Desde José Luis Balbín y Fernando Ónega, la evolución de las tertulias en televisión y radio ha sido notable, tal vez por su bajo coste de producción y fuerte impacto de audiencia.
Una crítica frecuente es su polarización, según cadenas: los tertulianos opinan lo que sus oyentes más fieles quieren escuchar. Por otra parte, los «errores», en ocasiones, son flagrantes e infrecuente su reconocimiento.
Los invitados suelen ser especialistas en casi todo, cualquiera que fuere el tema. Naturalmente, la escaleta de cada programa será conocida previamente por los opinadores para que puedan preparar sus intervenciones, pero… encontramos muchos eruditos.
Hay participantes que acaparan tiempo con largos discursos introductorios de sobre lo que van a exponer. ¿Antes de la emisión, el director da alguna pauta o eso sería atentar contra la libertad del tertuliano?
Qué decir del solapamiento de las intervenciones, sin que el moderador atempere la locuacidad de algunos participantes. La audiencia se desespera porque no puede escuchar y, por lo tanto, entender.
Las interrupciones son usuales. También en estos casos se echa en falta la labor del presentador. No es infrecuente que sean ellos mismos los que interrumpen al tertuliano al que acaba de conceder la palabra.
En algunas cadenas el sonido es mejorable: sin tocar el botón del volumen, cambio el tono, según qué tertuliano habla. La audiencia estaría encantada con un sistema de sonido que asegurase un volumen constante.
Luego están los que hablan a una velocidad endiablada y resulta difícil seguirles; si se añade una dicción mejorable y un tono cambiante, el problema es mayor.
En televisión es frecuente que el presentador lea la información escrita que sale en la pantalla: el lector sabe leer, si le dan tiempo. Los rótulos escritos en los faldones de la pantalla, con frecuencia recibirían suspenso de un profesor no demasiado exigente.
Debate sí, opinión también, pero sin perjudicar la información ni la verdad. Iñaki Gabilondo afirmó: «Un buen presentador no es el que más habla, sino el que mejor sabe escuchar», principio aplicable a cualquier ámbito de la vida.











