Hace años que en Asturias existe un amplio consenso: la industria es estratégica para nuestra región y es nuestro principal motor económico. La cuestión no es si lo afirmamos, sino si los distintos organismos y administraciones demuestran, con sus políticas y sus decisiones, que realmente lo es. Las empresas invierten cuando el mercado les ofrece oportunidades y el territorio reúne las condiciones necesarias para aprovecharlas. Por eso, una región que apuesta por la industria debe poner a disposición de sus empresas todo aquello que necesitan para competir: suelo industrial y energía a precios competitivos, infraestructuras, talento, profesionales cualificados y una administración ágil que facilite las inversiones.
Esa es la diferencia entre anticiparse y reaccionar. Porque cada oportunidad de inversión es única y el tren solo pasa una vez. Si queremos que la industria siga siendo el principal motor económico de Asturias, debemos anticiparnos a las necesidades de las empresas ya implantadas y de los proyectos que contemplan nuestra región como destino para nuevas inversiones. En definitiva, una verdadera política industrial consiste en crear las condiciones para que las empresas puedan invertir, crecer y generar empleo cuando surjan las oportunidades. Esa es la diferencia entre una región que apuesta de verdad por la industria y otra que solo reacciona cuando la oportunidad llama a su puerta o, peor aún, cuando ya ha pasado.
No hace falta recurrir a grandes teorías para comprobar si estamos actuando en esa dirección. Asturias ofrece ejemplos muy claros. La Zalia nació como una infraestructura estratégica para impulsar el desarrollo industrial y logístico de la región. La inversión pública fue superior a 100 millones de euros. Sin embargo, más de quince años después de impulsar este proyecto y más de una década después de concluir su primera fase, el suelo sigue sin estar a disposición de las empresas. La pregunta es inevitable. ¿Puede una infraestructura concebida para impulsar el crecimiento industrial tardar tantos años en cumplir la función para la que fue creada?
Algo parecido ocurre con las antiguas baterías de coque de Avilés. Cesaron su actividad en 2019 y, siete años después, seguimos sin saber quién gestionará ese suelo, lo descontaminará y lo urbanizará para ponerlo a disposición de las empresas industriales. En el mejor de los escenarios, habrá transcurrido una década desde que se apagan las baterías hasta que se ponga el suelo a disposición para implantar nuevos proyectos industriales. Cada año perdido supone una oportunidad menos para atraer inversión, generar empleo y reforzar el mayor polo de industria pesada de España, situado en la comarca de Avilés. En la industria, el tiempo es determinante.
La pregunta vuelve a ser la misma. ¿Puede Asturias permitirse que un suelo estratégico permanezca tantos años sin estar disponible para la actividad industrial? La misma reflexión puede hacerse sobre el Puerto de Avilés,uno de los principales activos industriales de Asturias. Pero un puerto industrial necesita suelo próximo al muelle para que las empresas puedan desarrollar las actividades previas al embarque de los equipos. Pero hoy, esa disponibilidad, es prácticamente nula.
La competitividad también depende de la logística. Hace doce años dejó de operar la autopista del mar entre Gijón y Nantes. Desde entonces se han anunciado varios intentos de recuperación de esta línea, pero Asturias sigue, a día de hoy, sin disponer de esa conexión. Mientras tanto, otros puertos han ocupado ese espacio. El propio Puerto de Vigo reconoce en su planificación estratégica que la mejora de sus conexiones con Nantes le ha permitido captar tráficos que anteriormente utilizaban Gijón. A ello se añade otra realidad. Muchas empresas de la industria transformadora soportan elevados costes de maniobra y embarque en el Puerto de Avilés y en la terminal de contenedores de El Musel, lo que dificulta competir en igualdad de condiciones con empresas que operan desde otros puertos españoles y europeos con tarifas más reducidas.
La formación constituye otro pilar esencial. Asturias cuenta con una larga tradición industrial, pero desde hace años muchas empresas tienen serias dificultades para incorporar personal cualificado. El problema ya no es solo crecer, sino que, en muchos casos, resulta muy difícil garantizar el relevo generacional por falta de profesionales. La llegada de nuevas inversiones siempre es positiva. Pero cuando una gran empresa se instala en el territorio necesita incorporar decenas o cientos de profesionales. Una parte importante termina procediendo de otras empresas asturianas. Para una pyme de quince trabajadores, perder cuatro profesionales supone perder más del 25 % de su plantilla. Eso puede significar renunciar a crecer o incluso poner en riesgo su continuidad.
Ante esta situación, algunas empresas que, por su tamaño, pueden permitírselo han creado sus propios centros de formación y, cada vez con mayor frecuencia, deben desplazarse al extranjero para seleccionar e incorporar profesionales cualificados. Son soluciones de emergencia, pero también la prueba de que el sistema no está respondiendo a una necesidad estratégica. Tras distintas reformas e iniciativas, la Formación Profesional Dual sigue estando lejos de dar una respuesta suficiente a las necesidades de la industria. Algo parecido ocurre con la universidad. La formación universitaria dual sigue siendo una asignatura pendiente en Asturias, mientras otras comunidades autónomas llevan años implantando este modelo como una forma eficaz de acercar la universidad a la empresa y adaptar mejor la formación a las necesidades del tejido productivo.
Debemos acercar mucho más ambos mundos. Porque la formación no es solo una política educativa; para una región industrial es, sobre todo, una política industrial.. La transición energética merece también una reflexión. Nadie cuestiona la necesidad de avanzar hacia una economía descarbonizada. La cuestión es cómo se llevó a cabo ese proceso. En Asturias, el cierre de las centrales térmicas no fue acompañado de nuevas actividades capaces de sustituir, en algunas comarcas afectadas, el empleo y la actividad industrial que generaban. Cuesta entender que una transición energética de esta dimensión no haya ido acompañada de una verdadera transición industrial. Años después, ese vacío sigue sin cubrirse. Asturias pasó de ser una región exportadora de energía a tener que importarla para cubrir sus necesidades. Difícilmente puede considerarse esa evolución un éxito para una región con una larga tradición industrial.
Esta misma semana, hemos asistido a un parón de la producción de más de dos horas en Arcelor y en Asturiana de Zinc para garantizar los niveles mínimos de reserva del sistema eléctrico y este hecho, no es la primera vez que sucede durante el presente año.
A estos hechos habría que añadir el incremento y la inestabilidad de los costes de la energía. Ese debate no se limita a Asturias. La política industrial europea también merece una reflexión. El Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono protege a sectores como la siderurgia frente a importaciones procedentes de países con menores exigencias ambientales. Es una medida razonable. Pero esa protección resulta incompleta. La industria transformadora soporta el encarecimiento del acero, tanto del producido en Europa como del importado, sin disponer de una protección equivalente frente a la entrada de productos transformados procedentes de esos mismos países. Una política industrial no puede fortalecer un eslabón debilitando el siguiente. Si quiere ser eficaz, debe proteger toda la cadena de valor.
Algo parecido ocurre con los costes energéticos. Es lógico que las empresas electrointensivas dispongan de mecanismos específicos de apoyo. Pero muchas otras industrias también son grandes consumidoras de energía y soportan un coste muy elevado sin acceder a esas medidas. Una política industrial equilibrada tampoco debería olvidarse de ellas. La burocracia sigue siendo otro de los grandes obstáculos para el desarrollo industrial. La industria debe cumplir exigencias técnicas, urbanísticas y medioambientales. Es razonable. Lo que no lo es tanto es que una autorización pueda demorarse durante tanto tiempo. En la industria, las oportunidades no esperan. Cuando las autorizaciones se prolongan durante meses e incluso años, muchas inversiones corren el riesgo de perderse. Asturias ha creado mecanismos para agilizar los proyectos considerados estratégicos. Es una buena herramienta y debe mantenerse. Pero quizá haya llegado el momento de dar un paso más. Las empresas que llevan décadas implantadas en Asturias reinvierten, exportan, crean empleo, pagan sus impuestos y siguen apostando por la región también deberían beneficiarse de esa agilidad, sin tener en cuenta su tamaño. Porque una política industrial no consiste solo en atraer nuevas inversiones o acompañar grandes proyectos. También consiste en ayudar a crecer a quienes llevan años invirtiendo, creando empleo y contribuyendo al desarrollo industrial de Asturias. Todo ello tiene consecuencias.
A comienzos de este siglo, la industria representaba el 22,46% del PIB asturiano y 61.900 empleos. Hoy su peso se sitúa en el 18,73% y 52.500 empleos. En veinticinco años ha perdido cerca de cuatro puntos de participación en nuestra economía y cerca de 10.000 empleos. Si nos remontamos a la década de los 90, la pérdida sería de más del doble que la sufrida en estos 25 años. Resulta difícil conciliar esa evolución con la afirmación de que la industria es estratégica para Asturias. Mantener e incrementar su peso debería ser uno de los grandes objetivos de la región. La industria genera empleo estable y cualificado, impulsa la innovación, fortalece las exportaciones y sostiene una amplia cadena de empresas auxiliares. Hay otra realidad que también merece una reflexión. Asturias cuenta con excelentes empresas industriales. Sin embargo, sigue teniendo muy pocas empresas de tamaño medio. Predominan las microempresas y las pequeñas empresas, junto a un reducido número de grandes compañías. Y, sin embargo, son las empresas medianas las que aportan mayor estabilidad, mayor capacidad exportadora y una inversión más continuada y Asturias tiene muy pocas empresas de ese perfil.
Hablamos con frecuencia de atraer nuevas empresas. Debemos seguir haciéndolo. Pero quizá hablamos demasiado poco de ayudar a crecer a las que ya están. Porque una empresa asturiana que pasa de cincuenta a doscientos trabajadores, o de doscientos a seiscientos, también está transformando Asturias. Cada empresa que crece fortalece el tejido industrial, genera empleo y crea nuevas oportunidades para otras empresas. Asturias reúne muchas de las condiciones que cualquier región industrial desearía tener: una larga tradición manufacturera, empresas competitivas y exportadoras, profesionales altamente cualificados, dos puertos de interés general, recursos energéticos y un tejido empresarial que ha demostrado, su capacidad para competir en los mercados más exigentes.
Precisamente por eso, Asturias no puede conformarse con mantener su industria. Debe aspirar a hacerla crecer. Para conseguirlo necesita una política industrial coherente y estable. Una política capaz de anticiparse a las necesidades de las empresas, eliminar obstáculos y crear las condiciones para que puedan invertir, innovar, exportar y generar empleo. La industria no pide privilegios. Pide suelo, energía, profesionales cualificados, infraestructuras competitivas y una administración que acompañe el desarrollo empresarial, en lugar de ralentizarlo. Si de verdad creemos que la industria es estratégica para Asturias, ha llegado el momento de demostrarlo con hechos. Porque las palabras generan expectativas, pero son las decisiones las que transforman una región. Solo entonces podremos afirmar, con hechos y no sólo con palabras, que la industria es verdaderamente estratégica para Asturias.
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