El poder del contrapoder

En una democracia, un periodista puede publicar una investigación que comprometa al Gobierno. Un sindicato puede convocar una huelga. Una asociación vecinal puede plantar cara a un proyecto urbanístico. Un juez puede anular una decisión de la Administración. Miles de personas pueden manifestarse contra quienes las gobiernan.

A menudo interpretamos esas imágenes como síntomas de conflicto o de división. En realidad, son una de las mayores fortalezas de una democracia. Porque el poder democrático no se define solo por la capacidad de gobernar, sino por su obligación de aceptar límites. Y esos límites los marcan los contrapoderes: instituciones y organizaciones capaces de fiscalizar, cuestionar y, cuando es necesario, corregir la actuación de quienes ejercen el poder.

Durante la dictadura franquista ocurría exactamente lo contrario. El régimen desconfiaba de cualquier espacio que escapara a su control. Los partidos políticos, salvo el oficial, estaban prohibidos; los sindicatos libres eran ilegales; la prensa sufría una estricta censura y las asociaciones independientes apenas encontraban margen para existir. Criticar al poder no era una manifestación normal de la vida pública, sino una conducta que podía acarrear vigilancia, sanciones, despidos o prisión.

El ejemplo de Marcelino Camacho

Pocas historias ilustran mejor esa realidad que la de Marcelino Camacho. Obrero metalúrgico y militante antifranquista, dedicó buena parte de su vida a defender un derecho que hoy parece incuestionable: que los trabajadores pudieran organizarse libremente para defender sus intereses. En una España donde el sindicalismo independiente estaba prohibido, esa reivindicación lo convirtió en uno de los rostros más visibles de la oposición al régimen.

Su compromiso le llevó a ser detenido y encarcelado en varias ocasiones. En 1972 fue uno de los diez dirigentes de Comisiones Obreras procesados en el llamado Proceso 1001, un juicio que se convirtió en símbolo de la persecución contra el movimiento obrero durante la dictadura. La condena no castigaba únicamente una actividad sindical: castigaba la existencia de una organización capaz de actuar al margen del control del Estado.

El caso de Marcelino Camacho muestra cómo el franquismo no solo perseguía a quienes pretendían alcanzar el poder político. También perseguía a quienes trataban de ponerle límites, fiscalizarlo o crear espacios autónomos de participación. Un sindicato libre, igual que una prensa independiente, una asociación ciudadana o un movimiento social, era visto como una amenaza porque introducía voces distintas en una sociedad diseñada para la obediencia.

El derecho a disentir

La democracia transformó profundamente esa relación entre el poder y la sociedad. La Constitución de 1978 consolidó un sistema basado en la separación de poderes, el pluralismo político y el reconocimiento de derechos fundamentales como la libertad de expresión, de asociación, de reunión y de sindicación. Esos derechos no solo protegen a cada ciudadano de manera individual. También hacen posible la existencia de organizaciones capaces de ejercer un control permanente sobre quienes gobiernan.

Por eso, en democracia, los contrapoderes adoptan formas muy diversas. La prensa investiga y hace públicas informaciones de interés general. Los jueces garantizan que las administraciones actúen conforme a la ley. Los sindicatos representan los intereses de los trabajadores. Las asociaciones vecinales, las organizaciones sociales o las entidades de defensa de los derechos humanos trasladan a las instituciones las demandas de la ciudadanía. La oposición parlamentaria fiscaliza la acción del Gobierno. Incluso la universidad, la cultura y la ciencia cumplen una función esencial cuando cuestionan las certezas establecidas y alimentan el pensamiento crítico.

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