
Según declaró la hermana de la víctima, Duncan se marchó corriendo de la casa mientras le decía: «Ha sido un error, llama a una ambulancia». Los sanitarios no pudieron salvar la vida de la joven, que falleció casi en el acto.
El hombre defendió luego ante la policía española que aquel día estaba con su novia, con la que llevaba saliendo un mes, en el dormitorio de ella, que estaba «tonteando» con el arma y se le disparó por error. Explicó que llevaba tres días vagando por la ciudad de Barcelona y que tras verse en la indigencia decidió rendirse y presentarse ante los agentes porque «es lo correcto». No supo explicar por qué no se había entregado antes, cuando el inspector jefe Allam Bhangoo, de la Policía Metropolitana de Londres, hizo declaraciones en varios periódicos y televisiones de Reino Unido y pidió colaboración ciudadana para encontrar a Duncan y hacer justicia para la familia de la joven de 19 años. El asesino ya ha sido extraditado a su país para ser juzgado.









