Noventa años después del golpe de Estado del 18 de julio de 1936, Tenerife volvió este sábado al lugar donde cayó una de sus primeras víctimas. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Tenerife (ARMHT) rinde homenaje a Francisco Muñoz Serrano, cabo de la Guardia de Asalto considerado la primera víctima mortal de la dictadura franquista en la Isla.
El acto tuvo lugar en la esquina de las calles del Castillo y Cruz Verde, en Santa Cruz de Tenerife, el mismo punto en el que Muñoz Serrano fue abatido durante la tarde del 18 de julio de 1936. La asociación invitó a participar a la ciudadanía, las instituciones y las organizaciones políticas, sociales, culturales y memorialistas.
La iniciativa no pretende celebrar una fecha utilizada durante décadas para exaltar el golpe, sino transformarla en una jornada de recuerdo. «Queríamos poner nombre y rostro a la primera víctima de la violencia y reivindicar el derecho de la sociedad a conocer los acontecimientos que marcaron el inicio de la dictadura en Tenerife», explica la presidenta de la ARMHT, Mercedes Pérez Schwartz.
Muñoz Serrano, en el centro, durante la investigación del atraco al tranvía en 1934 / E.D.
La única acción armada
La muerte de Muñoz Serrano se produjo durante el único enfrentamiento armado registrado en Santa Cruz en aquellas primeras horas. El periodista Andrés Chaves reconstruyó el episodio en Gesta y sacrificio del teniente González Campos. Poco después de las seis de la tarde, un grupo de guardias de Asalto avanzó por la calle del Castillo hacia la entonces plaza de la Constitución, donde se encontraba el Gobierno Civil.
Al frente iba el teniente Alfonso González Campos, acompañado por los cabos Muñoz Serrano y Polo. Los agentes pretendían defender el orden constitucional y liberar al gobernador civil Manuel Vázquez Moro, retenido por los militares sublevados. Nadie pudo determinar quién disparó primero.
El tiroteo duró apenas unos minutos. Muñoz Serrano recibió una bala en el corazón y murió en el acto. También falleció el soldado Santiago Cuadrado y varias personas resultaron heridas. Los guardias acabaron entregándose al verse rodeados. González Campos sería condenado a muerte y fusilado el 11 de agosto, pese a las numerosas peticiones de clemencia.

Francisco Muñoz Serrano durante su etapa de formación en la Academia de la Policía / E.D.
Un hombre detrás del uniforme
Mientras el régimen exaltó la muerte del soldado del bando sublevado, la figura del cabo quedó apartada del relato oficial. Detrás del uniforme había un hombre de 35 años, casado y padre de cuatro hijos.
Las investigaciones de Pedro Medina Sanabria han permitido reconstruir su trayectoria. Nació en Córdoba en 1901, trabajó como camarero e ingresó en el Cuerpo de Seguridad en 1925. Tras prestar servicio en Barcelona y Córdoba, llegó a Santa Cruz en 1933 y ascendió a cabo de Asalto dos años después.
Medina Sanabria recuperó también un episodio que muestra su carácter. Durante la investigación del atraco mortal al tranvía en la curva de Gracia, en 1934, Muñoz Serrano se internó solo en la Cueva de los Guanches, armado con su pistola y una linterna, para buscar a los sospechosos.
La memoria que conservó la familia
Su cadáver fue sometido a una autopsia apresurada y enterrado en una fosa común de Santa Lastenia. Santa Cruz tardó seis décadas en dedicarle una calle, pero su nombre nunca desapareció de la familia. La esquela de su hijo Fernando Muñoz Castro, fallecido en 2019, lo presentaba expresamente como “hijo del cabo Muñoz Serrano”.
María Encarnación Muñoz Barrios, Encarni, tiene 62 años y habla de su abuelo con “respeto y emoción”, aunque no llegó a conocerlo. Su padre tenía siete años y jugaba con una pelota de trapo cuando ocurrió el tiroteo. Durante toda su vida transmitió a sus hijos el orgullo por aquel hombre que dejó viuda y cuatro menores.
La frase que quedó grabada en la memoria familiar fue la que Fernando repetía incluso durante los últimos once años de su vida, cuando padeció alzhéimer: “A mi padre lo mató Franco”. “No quiero entrar en connotaciones políticas, pero esa frase nunca se le borró”, explica Encarni.
Ella y su hermano Fernando asistiero al homenaje, aunque prefirieron mantenerse en un segundo plano. “No queremos protagonismo ni hablar, por timidez y porque la emoción nos traicionaría”. La historia continúa ahora en sus hijos, Glen y Allison, de 29 y 26 años.
La memoria familiar grabó profundamente la frase que Fernando Muñoz repitió durante toda su vida: “A mi padre lo mató Franco”
Pie firme frente al olvido
Mercedes Pérez Schwartz participó como presidenta de la asociación, pero también desde una memoria familiar marcada por el golpe. Es nieta de José Carlos Schwartz, último alcalde republicano de Santa Cruz, detenido en su domicilio a las siete de la mañana del 18 de julio y posteriormente desaparecido.
“A mi abuelo se lo llevaron de su casa. Dejaron a su mujer y a cinco hijos muy pequeños. No los abandonó: lo detuvieron y lo hicieron desaparecer”, precisa. Su madre tenía cinco años. En casa de su abuela se reunían las esposas de otros detenidos y desaparecidos. “Yo regresaba del colegio y las escuchaba. No había odio, sino una tristeza enorme. Eran familias abandonadas, con dificultades incluso para comer”.

Expectación ante el juicio por el atraco del tranvía en Gracia, Sin confimar al cien por cien, Muñoz Serrano sería el guardia de asalto más bajoa / E.D.
La desaparición impidió además que su viuda pudiera acceder durante años a una pensión. “Era una forma más de castigo”, sostiene Pérez Schwartz, que recuerda cómo los militares registraron la vivienda, rompieron muebles y se apropiaron de pertenencias familiares.
Las huellas del golpe
Para la presidenta de la ARMHT, las huellas del golpe continúan presentes en el desconocimiento histórico y en los símbolos de exaltación que permanecen en el espacio público. Critica que durante generaciones apenas se explicaran en las aulas la Guerra Civil y la dictadura. “La historia llegaba hasta los Reyes Católicos y después saltaba a los llamados 25 años de paz”.
“Francisco fue el primero de muchos”, afirma Pérez Schwartz. Noventa años después, recuperar su nombre supone recordar también a las familias anónimas que padecieron detenciones, desapariciones, encarcelamientos y décadas de silencio.
Suscríbete para seguir leyendo











